Según ha observado Jorge Fuentes, la OTAN nació en tiempos que se consideraban incuestionables, tanto para Europa – cuando la URSS no cesaba de extenderse hacia Occidente-, como para EEUU, convencido del peligro del comunismo y dispuesto a afrontar cualquier esfuerzo militar y económico para mantener la supremacía del mundo libre bajo su liderazgo. En el Tratado de Atlántico Norte, adoptado en Washington el 4 de abril de 1949, los Estados Parte –“decididos a salvaguardar la libertad, la herencia común y la civilización de sus pueblos, fundadas en los principios de democracia, libertades individuales e imperio de la ley”, y “resueltos a unir sus esfuerzos para la defensa colectiva y la conservación de la paz y la seguridad” en la región de Atlántico Norte- se comprometieron a actuar individual y conjuntamente, de manera continua y efectiva, mediante el esfuerzo propio y la ayuda mutua, y a mantener y acrecer su capacidad individual y colectiva de resistencia a un ataque armado (art.3). Los Estados miembros convinieron que un ataque armado contra cualquiera de ellos se consideraría como un ataque dirigido contra todos y, en consecuencia, cada uno de ellos, en ejercicio del derecho de legítima defensa colectiva, asistiría a la Parte atacada y adoptaría las medidas que juzgara necesarias -incluido el uso de la fuerza armada- para restablecer la paz y la seguridad internacionales (art.5).
Evolución de la OTAN
Aunque formalmente todos los Estados miembros fueran iguales y tuvieran los mismos derechos, era evidente que la Alianza estaba compuesta por EEUU -que era el líder indiscutible- y unos cuantos Estados más, que representaban un papel secundario. De aquí que el Gobierno estadounidense asumiera el 75% de los gastos de la Organización y sus representantes coparan los principales puestos de la jerarquía militar. Como reacción a la creación de la OTAN, el bloque soviético firmó en 1955 el Tratado de Amistad, Colaboración y Asistencia Mutua -Pacto de Varsovia-. El enfrentamiento entre los dos bloques durante la Guerra fría se decantó a favor de la OTAN y en 1991 se disolvió el Pacto, se reunificó Alemania y se desintegró la URSS.
La relaciones entre la OTAN y Rusia mejoraron de forma considerable, si bien durante la visita en 1997 a Moscú de Juan Carlos I, el presidente Boris Yeltsin se quejó de la prevista incorporación a la Alianza de antiguos Estados miembros del Pacto de Varsovia, pese a que EEUU había prometido a Mijail Gorbachov que la Organización no expandiría sus límites hacia la frontera rusa. El Rey le contestó que la OTAN era una institución abierta a los Estados democráticos -incluida la propia Rusia, cuya seguridad era indispensable para la seguridad de Europa, de la que formaba parte integral-, y lo invitó a que asistiera a la Asamblea que se celebraría el año siguiente en Madrid, en la que se trataría la cuestión de la ampliación, lo que permitiría mostrar al mundo que la ampliación no se hacía contra Rusia, si no es su presencia. Yeltsin agradeció la invitación y, aunque no viajó a Madrid, mejoraron las relaciones y, el 27 de mayo de ese año, se firmó el Acta Fundacional sobre las Relaciones de Cooperación y Seguridad Mutuas entre las dos Partes, que puso término a la beligerancia entre ambos bloques e institucionalizó la cooperación entre los antiguos enemigos. Rusia abrió una Misión Permanente ante la Organización en Bruselas y se intensificó la colaboración.
