El verano no llega al campo: cae sobre él. Se desploma desde lo alto como una plancha de cobre y lo deja todo inmóvil, rendido, sin más conversación que la de las chicharras, que llevan desde junio serruchando el silencio con una constancia de funcionario antiguo. A mediodía, la campiña parece abandonada por Dios y por la Diputación, que son las dos maneras más completas de quedarse solo.
Los trigos ya no son trigos, sino una memoria amarilla. Quedan los rastrojos, la paja deshecha y algún cardo que resiste con esa dignidad hosca de las cosas que no esperan nada. Muñoz Rojas lo dejó escrito en Las cosas del campo: «Al frío seguirá el calor, al relente de la noche la chicharrera del mediodía». Y así es. El año cumple sus amenazas con una puntualidad que no tienen los hombres.
Sopla el levante, seco y terco, y no refresca: registra. Se mete por las rendijas, levanta el polvo de los carriles y le da la vuelta a las hojas de los olivos, que enseñan su envés pálido como quien levanta las manos. Es un viento secano, de boca caliente, que trae un remoto olor a sal y deja en los labios el gusto de la tierra.
La tierra, entretanto, se abre. Le nacen bujeos negros, grietas hondas, pequeñas bocas sin agua. Vista de cerca, la besana parece tener branquias. Jadea bajo el sol como un pescado moribundo abandonado en la orilla, abriendo y cerrando inútilmente sus heridas para respirar un aire que también quema. Hay algo doloroso y hermoso en esa agonía: el campo sufre sin hacer teatro, que es una elegancia que hemos perdido.
Pero al caer la tarde ocurre el milagro. El cielo se vuelve rojo sobre los cerros, luego violeta, luego de un azul cansado. Las sombras regresan despacio a los árboles. Huele a higuera, a paja caliente y a agua soñada. Algún pájaro cruza el último resplandor y parece llevarse el día en el pico.
Entonces el campo, que durante horas fue horno, castigo y sed, se vuelve de pronto recuerdo. Uno comprende que el verano no es una estación, sino una tristeza luminosa: la certeza de que todo arde, todo madura y todo acaba. Y que incluso la tierra, cuando se rompe, acaso no muera, sino que suspire, esperando en la oscuridad la misericordia improbable de una nube que venga del poniente.





