Resulta a veces sorprendente hasta qué punto podemos cambiar a partir del momento en que somos padres. Es como si se nos pusieran otras gafas de ver la realidad, de comprender mejor a nuestros progenitores y de darle una nueva dimensión al tiempo, entre otras experiencias, todas ellas sobrevenidas a partir de ese momento.
Vivimos un tiempo en el que la paternidad se pospone hasta mediada la treintena de años por término medio, donde la cuestión de los vientres de alquiler preocupa a los legisladores de todo Occidente y en los que la infertilidad ha pasado a convertirse en un tema tabú que muchas parejas sufren en silencio.
A diferencia de unos tiempos que han quedado atrás, para la mujer de hoy convertirse en madre es una opción más, y su identidad normalmente no gira en exclusiva en torno a ello. Esta es una de las principales causas de que en los últimos cinco años en España hayan crecido en 50.000 el número de parejas jóvenes y con ingresos estables pero sin hijos ni deseo de tenerlos (Fuente Instituto Nacional de Estadística). Debido a cómo se las denomina en inglés ‘dual income, no kids’, se las conoce como DINKS y suponen ya 2,8 millones de los hogares de España, un 15 % del total.
Si nos situamos en el plano laboral, basta con saber que el 85 % de las excedencias voluntarias para cuidar a un familiar que se tramitaron en España en el primer trimestre de 2023 fueron de mujeres, lo que nos sitúa en una difícil conciliación entre maternidad y carrera laboral, mientras que en el caso de los hombres, se alega ausencia de estabilidad laboral (uno de cada cinco contratos firmados en enero de 2024 duró menos de una semana).
Según el estudio Radiografía socioeconómica del estado de la juventud en España de Comisiones Obreras, sólo un 23,3 % de los españoles de 30 años tiene empleo indefinido y está emancipado, por lo que conquistar un trabajo fijo y un techo propio (una vivienda cuesta de media 40.000 euros más que en 2014 según el portal inmobiliario Fotocasa) se vuelve una carrera de largo recorrido.
Otros factores que nos han llevado a la actual situación pueden ser el nivel educativo, que nos exige ser padres perfectos, una imposición imposible de satisfacer, y al final ocurre lo que tantas veces en la vida: a la parálisis por el análisis, y el miedo al fracaso (según el informe ‘El divorcio en España’ del Observatorio demográfico CEU, más del 50 % de los matrimonios se separan).
No puedo dejar atrás el individualismo que nos invade a todos los niveles. Han cambiado las prioridades, antes vivíamos en una sociedad marcada por lo comunitario, la familia y su bienestar, y hoy la cultura dominante nos invita a anteponer nuestro propio bienestar.
Finalmente, pero no por ello menos importante, la infertilidad es una realidad que afecta a una de cada seis parejas según estudios elaborados al respecto en la población española. Parejas que deben soportar a veces comentarios como “¡Qué bien vivís sin hijos”!, o la murmuración de quienes los tachan de egoístas sin conocer sus circunstancias.
De hecho, algunos católicos a veces confunden la santidad con el número de hijos, sin darse cuenta (quiero pensarlo así) de que pueden herir a otros matrimonios cuando muestran su sorpresa al ver que tienen “pocos” hijos o ninguno, como si la santidad sólo se pudiera alcanzar previa generación de una prole.
También hay quien piensa que para todo hay solución y que si no se puede concebir un hijo para eso están las adopciones, cuando la adopción es una auténtica vocación y no todos están llamados a ella. Como afirma la profesora Cristina López del Burgo, de la Universidad de Navarra en su libro “El camino de la infertilidad”, la generosidad tiene mil caras, y cada familia la vive a su manera. Creer en Dios no ahorra el sufrimiento de no poder tener hijos cuando se desean de todo corazón, pero la fe ayuda a seguir confiando aunque no entendamos nada.
En el primer libro de Samuel podemos leer en el canto de Ana que «La mujer estéril da a luz siete hijos, mientras la madre de muchos queda baldía. El Señor da la muerte y la vida, hunde en el abismo y saca de él». Para un creyente, Dios, que cambia radicalmente la situación de las personas, es también el Señor de la vida y de la muerte. El seno estéril de Ana era como una tumba; a pesar de ello, Dios pudo hacer que en él brotara la vida.
Invito a todos los lectores que hayan llegado hasta aquí a no realizar juicios a la ligera llamando “egoístas” a los jóvenes que deciden no procrear y a acompañar en su soledad a aquellos que no pueden tener hijos a pesar de desearlo con toda su alma.
Alberto Amador Tobaja: aapic1956@gmail.com






1 Comment
Me ha encantado este artículo; es una realidad latente en esta sociedad. Es verdad que el trabajo precario y mal retribuido hace que las parejas y matrimonios se planteen tener o no tener hijos. Y también tenemos que contar con la edad con que muchas parejas desean tener familia; hoy día es un problema muy triste para tantas parejas con el deseo de tener hijos.