El Tratado de Washington preveía la posibilidad de que los miembros de la OTAN invitaran por unanimidad a incorporarse a la Alianza a los Estados europeos que estuvieran en condiciones de favorecer el desarrollo de los principios de la Organización y de contribuir a la seguridad de la región del Atlántico Norte (art.10). A partir de 1999 se incorporaron a la Alianza Checoslovaquia, Hungría, Polonia, Rumanía y Bulgaria, y Rusia lo toleró, porque se trataba de Estados que habían sido independientes al margen de la URSS. Las relaciones se deterioraron considerablemente ese mismo año por los injustificados bombardeos de la OTAN en Yugoslavia. En 2004 ingresaron en la Alianza Estonia, Letonia y Lituania, lo que provocó la irritación de Rusia, porque se trataba de Estados que habían formado parte de la URSS. Un punto de mayor tensión aún se produjo en 2008, cuando -en su Asamblea de Bucarest- la Organización invitó a Georgia y a Ucrania. Rusia invadió Georgia, a la que desintegró privándola de Abjacia y Osetia del Sur. Ucrania se libró de una suerte similar, porque se produjo un cambio de Gobierno y el rusófilo Viktor Yanukovich retiró la demanda de admisión.
En 2008, Barack Obama trató de normalizar las relaciones con Rusia y la Asamblea de Bruselas decidió relanzar la cooperación de la OTAN con dicho país. El presidente Dimitri Medveded asistió en 2010 a la Asamblea de Lisboa y participó en la reunión del Comité OTAN-Rusia, que adoptó una Declaración conjunta en el que se anunciaba el inicio de una nueva etapa de cooperación con miras a una asociación estratégica basada en los principios de confianza recíproca, transparencia y previsibilidad, con el fin de contribuir a la creación de un espacio común de paz seguridad y estabilidad en la zona euroatlántica. La situación cambió radicalmente en 2014, cuando el Parlamento de Crimea acordó la secesión de Ucrania y su incorporación a Rusia, que la anexionó. En 2022, Rusia reconoció la independencia de las Repúblicas de Donetsk y Lugansk -que asimismo incorporó a la madre patria- y poco después invadió el resto de Ucrania, con el falso pretexto de prevenir un ataque combinado de Ucrania y la OTAN, y hasta ahora, en que la guerra está empantanada.
Ya en 2010, el secretario de Defensa, Robert Gates, afirmó que la OTAN se enfrentaba a graves problemas sistémicos y que su crisis presupuestaria era un síntoma de problemas más profundos sobre la forma de cómo percibía la Organización las amenazas, formulaba sus necesidades y distribuía sus recursos. La desmilitarización de Europa suponía un impedimento para conseguir una seguridad real y una paz duradera en el siglo XXI. “La reducción de fondos y capacidad que se produce hace difícil operar y combatir juntos para hacer frente a amenazas comunes”.
En la Asamblea de Cardiff de 2014, los miembros de la OTAN se comprometieron a dedicar a los gastos de defensa un 2% de su PIB para el año 2024. Al cumplirse el plazo fijado, la mayoría de los Estados miembros no habían cumplido con su compromiso y España figuraba -y sigue figurando- con el farolillo rojo en la lista de morosos, con un ridículo 1,21%. Al llegar al poder en 2017, Trump demostró su desafección hacia la OTAN y llegó a advertir que, si algún Estado miembro que no contribuyera suficientemente fuera atacado por Rusia, EEUU no acudiría en su ayuda, de conformidad con lo previsto en el artículo 5 del Tratado. Joe Biden también exigió una mayor contribución de los Estados miembros, aunque de forma menos agresiva, pero -tras su segundo mandato- Trump ha amenazado con abandonar la Alianza si los Estados miembros no dedicaban a los gastos de defensa y seguridad un 5% de su PIB. Esto es lo que ha provocado la celebración de la Asamblea de La Haya.
Declaración de la Asamblea de la OTAN
Según Max Bergman, los preparativos de la Asamblea revelaban un esfuerzo transparente de Rutte para apaciguar a Trump y tratar de mantener a EEUU dentro de la Alianza, mediante aceptación por parte de los Estados europeos de un considerable aumento a medio plazo -10 años- de su contribución a los gastos de defensa y seguridad. Antes del comienzo de la reunión, Sánchez envió una sus epístolas a Rutte en la que le comunicaba que España no podía comprometerse con un objetivo de gasto que superara el 2% del PIB. Le pidió una “cláusula española de escape” que le permitiera eximir a España de un compromiso superior a esa cifra. Rutte le contestó que eso no era posible, aunque habló de que existiría una cierta flexibilidad.
