A esos patriotas de los intereses creados, tal como decía Jacinto Benavente, les voy a recordar algo que podrían remover sus conciencias, pero que al carecer de ella, no les va a afectar en lo más mínimo.
Esto viene a cuenta del glorioso (¿) Día de Andalucía y a su celebración, con inclusión de medallas, más que probablemente regadas con los ricos caldos jerezanos y el homenaje al paladar a las exquisiteces onubenses. Por supuesto todo a costa de los que se levantan cada mañana pensando en no ser despedido al finalizar la jornada. Ni que decir tiene que adornado con los relevantes discursos de un personaje que no tiene la más mínima idea de quienes son, ni que lo han visto en su vida, los que se han sentado en el estrado del Maestranza.
Hace años, coincidiendo con el fallecimiento del poeta conservador del Alcázar, Joaquín Romero Murube, y el actor Antonio Martelo, el Séneca de Pemán, salieron al aire estas sevillanas: “Cuando mueren los famosos todo el mundo lo lamenta / cuántos pobrecitos mueren y nadie los tiene en cuenta / Yo he visto a un hombre morir sin nadie junto a su cuerpo / nadie que por el rezara ni siquiera un Padrenuestro”.
En otra ocasión Luis de Castresana publicaba “Ha muerto un hombre”, que os adjunto. A algunos les podría sonrojar, y a otros les pasará por el contenedor de su dignidad.
La frase que pudiera avergonzar a quien la pronuncia, “Este quiere arreglar el mundo” deberían sustituirla por la acción “vamos a arrimar el hombro”, otra muy distinta sería el funcionamiento de la sociedad, a pesar de que los proyectos y las realidades estén distanciados por elementos, materiales y humanos, trabajosos de sortear. Pero lo que no se puede es introducir bacterias corrosivas en sistemas de aplicación sencilla. Citemos en primer lugar la vivienda: para solucionar la necesidad, sólo se le ocurre al Gobierno crear otro Organismo, que entretendrá a funcionarios con buenos emolumentos. Lo normal sería que esta obligación constitucional formase parte del Ministerio de Obras Públicas y Urbanismo, con lo se ahorraría un montón de millones de euros, las controversias entre políticos y la agilización entre tramitaciones y papeleos.
Se nos dirá que el Estado no dispone de fondos suficientes para financiar esta necesidad, y puede ser verdad, pero la solución está en crear cooperativas de ahorros o un banco estatal donde los trabajadores puedan confiar sus movimientos económicos (ingresos y gastos). Buena parte de lo depositado en estas entidades servirían para conceder préstamos a bajo interés, con lo que el poder adquisitivo del ciudadano no se alteraría, e incluso aumentaría, sin dañar las arcas del Estado, aunque, eso si, no le haría ninguna gracia a los banqueros que centran sus grandes beneficios en el control de las finanzas del país.
Continuando con las viviendas, el Estado ni ninguna Administración Pública, debería construirlas sólo para su venta. Las disponibilidades han de ser en régimen de alquiler y adaptadas a cada necesidad de cada momento. De las viviendas no se puede hacer un negocio que enriquezca a velocidades supersónicas a particulares y constructores.
Si a alguien le parece la idea absurda, yo le pregunto: ¿No es mucho más absurdo que unos jóvenes, con la carga de gastos que ello supone, tenga que pasar en esos momentos por las estrecheces de las hipotecas, sacrificando una vida algo más placentera? Pues a mí esto último, sí que me parece una barbaridad, desgraciadamente muy aplaudida. Y si a esto le añadimos el enriquecimiento de las financieras con unos préstamos al 7% de interés, sobre tus mismos ahorros que les tiene depositado al 0%, dígame en qué manos estamos.
Queda aquí, con el ejemplo, el hombre normal no es más que un trapo en manos de recicladores que lo utilizan como relleno de sus estrategias. Y cuando se encuentra sólo, ni siquiera un Padre Nuestro, y si termina su existencia desde lo alto de un andamio, nada importará, otro con ansias de alimentarse y alimentar a su familia, vendrá a sustituirlo. Desde el Jefe del Estado hasta la última Autoridad tendrá muchas obligaciones que cumplir antes de atender a un simple trabajador, al fin y al cabo, como decía mi padre (tornero mecánico), “El que sirve para trabajar es que no sirve para otra cosa”.







