
Crónica de la mano de Fernando Villalón
Yo quisiera, mare mía, ser un alamar del vestido de Morante de La Puebla, como quise ser aquella larga barba del Torta en una madrugada de la Fiesta de la Bulería, que “no estoy al cien por cien por cien”, y era porque estaba al doscientos por mil. Quisiera ser un mechón de José Antonio y vivir con temple y pureza, con verdades como puños, esta tarde torera junto a los versos de Fernando. Que “De todos los toreros hay uno sin igual”. Pero nada… mortal soy como todos los mortales que esperamos la muerte, mientras el espíritu de Villalón sigue buscando el toro ideal, la lámina perfecta, la embestida exacta y fiera. Yo quisiera, mare de mi corazón, ser Morante, que en el título de este escrito me ha salido, del tirón, un octosílabo. Como un verso de Rafael de León, como las cosas de “La baja Andalucía” o los “Romances del ochocientos”. Y es que en Jerez, frontera entre la campiña y las “salinas de los pinares”, una tarde de toros sabe a poema de Ríos Ruiz, a vinos y a caballos: “¡Garrochistas de Jerez!”, me susurra al oído mi compañero. Sí. Y no me entiendan ustedes mal. Una tarde aquí sabe a vino —“que lo paga Luis de Vargas”— del que se saborea soñando con la faena soñada del de la Puebla del Rio (Grande), con el presentido ojedazo de Castella —que aquí está ya (casi) todo inventado— o con el temple, que en la sangre lo lleva, de Manzanares. Una tarde de toros, en el coso de la calle Circo, es vino fino y bulerías del Turronero. Y las cosas de Rafael —¡Viva el Paula y Terremoto!, que decía El de la Pica— cuando toreó por primera vez ante su gente, vestido de grana y oro, el traje de los toreros valientes.
Hoy he llegado a Jerez con Fernando Villalón, el ganadero que quiso criar toros con los ojos verdes y remató escribiendo versos que rimaban con el campo, la vida, la esencia, la verdad y la muerte. Nunca, jamás, tuve compañero de tendido más entendido y más artista que Fernando. Y mientras voy pergeñando en viejas hojas amarillentas esta crónica me va cantando versos al oído, con el ruido de fondo de las espuelas de plata y el olor de un puro habano llenando el aire espeso de la tarde.
Suena el himno de España antes del paseíllo y las banderas ondean al aire gitano que se entrecruza entre Santiago y San Miguel. José Antonio, nazareno y azabache, Castella de azul marino y oro, y Manzanares de azul eléctrico (apagadito) y oro.
Abre la tarde Morante, que “eres torero ideal”. El toro acusa poca fuerza de salida. José Antonio lo recibe a pies juntos por verónicas demasiado cerrado en tablas. Gana terreno. El cuarto capotazo es ya por fuera de las dos rayas. El remate, una media sin coscarse. A pies juntos. Muy juntos. ¡Que no se mueva un varal! Y eso que el de la Puebla no se prodiga así, que a él le gusta abrir el compás y hundir la barbilla en el pecho de los infartos. Lleva al toro al caballo por chicuelinas que huelen a la Alameda de Hércules. Un puyazo en su sito cumpliendo el burel. Buen tercio de banderillas. El toro se duele y se rebrinca más de la cuenta. José Antonio comienza al hilo de las tablas, como gustaba a Ignacio Sánchez Mejías. ¡Qué Sinrazón! Suena el pasodoble dedicado al torero, con los platillos al viento. Entre las dos rayas se echa la muleta a la mano izquierda. El bruto repone y es imposible, muy difícil, de ligar. Todo el trasteo es muy ajustado. La faena debe ceñirse, según los cánones y las condiciones del toro, a media altura. Pero José Antonio no entiende de nada que no sea partirse por la mitad, ni de medias tintas. O vivir o morir, que “Bien muerto está quien se muere / ¡que nos esperen allí! / El día que me fuere / que no se acuerden de mí”. Renovarse o morir. Renovarse siempre. La faena sigue por el pitón derecho y el toro no quiere fiesta. Tres molinetes seguidos, enjaretados desde la concepción de la tierra “que antes que Roma Sevilla proclamó”. Y ahora, el recuerdo de San Bernardo y de Manolo Vázquez con la zurda y los pies juntos. El toro rozando, acariciando, la taleguilla bordada, soñando con los alamares. Estocada tendida en la suerte natural perdiendo la franela en el embroque. Lo mejor está por venir. Nos lo olemos. Lo presentimos.