En su reunión del 25 de junio, la Asamblea adoptó por voto unánime de los 32 Estados miembros una Declaración, en la que se afirma que -unidos ante la amenaza que Rusia representa para la seguridad euroatlántica y la persistente amenaza del terrorismo internacional- “los aliados se comprometen a invertir anualmente el 5% del PIB en necesidades básicas de defensa, así como en gastos relacionados con la defensa y la seguridad, de aquí a 2035, para garantizar nuestras obligaciones individuales y colectivas, de conformidad con el artículo 3 del Tratado de Washington”. Ese 5% comprendería dos categorías de inversión: el 3.5% se destinaría a “las necesidades básicas de defensa” y el restante 1.5% a otras cuestiones conexas, como la protección de las infraestructuras críticas o los ciberataques. La trayectoria del gasto se revisará en 2029. Los Estados miembros reiteraron su férreo compromiso con el nexo transatlántico y con la defensa colectiva consagrada en el artículo 5 del Tratado. Expresaron asimismo el compromiso compartido de aprovechar las tecnologías emergentes y el espíritu de innovación para impulsar la seguridad colectiva. Por último, reafirmaron su compromiso de ofrecer apoyo a Ucrania, “cuya seguridad contribuye a la nuestra”. Los Gobiernos deberán presentar un informe anual y se hará una evaluación a fondo para verificar si están alcanzando los objetivos asumidos con el gasto que hacían.
Sánchez logró que se cambiara la fórmula tradicional de “todos los aliados” con la supresión del calificativo “todos” y dejando “los aliados” a secas. Con una interpretación maniquea, Sánchez estima que se trata de una obligación genérica de los aliados, pero no necesariamente de todos ellos, por lo que España puede eludir semejante obligación, alegando una flexibilidad pactada con el secretario general, y contribuir con un porcentaje inferior -que sitúa en el 2.1%, “ni más, ni menos”-, con el que le bastaría para hacer frente las capacidades militares asignadas por la Alianza. Según el presidente, esta cifra “es suficiente, realista y compatible con nuestro modelo social”. Si España aceptara lo presupuestado, tendría que destinar hasta 2035 más de €300.000 millones, que solo podrían salir de un aumento de los impuestos y de recortes en servicios sociales básicos como la enseñanza, la sanidad o las pensiones, lo que “habría sido un inmenso error”. Y Sánchez no ha mencionado que la “calderilla” de €10.471 millones necesarios para alcanzar ese módico 2.1% no es alcanzable al no contar el Gobierno con unos presupuestos generales, ni con una autorización de las Cortes. Como ha señalado con ironía el primer ministro belga, Bart de Weber, Sánchez consigue cumplir sus compromisos con la Alianza con solo ese gasto, es un genio. Sería -añado yo- el milagro de la multiplicación de los panes y los misiles.
Sánchez se ha constituido en el líder de un inexistente grupo de Estados que se oponen al acordado aumento del gasto en defensa, ya que ningún miembro lo ha seguido En su rebeldía luzbeliana, Sánchez podría haber optado por la diplomacia, pero lo ha hecho por enfrentamiento por motivos de estricta política interna. Como ha observado Iñaki Ellacuría, La Moncloa ha querido propiciar un pulso público de Sánchez con Trump, con la vana esperanza de que disfrutase de su “momento Zelenski”, un acerbo duelo con el presidente norteamericano, que lo presente ante sus socios y aliados y ante la opinión pública europea como el capitán del anti-trumpismo y el baluarte ético frente a la ola reaccionaria. En esta necesidad de construir un perfil internacional que desvíe la atención de la corrupción del PSOE, hay que enmarcar la negativa de Sánchez a cumplir los compromisos con la OTAN, haciendo de España un socio poco fiable, ya que -ante el nuevo paradigma de amenaza existencial para Europa que supone Rusia- rechaza asumir su parte, lo que supone una posición desleal con sus socios de la Alianza y con los ciudadanos españoles. Sánchez/David se enfrenta valerosamente a Trump/Goliat, no con piedras, sino con demagogia. Como ya hace en el ámbito interno, Sánchez no tiene escrúpulos en asumir compromisos para luego incumplirlos. Margarita Robles -que estaba desaparecida en combate- ha reaparecido para decir que el aumento del gasto del 5% es imposible de cumplir. Caben dos opciones: o se acepta el 5% pero se incumple, o se acepta un porcentaje inferior y se cumple, España está por la segunda opción. Yerra la ministra de Defensa, ya que solo cabe una opción, a la que España se ha comprometido: aceptar el 3.5+1.5% y cumplir su compromiso como fiel miembro de la OTAN.
