
Nunca oí hablar a mi madre de los asesinos de su hija.
Ya hace 26 años que la asesinaron junto a su marido Alberto Jiménez-Becerril.
Y siempre hay algo nuevo que aprender.
La primera vez que pensé en el tema, hará unos tres meses, fue al conocer a Joaquín Echeverría, padre del héroe del monopatín, Ignacio Echeverría, asesinado hace 5 años en Londres por el terrorismo islámico y todo sucedió al comentarle la intención de querer entregarle el galardón que anualmente concede el Grupo Municipal de Vox en Mairena del Aljarafe a las víctimas del terrorismo y que lleva el nombre de Ascensión García Ortiz.
Con toda la humildad del mundo, Joaquín aceptó la propuesta y tan sólo dejo caer una frase: “que la muerte de mi hijo sea útil a los demás”.
Posteriormente, a medida que iba conociendo la historia de Ignacio Echeverría, fue madurando en mi interior una idea que, teniendo la certeza de que estaba ahí desde un principio, nunca había aflorado.
La intención de Joaquín Echeverría es muy sencilla. Es transmitir a la sociedad en general, los valores de Ignacio. Unos valores que fueron los que le llevaron a la muerte. Ignacio, como posteriormente se ha podido visualizar en video y según todos los testigos presenciales, no dudó ni un instante en arrojarse sobre los terroristas que impunemente estaban asestando puñaladas a todos los transeúntes con los que se cruzaban y en concreto a una mujer de nacionalidad francesa a la que salvó la vida. Con tan sólo su monopatín como arma, defendió a esta mujer interponiendo su cuerpo contra las afiladas hojas asesinas que los terroristas empuñaban en sus manos. Y así fue como encontró la muerte.
Ignacio era noble. Con un sentido de la justicia superior. Con un fuerte sentimiento de servicio y sacrificio a los demás. Y esos valores son los que sus padres, sus hermanos, familiares y amigos en general quieren que perduren y sirvan a todos como ejemplo. No parece mala idea en el mundo actual en el que vivimos, tan falto de valores y principios.
“Que la muerte de mi hijo sea útil a los demás”.
Y en todo este tiempo nunca he escuchado a Joaquín hablar ni de venganza ni de los terroristas que asesinaron a su hijo. Y las comparaciones son inevitables.
El pasado día 5 de enero falleció mi madre. Una mujer que, al igual que Joaquín Echeverría y Ana Miralles de Imperial, tuvo la experiencia de vivir como unos asesinos desalmados arrebataban la vida de su hija y su marido dejando a tres niños pequeños huérfanos.
Y ahora es cuando me doy cuenta del papel que realizó mi madre a lo largo de su vida y, sobre todo, desde que asesinaron a su hija.
Nunca estuvo en primera línea del foco mediático. Nunca la vi aparecer en público, ni hacer declaraciones suntuosas. Ni siquiera quería que la vieran llorar, que lo hizo. Y mucho. Se limitó a cuidar de sus otros hijos y de sus nietos. Su único objetivo era la familia. Y nunca la oí hablar de los asesinos de su hija.
Siempre pensé que como mujer chapada a la antigua dejaba para los demás, para su marido y un servidor sobre todo, la responsabilidad de pelear, de pedir justicia, de luchar y, en definitiva, de dar la cara por la familia en los asuntos importantes. Pero qué equivocado estaba. Y me doy cuenta ahora, cuando ya no está entre nosotros.
Su papel fue el fundamental. El de dignificar a la familia, de mantenerla unida a pesar de los avatares propios de la vida. De mantenerla unida a pesar de nosotros mismos. La grandeza de unos valores a los que apenas hacemos caso. Y si todos estamos aquí es gracias a ella. A ese trabajo incansable que realizó incluso cuando ya la salud y la edad le impedían llevar una vida normal.
Y de alguna forma he entendido que esa debe ser la responsabilidad que tenemos que defender a partir de ahora y que debemos transmitir a los demás. Porque son esos valores, tan sencillos y complicados a la vez, los que proporcionarán la fuerza suficiente y necesaria para seguir viviendo con dignidad, humildad, prudencia y templanza.
Y no es que todos esos otros asuntos, tan sencillos y fáciles de explicar en tres palabras, memoria, dignidad y justicia, no sean importantes. Al revés, los son y mucho. Sobre todo en esta época en la que nos ha tocado vivir, en la que los herederos de los asesinos de ETA están en todas las instituciones con el beneplácito de los gobernantes.
Y esa posiblemente sea la principal razón por la que, además de pedir memoria, dignidad y justicia, estemos obligados a compartir nuestras enseñanzas a los demás. Y quizá algún día obtengamos una sociedad más justa y equilibrada.
Tan sólo me cabe darle las gracias por esa enseñanza gratuita y no evaluada que siempre llevó a cabo a lo largo de su vida.
Gracias, mamá.
Que tu ejemplo cunda en todos los demás.





