Y todo eso sin hablar de cosas ya muy superadas; como aquello tan viejuno de la mili y la defensa de la patria, donde ponían a los soldados de chóferes de las mujeres de los militares para llevarlas a la compra y ayudarlas en sus tareas domésticas (¡vaya morro!). Hoy somos tan pacifistas que ni siquiera podemos mencionar al general aquel con bigotito que ganó una guerra en España haciendo trampas contra el pueblo democrático. Y además, con nuestra plena integración en la OTAN y nuestros soldados repartidos por todo el mundo estamos ayudando a resolver los conflictos armados de nuestro planeta, y construimos un mundo más justo y solidario por los cinco confines de la tierra. Por esta razón hasta nos felicitó en su momento el gran presidente de color y Nobel de la Paz, Obama, viniendo a ver a nuestros grandes líderes políticos; y todo eso se debe a la fama que ya tenemos por el mundo, que dicen que por fin nos situaron en el mapa universal después de aquella importante visita. Y aunque a veces nos matan a algunos soldados, eso se debe a misiones pacifistas, y no como antes, en tiempos del general ese del bigotito, que se suicidaban los soldados en las garitas cuando hacían guardia o porque les explotaban las granadas que los sargentos les tiraban como bromas pesadas jugando a las guerritas.
También hemos crecido mucho en virtudes como la solidaridad con los migrantes (que antes fachosamente se les llamaba emigrantes) y especialmente hemos superado la morofobia, acogiendo a los menas, menores que pese a aparentar tener más de treinta años por su diferente aspecto cultural, son niños y niñas marroquís abandonados por las calles de Marruecos, que vienen huyendo de las guerras civiles y que obligan hasta a su propio rey Mohamed a no poder estar casi nunca en su país y no poder disfrutar de sus humildes posesiones. Estos menas juegan muy bien al fútbol y nos van a hacer campeones del mundo muy próximamente, aunque ya digo que esto del fútbol es algo que ya no interesa a casi nadie, a diferencia de lo que pasaba en los tiempos de la dictadura fascista.
Todas estas cosas son conquistas de las libertades que nos hemos dado a nosotros mismos con mucho esfuerzo, y que no podemos olvidar tan fácilmente porque han costado mucha sangre traer a nuestro pueblo, como nos lo recuerdan en las series y películas españolas, y en los continuos mensajes de los partidos progresistas como el PSOE, un partido que nunca dejó de luchar contra el franquismo durante sus cien años de honradez, jugándose la vida continuamente sus numerosos militantes incluso en sus propios hogares, pues cuando eran jóvenes tenían que enfrentarse a sus padres, porque muchos de éstos ocupaban privilegiados puestos en el régimen del general innombrable.
En resumen, que la ignorancia en que nos mantenía la política fascistoide del pan y al circo la vamos superando y gozamos de una visión más globalizadora para tratar de nuestras verdaderas problemáticas como la ecología y el apocalipsis del cambio climático que supone más calor en verano y más frío en invierno; o contra el problema del agresor heteropatriarcado machista, los asesinatos de animales, la homofobia, transfobia, xenofobia, morofobia y todas las fobias que nos afectan y padecemos por nuestra cultura judeocristiana. Y es que el racismo que padecen todavía algunos es claro exponencial de una herencia de represión cultural que, por ejemplo, nos hace ver al mundo musulmán con un miedo infundado e injusto, y mucho más cuando llevan una mochila dentro de un tren de cercanías o conduciendo un camión frigorífico por una avenida donde está prohibido el tráfico o jugando inquietos en un parque con una inocente navaja de mayores dimensiones que las que usamos en nuestra cultura.
En fin, que quitando algunas sutiles menudencias, yo pienso de que vivimos en el mejor de los mundos posibles y no entiendo como hay gente que no piensa así como yo; aunque quizás simplemente sea que no piensan, que también los hay. Pero es que todavía quedan muchas bolsas de intolerancia que finalmente acabaremos exterminando por el bien de todos, e incluso de nosotros mismos. Intolerancia como la que acabamos de comprobar con la reacción de algunos radicales cristianos contra la respetuosa ceremonia de las Olimpiadas de París y los inocentes transexuales que plácidamente cenaban en un barco sobre las aguas potables del río Sena. Que ya hay que tener la mente sucia para ver en esas imágenes algo ofensivo, y no lo que era: una forma de «celebrar la tolerancia comunitaria», como acertadamente dijo la organización.