Reacciones tras la Declaración de La Haya
Sánchez se ha enfrentado conscientemente a sus 31 socios y en especial a EEUU, y Trump ha acusado recibo. Ya antes de la reunión, el presidente norteamericano había acusado a España de “gorrona”, porque quería viajar sin pagar, y la acusó de ser un problema para la Alianza, algo que el Dr. Sánchez -muy orteguiano él, le replicó que España no era el problema sino la solución. En una rueda de prensa al término de la Asamblea, Trump calificó la actitud de España de terrible, tremenda e injusta, por ser el único Estado miembro que se oponía a aumentar el gasto en defensa y seguridad en un 5%, y amenazó a Sánchez con desatar una guerra comercial y hacer descarrilar la economía española, de la que dijo que “va muy bien, pero podría torcerse si algo malo pasara. Estamos negociando un Acuerdo de Comercio con España y les voy a hacer pagar el doble […] Y lo digo en serio. Me gusta España. Conozco a mucha gente en España. Es un gran lugar y son grandes personas, pero España se niega a pagar”.
Moncloa ha tratado de quitar importancia al enfrentamiento y el ministro de Economía, Carlos Cuerpo, ha afirmado que las relaciones comerciales con EEUU se realizan a través de la UE, y la secretaria de Estado, Amparo López, que el Gobierno cuenta con una amplia gama de instrumentos comerciales para defenderse de posibles represalias. En teoría es así, pero no tienen en cuenta que Trump -como Sánchez- se salta las normas a la torera y que -al igual que ya hizo con anterioridad- podría imponer elevados aranceles a los principales productos que España exporta a EEUU.
Giorgia Meloni -que tiene problemas similares a los de España- ha afirmado que ésta ha firmado lo mismo que los demás y Friedrich Merz que, en 2029 se producirá una revisión y se verá si España ha sido capaz de cumplir su compromiso con un menor esfuerzo de financiación. Pero Sánchez se encuentra en la situación insostenible de que su socio de Gobierno y la mayoría de sus aliados no solo son contrarios al aumento del gasto militar, sino que son partidarios de abandonar la OTAN, y de ahí su loca huida hacia adelante como un pollo sin cabeza, y ha buscado un balón de oxígeno interno a las críticas de sus aliados con en su oposición a Trump. Todos ellos han recogido con regocijo la heroicidad de su líder al enfrentarse a la Bestia. Así, el ínclito Rufián ha expresado su satisfacción porque “siempre es buena cosa cabrear a un fascista”
Consecuencias de la Asamblea de La Haya
Como en toda reunión conflictiva, ha habido vencedores y vencidos. En la Asamblea de La Haya, el gran vencedor ha sido Trump y entre los vencidos figuran su secretario general Rutte y, sobre todo, Sánchez. La reunión había sido configurada para complacer al presidente norteamericano y evitar que, en uno de sus atrabiliarios prontos, diera el golpe de gracia a la Alianza con su eventual negativa a aplicar el artículo 5 del Tratado de Washington en caso de ataque armado a un Estado miembro, intención que ha anunciado en más de una ocasión. La Asamblea ha avalado su caprichosa decisión de que los Estados miembros aumenten al 5% de su PIB el gasto de defensa, cifra que ni siquiera EEUU ha alcanzado ni es probable que alcance dentro del plazo de 10 años fijado ¿Por qué 5 y no 4, 6 o 10? Es una cifra que se ha sacado de la manga, sin ningún fundamento estratégico, lógico jurídico, que supone miles de millones de euros, que no se ha preocupado en precisar de dónde pueden salir. Se le ha dado el gustirrín para complacer su desaforado ego, a cambio de que Trump aparque por el momento su decisión de desmantelar la Alianza, aunque no haya ninguna garantía al respecto, dada su absoluta falta de responsabilidad. Pese a las reservas mentales de un buen número Estados sobre la viabilidad de esta decisión, nadie en su presencia ha osado levantar la voz en sentido contrario, ni siquiera Sánchez -rebelde con causa-, que es muy valiente cuando no está en presencia de la “Bestia”, y hace afirmaciones quijotescas de oposición al tirano antes y después de la reunión, pero no durante la misma.
