Estas mentiras inverosímiles que nos lanza el gobierno, de forma continua, en cada comparecencia, como se lanza un hueso a un perro, son para distraernos, para que corramos como pollos sin cabeza a desmentir las falacias que, de manera burda y desvergonzada nos tiran a la cara. Parecen una provocación para que reaccionemos, para que gastemos saliva y energía en desmentir lo obviamente falso, pero ¿distraernos de qué? ¿Qué se oculta tras este cansino discurso de mentiras que no aguantan la más mínima contrastación? Porque las mentiras importantes, las ontológicas, esas nunca se cuentan. Para el perverso resulta esencial que el engañado, el ciudadano, el individuo normal, no pueda siquiera concebir en su mente la naturaleza maligna de la mentira, su naturaleza ontológicamente inmoral. Decía Hanna Arendt que el error fatal de los judíos frente a la amenaza nazi fue no concebir que “todo es posible”, es decir, que el totalitario no tiene restricción moral alguna que le impida ejecutar lo que la mayoría de la gente corriente no quiere siquiera a concebir. La mentira que el nazismo escondía detrás de las falacias racistas sobre los judíos era su voluntad de exterminio total. Esa que terminaba en las “duchas” de los campos de trabajo, que no eran duchas sino cámaras de gas.
¿Qué mentiras se esconderán hoy detrás de las mentirijillas del poder acerca del coronavirus? No podemos saberlo con certeza, igual que los judíos no pudieron saber que las duchas no lo eran, hasta que fue demasiado tarde. Pero no estaría de más tener presente que ese “todo es posible” late detrás de cualquier afán totalitario. La materialización de lo inverosímil es precisamente la nota definitoria del totalitarismo. Es decir, la inverosímil ruptura de todos los consensos básicos que dábamos por incuestionables. Por más que pudiera parecernos cosa de ciencia ficción.
Imaginemos por ejemplo que alguien creyera que no importa que mueran los ancianos, porque así se salvaría la caja de las pensiones; esto le podría dar un nuevo sentido al abandono masivo de las residencias de mayores frente al virus. Y quizás también se lo diera a la inexplicable ausencia de test masivos en España, cuya eficacia en detener la crisis sanitaria es una evidencia contrastada en otros países. ¿Y si alguien hubiera pensado –es una suposición- que ya era hora de excluir a esa parte no productiva de la población, para que un sistema agotado y corrupto pudiera seguir funcionando como hasta ahora? Los supervivientes, al final, le darían las gracias, podría también pensar ese misterioso sujeto, no sabemos aún si real o imaginario. Si esto fuera cierto, también tendría sentido que se haya seguido tramitando la ley de eutanasia propuesta por el grupo parlamentario socialista durante el mes de abril, sobre más de veinte mil muertos por coronavirus. Una obscenidad política a todas luces chirriante, que pudiera parecer, en nuestro relato de ciencia ficción, un intento de legalizar con prisas todo lo que ha venido ocurriendo, desgraciadamente, en muchas residencias de ancianos.
El país resultante de esta crisis tendría, además de una caja más saneada, más votos de izquierdas, porque los viejos votaban al PP (por eso sugirió Iglesias limitar el derecho al voto de los mayores). E incluso sería un país más feminista, porque ya sabemos que el virus mata sobre todo varones. Un país con una nueva mayoría absoluta, para llevar a término la agenda política más inverosímil que podamos imaginar.
Son solo especulaciones. Puede que cada país tenga su agenda oculta, vaya usted a saber. Solo digo que, antes de meternos apelotonados en las duchas y que nos cierren las puertas, deberíamos rebelarnos y prenderle fuego al campo. Porque una vez relativizada la definición de lo humano, solo lo inverosímil es seguro.






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Gracias por escribir relatos de ficción para entretenernos en cuarentena