Hace unos meses tuve en mis manos el libro “Gondomar, el embajador”, del catedrático D. Fernando Bartolomé Benito, en el que se narra la excepcional vida y hechos de don Diego Sarmiento de Acuña, primer conde de Gondomar, hidalgo gallego y embajador de su rey, Felipe III, en la corte de Londres, engrandecido por sus adversarios protestantes ingleses, que lo denostaban apodándole “el Maquiavelo español”.
Lo recordaba mientras disfruto con la lectura del último libro -por ahora- de otro Embajador de España, D. José Antonio de Yturriaga y Barberán, sevillano de raíz granadina, e hidalgo a fuer de español, publicado a casi cuatrocientos años de la época de su antecesor, en un entorno muy distinto en muchos aspectos, pero no tanto en otros.
Por de pronto, y ello nos ha traído a estas páginas, los une su gusto por la escritura:
D. Diego Sarmiento dejó muchas cartas -bastantes de ellas, en la Biblioteca del Palacio Real de Madrid, algunas publicadas-, donde relataba lo que veía y oía en sus destinos, y sobre todo lo que actuaba en busca de cumplir el servicio a su Rey y a aquella España que, ayer como hoy, era vista como una unidad desde fuera, pero que en su interior no acababa de entender cómo mantener el equilibrio entre unidad y diversidad. Así se había mostrado cuando D. Diego ya había iniciado su vida pública, con el episodio dramático de la ejecución en 1591 del Justicia de Aragón, D. Juan de Lanuza, por proteger al secretario del Rey, Antonio Pérez, en nombre de aquellos fueros que había jurado defender. Dos generaciones después, ya finado don Diego, aquella misma España seguía sin entenderlo bien, como mostrarían en 1640 las secesiones de Portugal y Cataluña y las “alteraciones” de Andalucía, y aún en fechas actuales España y sus regiones sigue -seguimos- teniendo notorias dificultades con armonizar ambas ideas.
Por su parte, también el embajador Yturriaga ha narrado, en primera persona, los aconteceres de sus diversas etapas en el servicio exterior de España. En especial, en los tres volúmenes de sus “Memorias y Recuerdos”, narra, de modo ágil, su andadura exterior e interior. Uno de ellos, el dedicado a sus etapas “en la Villa y Corte” hizo exclamar a la catedrática Susana Sanz, que “(no) podía imaginar que pudiera divertirme y reír a la vez, mientras aprendía repasando la historia reciente de España y del mundo en clave diplomática”, palabras no tan frecuentes en las páginas de la Revista Española de Derecho Internacional, donde han quedado impresas.
Así, en uno de sus primeros destinos, veremos a D. José Antonio junto al Rín, como joven cónsul de España en Düsseldorf, en aquella Alemania occidental tan renana, muy cerca de la primera capital carolingia, Herstal, hoy belga, a la que en 798 llegó el noble Fruela, embajador ante Carlomagno de uno de los primeros reyes de aquella Spania dividida, Alfonso II de Asturias. También podemos acompañarle en los tensos días de Abril de 1974 en la Lisboa de la Revolução dos Cravos, en los que el mobiliario de la Embajada acabó en una pira en la Praça de Espanha vecina del Museo Gulbenkian -que tanta historia encierra y bien conoce nuestro autor-. En uno de sus periodos madrileños, se implicará como Jefe de la Asesoría Jurídica Internacional en uno de los momentos más delicados de la transición (1981). Y, por qué no, podremos verle en el trabajo minucioso y multilateral en grado hiperbólico de la Conferencia de Naciones Unidas sobre Derecho del Mar que dio lugar en 1982 a la Convención sobre dicha materia, o Convención de Montego Bay, sobre la que, en su faceta de profesor, ha escrito páginas clarificadoras.