Uno de los evidentes perdedores, sobre todo en su prestigio, ha sido Rutte, un veterano político que, como buen holandés, ha heredado el síndrome calvinista de considerarse mejor que nadie y estar empoderado para dar lecciones a todo el mundo. En su larga y exitosa vida política ha presumido de decir siempre lo que pensaba y de llamar al pan pan y a la ginebra “oude geneve”. Mandó a Trump un mensaje confidencial de un servilismo impropio de su pretendida rectitud, en el que decía lo siguiente: “Sr. Presidente, querido Donald: Enhorabuena y gracias por tu actuación decisiva en Irán, que fue verdaderamente extraordinaria y algo que nadie más haría y que nos hace más seguros. Vuelas hacia otro gran éxito en La Haya esta tarde. No fue fácil pero hemos conseguido que todos firmen el aumento del 5%. Donald, nos has conducido realmente a un importante momento para América, Europa y el mundo. Lograrás algo que ningún presidente estadounidense ha conseguido en décadas. Europa pagará por ello a lo grande y, de hacerlo, será tu victoria”. Trump, complacido, hizo público el mensaje, que ponía de manifiesto el servilismo de Rutte y su inclinación a dar coba al poderoso. Según Juan Carlos Vilanueva, Rutte bebe en la teta de Trump y es secretario, no ya de la OTAN, sino del presidente norteamericano, al que ha llamado cariñosamente “papi”. ¡Indecoroso!
El más perjudicado por esta farsa ha sido el propio Sánchez -al que ”El Político” ha calificado de “villano de la OTAN”- y el prestigio internacional de España. Según Raúl Piña, el presidente presume de protagonismo internacional, de saludos, corrillos y fotos. Nada de eso pasó en La Haya, donde su luz de se apagó y quedó asumido en las sombras, Marcó distancia con sus colegas, apareciendo en la foto de familia con cara de acelga y en una esquina, como un “outsider”. Eludió encontrarse con Trump y evitó cualquier contacto bilateral, salvo con el autócrata Erdogan, su cuate en la ”Alianza de Civilizaciones”. Lo mismo ocurrió en el posterior Consejo Europeo, algo inédito en Sánchez. En contraste, Felipe VI había reivindicado en el Colegio Europeo de Brujas la necesidad y la importancia de la defensa y la seguridad en Europa y el papel de la OTAN. “El refuerzo de las capacidades de seguridad y defensa ha pasado, de ser un ámbito de cooperación relevante pero limitado, a convertirse en una necesidad real y apremiante”. La UE no es solo una Comunidad de derechos y libertades, sino también de compromisos y deberes, Estaba en juego el futuro del proyecto europeo. “No podemos reforzar nuestras capacidades, ni tendría sentido hacerlo sin tener en cuenta nuestras alianzas y en particular a la OTAN, de la que depende en gran medida la seguridad de Europa […], porque el vínculo transatlántico no es solo una elección política, sino una comunidad basada en valores forjada en los turbulentos años del siglo XX y que es más vital que nunca en el siglo XXI”.
