Zhou Enlai fue un primer ministro clave de la dictadura comunista china, y entre sus logros, promovió la histórica visita del presidente norteamericano Richard Nixon a China en 1972, durante la cual se cuenta que, en una conversación informal en la que se hablaba de las revoluciones que tenían éxito y de las que fracasaban, alguien le recordó que había estado estudiando en Francia en los años veinte. Suponiendo que sabía algo de Francia y, por ende, de Occidente, le preguntaron cuál era su opinión sobre las consecuencias de la Revolución Francesa (1789) y respondió: «Es demasiado pronto para saberlo»: habían pasado 183 años…
Viene a colación esta anécdota en unos días en los que vamos a cambiar el calendario y se nos presenta ante la vista lo efímero del tiempo vivido y cómo la edad ha pasado a ser algo relativo, tanto a nuestros propios ojos como a los de los demás.
Así, por ejemplo ¿cuándo termina hoy la niñez? Me llama la atención las prisas por acortar esta etapa que hace tiempo desembocaba naturalmente en la pubertad, y que hoy parece acortarse para entrar cuánto antes en la adolescencia, años en que se producen cambios encaminados hacia la propia identidad, ese avance que nos lleva hasta la creación de una identidad propia y la construcción del ego. Hay niños que murieron como tales y han pasado a la Historia siendo recordados por su ejemplo y valor, como santa Inés y santo Domingo Savio.
Es curioso cómo el papel de la tribu (en sentido antropológico) ha ido modificando tanto la duración de esta etapa como sus expectativas: de ser un período comprendido entre los trece y los dieciocho años, aproximadamente, paso de niño a hombre, o de niña a mujer, etapa de transición donde se nos decía en casa y fuera de ella “Ya eres muy mayor para hacer esto o lo otro” o “Ya tienes edad para trabajar o echarte novio o novia”, mensajes que reforzaba el entorno, hemos pasado a ampliarla dando comienzo prácticamente a los diez años y alargándola hasta casi los treinta con comportamientos de veinteañeros más propios de teenagers, ante las dificultades para emanciparse y el temor a comprometerse en una relación estable, convirtiéndose en una etapa de instalación, con el síndrome de Peter Pan muy repartido por todos los hogares.
Invito a los lectores a contemplar la diferencia entre las fotos en blanco y negro de las orlas de los licenciados universitarios de los años setenta y ochenta del pasado siglo, con las fotos en color de los graduados por el plan Bolonia: a pesar de tener casi la misma edad, aquellos aparecen con semblantes y expresiones de adultos y estos con fisonomía y ademanes de alumnos de enseñanza media.
En el otro extremo, la tercera edad, etapa que venía a comenzar con la jubilación laboral pero que era la menos duradera, ha cambiado hasta el punto de que es previsible que haya personas que se lleven más tiempo cobrando una pensión que años haya cotizado, si el sistema lo soporta. Abuelos estresados como niños cargados de actividades extraescolares, cuidando nietos, estudiando en el Aula de la Experiencia, colaborando en voluntariados de todo tipo, con un nivel medio de renta aceptable que sirven de apoyo económico a sus hijos y nietos.
Hay casos llamativos, como esos viejos rockeros que nunca mueren, y por ahí andan con su “última” gira, o actores y actrices como Sofía Loren rodando una película a sus 86 años dirigida por su hijo y no digamos las abuelas, que como la bielorrusa Nina Baginskaya se ha convertido a sus 73 años en un icono de la lucha por la libertad entre los jóvenes de su país.
No obstante, los prejuicios sobre la edad siguen primando en esta España que eleva a la condición de líderes a adeptos a unas siglas, desprovistos de un bagaje cultural mínimo y sin haber trabajado un solo día en empresa alguna, y jubila anticipadamente, en el mejor momento para gobernar y tomar decisiones tanto en la política como en el mundo laboral, a personas muy aprovechables. Mientras que en EE.UU. se enfrentan dos candidatos a presidente entrados en los setenta, aquí nos rendimos a una efebocracia (gobierno de los jóvenes) que lo máximo a lo que aspira es a tomar decisiones basadas en la imagen.
¡Cuánta razón tenía el rey David cuando compuso el salmo 89: “Señor: enséñanos a calcular nuestros años, para que adquiramos un corazón sensato”!






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[…] Magnifico artículo del profesor Alberto Amador, codirector del Aula de Bolsa, titulado «La edad» y publicado en sevillainfo.es: https://www.sevillainfo.es/noticias-de-opinion/55526/ […]