Igualmente, tendremos la oportunidad de seguirle en su etapa en el Bagdad del partido Baaz, el predominio sunnita y Saddam Hussein, en guerra aún con Irán y en vísperas, sin saberlo, de su destrucción; o también a la nueva Rusia de Yeltsin, en la que también encabezó las embajadas españolas ante otras diez repúblicas sucesoras de la Unión Soviética (casi todas, salvo Ucrania y los países bálticos). Entre ellas, recuerda el autor, la de Uzbekistán, lo que de algún modo le hacía sucesor de Ruy Fernández de Clavijo, embajador del Rey Enrique III ante Tamerlán, en la Samarcanda de 1404.
Concluiría sus periplos diplomáticos con el merecido puesto, creado ad personam, de Embajador de España en Misión Especial para el Derecho del Mar (2001-2002), y una última acreditación como Cónsul General en Oporto (2002-2006) tras lo cual, retirado del ejercicio activo, se ha ido centrando en la actividad académica, de conferenciante y escritor. En ella, infatigable, ha publicado, entre otras, dos obras muy distintas, que se han convertido en referencia en sus respetivas materias: “Los órganos del Estado para las relaciones exteriores – Compendio de Derecho Diplomático y Consular” (Escuela Diplomática, 2015) y “Cataluña vista desde fuera” (Pigmalión, 2019) por la que ha recibido el Premio Internacional de Pensamiento y Ensayo “Aristóteles”.
Hoy Yturriaga puede releer, casi como biográfico, su estudio de 2016 sobre “El diplomático, ese desconocido”, escrito treinta y seis años después de un artículo del mismo título. En ambos se reiteraba en afirmar, como rasgos más característicos del diplomático, los siguientes, que le han caracterizado (unos para bien, para su pesar otros), desde su ingreso en la Carrera, en 1965: responsabilidad, disciplina, servicio permanente, riesgos para la seguridad y para la salud, desarraigo y tensión.
No obstante, todo ha de decirse: nuestro hombre ha sabido ciertamente paliar muy bien su desarraigo, llevando consigo a sus sucesivos destinos, su “hogar”: Mavis Saldanha, de profunda estirpe con raíces en aquel “Estado da Índia” portugués, con centro en Goa, que se extendió desde Moçambique y Ormuz a Macao y Timor. Como también se dijo en su época de Dª Constanza de Acuña, esposa de D. Diego Sarmiento, Dª Mavis bien mereciera ser embajadora por derecho propio, tal es la experiencia que atesora. La rigidez de la burocracia tal vez lo impidió a ambas. En compensación, el matrimonio Yturriaga-Saldanha han dado origen a una amplia Casa, tal vez no tan antigua como la de Gondomar, pero sin cederle en nobleza: la vocación del servicio internacional se mantiene tanto en su hijo Enrique, actual Embajador de España en Ecuador, como en sus hijas Ana y Victoria, altas funcionarias de esta Europa supranacional en la que nos encontramos.
Pero me he distraído, querido lector, al mirar de cerca a estos atrayentes personajes. Pues como decía al inicio, hoy sólo quería recomendarte que busques la última obra -por ahora- del embajador Yturriaga, “Facetas de Política Española, 2025” -que reúne y ordena lo publicado en “SevillaInfo” y otros foros-, y, a ser posible, con un sillón en un rincón de tu gusto, disfrutes de los agudos comentarios del autor, hechos siempre con ese buen humor que hace más alegante aún la sabiduría.
Embajador en época de tensa paz, de Gondomar diría su amigo Jacobo I Estuardo, rey de Escocia e Inglaterra: “… aunque ha hecho fielmente el oficio de embajador, nunca ha perdido de vista el proceder de hombre de bien”. Por mi parte, según he ido pergeñando esta pequeña presentación de la obra -y a su través, de la vida-, de otro gran embajador de España, he podido conocer, tanto por sus dichos y hechos, como, en especial, por quienes le conocen personalmente, que tampoco el embajador Yturriaga ha perdido de vista, pese a los vientos y las mareas, la estrella que, en los océanos de la vida, debe guiar nuestros pasos.-
Lionel D. Fernández
Abogado.





