Uno de los soniquetes más repetidos en contra del discurso de Abascal durante la moción de censura ha sido la idea de que VOX es un partido eurófobo que quiere sacar a España de la Unión Europea. Se prueba una vez más que en nuestro país ha calado un europeísmo muy primario y simplón, que entiende toda crítica contra la Unión Europea como un pecado mortal imperdonable. En él incurren incluso personas muy instruidas, que no sienten de antemano rechazo al programa de VOX, pero que se rasgan las vestiduras ante el menor recordatorio de que no todo lo que preconiza la actual UE nos conviene.
Parece como si todavía estuviera vigente aquella máxima de Ortega que señalaba que “España es el problema y Europa la solución”. Muchos españoles creen en esa frase a pie juntillas, sin advertir que cuando nuestro gran filósofo escribía estas palabras, lo propiamente europeo era meterse en la I Guerra Mundial, aquel inmenso e inmundo matadero que dejó a Europa enfilada hacia el comunismo y hacia los “fascismos”. Aquel estúpido lema fue el que animó a nuestros primos italianos y portugueses a tomar parte en la Gran Guerra con el fin de “ser europeos”, y lo único que cosecharon fue unos cuantos miles de muertos y ninguna modernización. Menos mal que a nuestros políticos de la Restauración, de los que tan mal se habla hoy, no les dio por ser tan sumisamente “europeístas”.
El ideal de la construcción de una Europa bien avenida fue el sueño de unos políticos, católicos en su mayoría, y de fuertes convicciones humanísticas. Y hay que admitir que, durante algunos años, el diseño resultó exitoso no solo en lo que concierne a la prosperidad general, sino a la superación de los odios nacionalistas que habían ensangrentado el continente. Pero al venturoso proyecto de Robert Schumann, Jean Monnet, Alcide de Gasperi y Konrad Adenauer, sucedieron después políticos relativistas, laicistas y abiertamente contrarios a los valores que hicieron grande a Europa. De modo que no haríamos ningún servicio a España ni a Europa si nos sumáramos de forma acrítica, como hacen PSOE y PP, al proyecto globalista y burocrático que quiere hacer de España un peón secundario de Francia y Alemania. Precisamente después del Brexit, Europa debería abrir un proceso de reflexión acerca de qué es lo que quiere ser, y España puede y debe tener un papel protagonista en dicho debate.
En VOX somos conscientes de que la mera existencia del euro supone una cierta garantía frente a una deriva populista del Gobierno que padecemos, en el sentido de que con una moneda propia podríamos estar ya como Venezuela. De Europa hemos recibido mucho dinero a través de los famosos fondos FEDER, y ahora esperamos una importante ayuda con la gravísima crisis económica que tenemos ya encima. Pero poner tu destino en manos de tus acreedores no es en sí mismo ninguna bendición. De Europa recibimos muchísimos fondos en el pasado que nos permitieron infraestructuras de primer nivel, pero también desmantelamos nuestra industria a instancia suya y ahora comprobamos lo disparatado de aquella opción.
Al igual que una familia que vive por encima de sus posibilidades se pone en manos de su banco -que puede ser un usurero- así le puede ocurrir a nuestro país. Cuando Europa nos preste el dinero que vamos a necesitar, es muy probable que ponga condiciones muy duras. Muchas de estas exigencias no nos van a gustar, y ni siquiera tenemos la seguridad de que tales reclamaciones vayan a ser justas, en el sentido de que habrá sectores “inocentes” que sufrirán en sus carnes lo que significa pagar el préstamo con todos sus intereses que tan “generosamente” nos van a dar. Cuando nos digan en qué tenemos que recortar para devolver lo que ya estamos necesitando veremos las dramáticas consecuencias de haber renunciado a nuestra soberanía financiera.
En cualquier caso, nuestras reticencias frente a la UE no se basan solo en factores económicos. Insistimos en que de allí nos han venido muchas cosas buenas, pero muchos no entendemos la manía de los tribunales europeos de dar siempre la razón a los enemigos de España. Claro que si los mismos políticos españoles se muestran comprensivos con los separatistas vascos y catalanes, tampoco vamos a esperar que unos jueces extranjeros se conviertan en Agustina de Aragón. Pero lo cierto es que el balance de nuestra integración desde aquel lejano 1986 no es todo lo positivo que nos quieren vender. Y, seguramente, los principales responsables de esos efectos negativos han sido los políticos españoles, los del PPSOE de siempre, que no defendieron nuestros intereses con responsabilidad, y se sometieron de forma lacayuna a intereses ajenos.
Muchos políticos se burlan de la denuncia que hizo Abascal de ese todopoderoso millonario llamado George Soros, cuyos tentáculos se ramifican por todas las instituciones europeas. Y llaman conspiranoicas a estas acusaciones, sin tener presente que el mismo Soros no oculta su intención de fragmentar España convirtiéndola en un mosaico de mini-repúblicas enemistadas. De modo que los que se burlan de esas denuncias son o bien unos ignorantes completos o, sencillamente, cómplices de esa voluntad desintegradora.
Si nos apuran, ¿dónde está escrito que España tiene que renunciar a tener una política exterior propia, no sometida a lo que diga la élite de Bruselas? Nuestro país puede y debe ejercer su protagonismo en Hispanoamérica y en todo el mundo, sin tener que supeditar su mensaje a ninguna autoridad comunitaria. ¿Es eso un delito? Y, por otro lado, ¿por qué para ser europeísta hemos de adoptar la ideología de género, el alarmismo climático, el aborto libre y la eutanasia? Porque esos son los “valores” predominantes en la actual Europa, los que se quieren imponer por la fuerza a países como Polonia o a Hungría.
Lo que VOX preconiza, por tanto, es una UE que suponga colaboración y cooperación leal a todos los niveles -económico, político, cultural, militar…- entre Estados libres y soberanos. Tan sencillo como eso. El núcleo más esencial de la todavía vigente Constitución Española es la soberanía nacional, esto es, la idea de que la última instancia a la hora de tomar decisiones políticas la tiene el pueblo español. De modo que estos europeístas que quieren diluir a nuestra nación en una organización superior carente de fronteras defienden ideas que son profundamente inconstitucionales, probablemente tan golpistas y antiespañolas como las de Puigdemont u Otegui, aunque se disfracen de moderación y prudencia.
En definitiva, decimos sí a Europa, pero a la de los padres fundadores, y no al engendro masónico en que se ha convertido en los últimos tiempos.






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Por supuesto que no es una formación política antieuropeísta, como no es fascistas, profranquista, anti innmigrantes o xenófoba. La izquierda sectaria ha dedicado tiempo y esfuerzo en lanzar esos mensajes con la intención de que algo quede. A través de sus terminales mediáticas, están 24 horas al día lanzando bulos contra VOX.
No lograrán su objetivo.