El cuarto toro salta al albero y lleva por nombre Capote, y busca capotes, muleta y corazones. El torero mece la capa, escupiendo el percal como los palios escupen entre los varales de plata los bordados del terciopelo. Lo de Morante es torear con los ijares, con el estómago, con la pelvis y con todo el cuore, que el pecho es el protagonista de su tauromaquia. Las palmas por bulerías en los tendíos. El caballo y el tercio de banderillas es un puro trámite. Es lo que hay. “No busques más que no hay”, que cantaba Silvio. La faena de muleta empieza con la magia que intuyó Manolo Sanlúcar y su guitarra. Toro y torero por fuera de las dos rayas. Los naturales son largos, enormes. Alguno interminable. Los derechazos ligados, todos en uno. Las rodillas del Paula en la memoria de Morante. La cabeza de José en los riñones. La bendita locura de Juan en las muñecas. Estocada y el toro dobla. ¿Los premios? Los premios es lo de menos. A un toro de media embestida cortarle el rabo y darle la vuelta al ruedo no tiene importancia. Lo importante es el temple, el saber, el entender, el romper, el partir en dos el universo. José Antonio es distinto. Es otra cosa. Yo no termino de entenderlo, porque a partir de ahora, yo también soy otro. Ni a él ni a su forma ni a nada se le puede adjetivar de ninguna manera. Yo, al menos, no soy capaz. Jamás he visto torear mejor que como está toreando Morante ahora. Mucho me temo que nunca veré torear igual ni “a tu templada muleta”. Las cosas. Inspiración y tocar el pitón contrario. Meterse donde los toros embisten. Y te echan mano. Estocada y dos orejas y rabo. Da igual. A mí me da igual. “Me importa pito”. Al torero, más. Palmas por bulerías, que parece que va a empezar con su alilianda La Paquera. Soñamos con el Torta. Nos acordamos de él. Y con El Pica. Y con Terremoto. El de la Puebla nos ha regalado, en minutos, horas de vida. ¡Vivan los toreros grandes y viva la vida! Rematamos la tarde borrachos del arte del de la Puebla y los tendíos se tiñen de blanco, con los pañuelos de lunares al viento, que ya lo cantó El Torta con lo que escribió Pemán: “que tu arte es inmortal”. O como aquel aficionado triste que le lanzó al ruedo el sombrero a Morante hace años al grito de “ole mi torero”. Por eso, Morante, te digo lo que el Pasmo le dijo a José Bergamín cuando leyó su El arte de birlibirloque: “Don José, he leído su libro… to… to… totalmente de acuerdo”. Pues eso, que yo estoy to… to… to… totalmente de acuerdo con tu concepto del toreo, maestro. De lo que fue y de lo que es. Y de lo que será. Tiempo al tiempo.
Postdata: Lo de los toros de Álvaro Núñez y el toreo de Castella y de Manzanares, permítanme, lo dejo para otro día, para otra ocasión. Porque hoy no sé si ha sido una tarde de toros en primavera o una madrugá de la Fiesta de la bulería en verano. Porque hoy me vuelvo a rendir a tus plantas, Morante. Que me lo ha dicho Villalón: “Y el mejor… / Solo falta ser divé. /A José (Antonio)”. Y yo me voy a la cama soñando con querer ser Morante, el de la Puebla del Río.







1 Comment
Y Fernando Villalón
volvió a la Puerta la Carne
sin su jaca y su garrocha
gritando: ¡Viva Morante!
(Los pequeños, como el presidente de las Ventas hoy, no pueden evitarlo, por muchas orejas que nieguen).
Ole y olé por la cronica y el cronistra