Pasan ya varias semanas, y la omnipresencia olímpica continúa a todas horas, para los interesados y los que no. La programación televisiva de La 1 suspende toda otra cosa, a todas horas (salvo algún “informativo” incrustado), que no sean, obediente y servilmente, juegos olímpicos. En el mundo atiborrado de pantallas en el que vivimos, en cualquier bar, cualquier hotel, cualquier sitio, las imágenes de esos eventos nos saltan a la cara, de manera invasiva, inevitable, persistente…
Todavía no es esto lo más grave; ya hemos aprendido un poco a tener pantallas de fondo ignorándolas, y música de fondo invasiva también en todas partes. Alguien podrá decir que si no son esas imágenes olímpicas, nos invadirán otras, acaso más difíciles de obviar (la retahíla de las guerras y miserias y desastres mundiales “animando”, en el fondo de un bar, el café matutino). Pues sí, lo más grave de este evento de 2024 es otra cosa.
Día a día, sin cansarse, durante horas y horas y días y días permanecen sentadas mirando las competiciones todas las testas coronadas de Europa – y las presidenciales y las ministeriales, y las “famosas”; pero fijémonos en las coronadas. Las hijas de los reyes de España, de tan contadísimas apariciones públicas – todo a cuento de la privacidad, y de las infancias normales y de la modernidad y tal y cual (y “no faltar al colegio, que en Gales era día lectivo” pues era más importante que presidir el desfile del 12 de octubre), pues en esta olímpica ocasión el tiempo es ilimitado, la disponibilidad absoluta, la entrega, total. Y lo mismo el resto de reyes y príncipes. Que sabemos que hoy en política los reyes “pintan” poco. Pero precisamente porque su función se limita a lo gestual y simbólico, por eso mismo adquiere mucho más significado aquello a lo que asisten y a lo que no. Y lo de este año 2024 está siendo apabullante. Es un reconocimiento clamoroso de qué es lo importante, qué es lo que cuenta, en dónde no se puede faltar. Es la verdadera y auténtica divinización de lo que debía ser simplemente un entretenimiento. (Lo repetimos: un “estado laico” no es factible. Si no se adora a uno, será a otro).
Incluso al oír alguna crítica a diversos elementos de estas Olimpíadas – se ha comentado el desastre de querer hacer una villa olímpica “woke”, sin aire acondicionado y con dieta vegetariana, lo que ha derivado en la adquisición sobre la marcha de múltiples aparatos de aire acondicionado, y encargos de comidas a domicilio- incluso en estos casos, se insiste en la molestia que han de soportar “los atletas”. Y en alguna crítica que se ha hecho a la ceremonia de inauguración, no ya el asunto blasfemias y sacrilegios, sino eso de montar una enorme cantidad de barcos, en vez de desfilar andando (algunos fue lo primero y último que vimos de todo este montaje. De manera que se nos riñe cada vez que nos desplazamos en coche tres kilómetros, pero aquí, ¡vengan barcos!), pues la crítica ha ido en el sentido de que “los pobres atletas iban aislados unos de otros”.
Hay una exaltación moral, una elevación de la actividad deportiva a asunto sacro; automáticamente se considera a los atletas olímpicos como personas que realizan actividad moral, buena para la humanidad, abnegada… Parece que hablan de la Madre, ya Santa Teresa de Calcuta, o de las Hermanitas de la Cruz. Se les atribuye un alma inmaculada.
Que el deporte despierte el entusiasmo de los aficionados, como lo inspiran los cantantes de éxito, eso es humanamente comprensible. Pero, ¿por qué se habla de los atletas que compiten como si fueran una especie de benefactores de la Humanidad? Los atletas llegan a los juegos con el deseo de alcanzar (iba a decir “instantáneamente”. No exactamente, pues conlleva años de entrenamiento previo… pero tampoco es un adjetivo tan descaminado), de alcanzar fama, dinero, prestigio y preponderancia social. Lícito deseo, humano, normal, que bien encauzado es motor del desarrollo de las sociedades. Nada hay que objetar. Pero no se advierte ahí una calidad moral de abnegación o santidad mayor que la que presentan, por ejemplo, los que preparan oposiciones de Notaría. Y no obstante, al hablar de ellos hay un deje, no ya de admiración, sino de considerarlos seres moralmente superiores, como dotados de una bondad y pureza especial.
¡Cómo han cambiado las escalas, las jerarquías, las instituciones, y hasta los cerebros, desde la actitud del que antaño, en el circo, aplaudía al trapecista que le había proporcionado unos minutos de emoción!
Lo peor sin duda es el efecto que esto tiene en los creyentes ingenuos (cristianos, pero contaminados, inevitablemente, de la religión olímpica). Incluso desde tribunas que no creíamos tan ingenuas, se ven publicaciones, ¡horror!, que destacan con emoción la “enorme valentía de este atleta que se santigua antes de actuar, y que además, luego, ¡gana!”. De las cinco vías iluminativas de San Buenaventura para convencer de la existencia de Dios, y de todo el pensamiento de Santo Tomás, ahora miren cómo razonamos en el siglo XXI. La referencia última es el atleta saltarín.






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Y…fíjate Gloria Cruz que también en la clausura de «los Juegos París 2024» el saltarín «Tom Cruise» tuvo su exhibición. Escritora e historiadora no te disgustes… Como tu sabes en la milenaria Grecia hasta se suspendían las guerras por el espectáculo Olímpico.
Te aclaro que me agradó tu artículo. Saludos.