El 28 de Febrero es la festividad que la mayoría de la clase política (con la honrosa excepción de VOX) ha articulado en torno a una estructura artificial llamada autonomía, que beneficia a unos pocos andaluces en detrimento de la sufrida mayoría, precarizada para sostenerla.
Esa estructura ha sido articulada sin ninguna base histórica de la noche a la mañana por Blas Infante en torno a la idea de Andalucía, que no nace hasta la división provincial de Javier de Burgos en 1833, que no debe olvidarse que no creaba un nivel administrativo superior a la provincia, pues en 1847, por medio de un nuevo decreto se vuelve a diferenciar entre Granada (integrada por las provincias de Almería, Granada, Jaén y Málaga) y Andalucía (Córdoba, Cádiz, Sevilla y Huelva), a lo que se suma que la Constitución no nata de 1873 (dictada por la I República) distinguía entre Alta y Baja Andalucía, dotadas ambas de autonomía política, económica y administrativa en base a diferencias históricas, geográficas, económicas y sociales, un proyecto que no tuvo oposición alguna, con una base federalista frente al centralismo, una idea que se mantuvo durante la Restauración.
La idea de una Andalucía integrada por las ocho provincias que actualmente la componen se planteó en la Asamblea de Córdoba de 1933, cuando (como señal de protesta) las provincias de Jaén, Granada y Almería la abandonaron, pues dicha tesis no tenía representación política ni apoyo popular durante la Segunda República, ya que Blas Infante tuvo nulos resultados y ni siquiera consiguió ser elegido diputado, a diferencia del regionalismo de Andalucía Oriental, que incluso se hizo con la alcaldía de Granada y cuyas tesis fueron respaldadas por el PSOE de la época, idea que fue retomada por UCD durante la Transición. No es de extrañar que Rojas-Marcos (histórico líder del PA) tras la disolución de su partido señalara que el andalucismo político no tenía recorrido porque Andalucía carecía de conciencia de pueblo.
En base a este breve recorrido histórico se puede constatar que la actual Andalucía no es más que un conjunto de provincias a las que se les ha dado uniformidad en torno a unos símbolos diseñados por un mitificado Blas Infante, comenzando por una bandera verdiblanca que tiene una raíz islámica, coránica y mahometana, que une el blanco de los almohades y el verde de los omeyas, de hecho, el propio Infante tomó su inspiración en la bandera que se izó sobre el alminar de la mezquita mayor de Granada en 1095, algo que cobra todo sentido cuando el verde es el color del islam.
Los almohades se dedicaban a asesinar cristianos, lejos del falso mito de las tres culturas que convivían pacíficamente, un relato que no obedece más que a la propaganda del difunto PA, pues si bien es cierto que la dominación musulmana comenzó siendo tolerante con las creencias cristianas, esto respondía a motivos tácticos, ya que en un principio, los musulmanes eran minoría, situación que cambió a partir del siglo XI, cuando la aparente tolerancia se tornó en persecución, haciendo los almohades las mismas proclamas que hoy hacen Al-Qaeda y el Estado Islámico. En este sentido, es lógico que haya andaluces que no nos identificamos con la bandera verdiblanca, que toma los colores de aquellos que se dedicaban a asesinar cristianos, yendo en contra de las creencias y la cultura de la gran mayoría de los andaluces, pues no hay más que ver la situación bajo la que viven las mujeres en los países musulmanes en contraste con las democracias occidentales.
Lejos de representar la pluralidad de España, las autonomías las han disuelto por la vía de la uniformización, y un ejemplo evidente es Álava, donde el PNV impone la obligatoriedad del vasco, una lengua que no habla el 98 % de la población de dicha provincia, situaciones que han dado lugar a que aparezca un regionalismo contra el nacionalismo expansionista vasco y catalán como es el navarrismo de UPN o el valencianismo (históricamente representado por Unión Valenciana), que defienden una identidad propia diferenciada para seguir siendo españoles.
La autonomía ha tenido consecuencias nefastas para Andalucía y pese a la leve mejoría de los indicadores macroeconómicos por la aplicación de políticas económicas más liberales en contraposición a cuatro décadas de socialismo, los datos no dejan de ser elocuentes en lo que se refieren a un rotundo fracaso: Andalucía es hoy junto a Ceuta y Melilla, la comunidad autónoma con menor esperanza de vida de España, llegándose en 2015 a la sangrante realidad de que la esperanza de vida de un andaluz era siete años menor a la de un madrileño, la tasa de paro (de un 20 %) es un 7 % más alta que la media nacional, con la tercera mayor tasa de paro juvenil (del 42 %), habiendo llegado la tasa de paro y de desempleo juvenil respectivamente al 35 y al rozar el 70 % en los años más duros de la crisis, datos propios de un país africano.
En línea con lo anterior, nuestra región es la que tiene menos camas y hospitales por habitante y los peores resultados educativos, es la región con los municipios más pobres de España, con la mayor desigualdad social, la más corrupta de España (como ha señalado la Unión Europea) y la más pobre del continente, y todo ello después de que nos vendiesen que la autonomía sacaría a Andalucía del atraso y del vagón de cola de España, habiendo servido únicamente para agravar las diferencias y romper los vínculos entre españoles, extendiendo la desigualdad y la insolidaridad.