En una posición intermedia ha quedado Volodimir Zelenski, que ha tenido una presencia discreta, pero que ha conseguido que la Asamblea reitere el apoyo de la OTAN a Ucrania ante la continuada agresión rusa, aunque haya desaparecido cualquier mención relativa al futuro ingreso de su país en Alianza. Más importante ha sido, si cabe, su entrevista con Trump, que no solo no lo ha ninguneado e insultado, sino que ha contemplado la posibilidad de suministrar a Ucrania misiles “Patriots”.
Conclusión
Ante los continuados ataques de Rusia a Ucrania y la amenaza real de que se extienden a otros países, es indispensable el reforzamiento de la defensa y la seguridad europeas, dentro o fuera de la OTAN. Lo deseable sería que fuera dentro, pero -con un imprevisible y atrabiliario Trump- no hay nada asegurado. Por el momento, los halagos al inconmensurable ego del Presidente han conseguido que se salve la presencia de EEUU en la Organización y su compromiso de aplicar el artículo 5 del Tratado de Washington en caso de ataque a uno de sus miembros. Las decisiones de la Asamblea de La Haya van en la buena dirección y los Estados miembros -incluida España- deben cumplir el compromiso asumido con la flexibilidad requerida.
Según ha señalado en “El País” Jesús A. Núñez, no existe una cifra mágica que garantice la seguridad europea frente al belicismo ruso, ante el temor a perder la cobertura estadounidense. La clave está en fijar las capacidades a alcanzar, que sean decididas y financiadas en común, dejando a cada aliado la decisión sobre el camino presupuestario a seguir para cumplir lo acordado. La seguridad no se garantiza únicamente con esfuerzos en el terreno estricto de defensa militar, por lo que se impone contabilizar otros capítulos del gasto que hasta ahora La OTAN no tomaba en consideración, como la ciberseguridad. Si en Gales se dio un margen de 10 años para llegar a un gasto del 2% del PIB, no parece razonable que se exija un plazo similar para más que duplicar dicho gasto.
La cuestión no es solo cuantitativa -que lo es-, sino también cualitativa. Como ha observado Fernando Vallespín en dicho periódico, el gasto militar de los países europeos es muy superior al de Rusia, pese a su economía de guerra. El problema es que no existe un Ejército europeo -ni es probable que se forme a corto plazo-, sino una amalgama de ejércitos nacionales con disparidad de medios armamentísticos, a veces incompatibles, y la inexistencia de una estrategia y logística conjuntas. Estoy de acuerdo con esta apreciación. Hay que gastar más, por supuesto, pero hay que gastar mejor y, a estos efectos, el comisario de Defensa de la UE debería ponerse las pilas y tratar de coordinar la actuación de los distintos Ejércitos de la Unión -incluidos los de Gran Bretaña-, evitar -o al menos reducir- las duplicidades, y procurar una distribución razonable Equitativa de la producción de armamento y munición entre los distintos Estados miembros, que aumente la productividad disminuye el coste. Trump pretenderá que el aumento de los presupuestos europeos de defensa se invierta en la adquisición de armamento y munición “made in USA”. Esto será inevitable con respecto a determinado tipo material que solo produce EEUU, pero el resto del material deberá ser producido por las empresas militares europeas, conforme a un plan racionalmente elaborado.
Como ha editorializado “El Mundo”, Sánchez ha colocado a España en una arriesgada posición de aislamiento dentro de la OTAN que quiebra la imagen de nuestro país como socio fiable y la unidad de la Alianza en un momento crítico para la seguridad de Europa. Su pulso personal ha provocado una tensión sin precedentes con los socios atlánticos y desatado las amenazas de Trump. El órdago lanzado en la OTAN, en un contexto de extrema volatilidad mundial, cuando Europa se enfrenta a la amenaza existencial de Rusia es, cuando menos, frívolo e irresponsable.





