Cada vez que un instrumentista o cantante fuese premiado, vendría a ser justo que se acordara de compartir su premio con quienes fueron sus vecinos en tiempos sobre todo de aprendizaje y camino del estrellato. Porque, ¿en cuántos bloques hay que padecer los ensayos de alguien tocando el piano, soplando una trompeta o la flauta, o dando clases de canto? ¿Se acuerdan por ejemplo del niño prodigio del tambor -sí hombre, el de la Semana Santa de Sevilla-, el que redoblaba más que Raphael en su villancico, y que había ganado uno de esos concursos televisivos kids? Nunca mencionó a su sufrida comunidad de vecinos, cerrando ventanas y maldiciendo al constructor de sus tabiques, mientras los padres del nene le reían la gracia.
En el tiempo de tantas y variadas reivindicaciones, hay que hacerlo con los vecinos de los “figuras” para que, como en los Goya, suban con ellos a recoger sus premios. O qué menos que merecer unas palabras de agradecimiento, una cosa más o menos así: “No quiero dejar de mencionar en estos momentos a la señora del quinto, a quien nunca le agradeceré bastante su infinita paciencia”.





