¡Buenos días! Mi abuela Ángeles fallecía en Sevilla mientras un desconocido cantante ganaba en Benidorm el primer premio de su festival, tan prestigioso por entonces. Tenía yo 10 años cuando con aquel adiós desconcertante sentí conciencia fuerte de que iba a pasarme la vida entre despedidas para siempre. ¿Qué tuvo que ver todo eso de la muerte de mi abuela con un tal Julio Iglesias? Mucho, tuvo que ver mucho; porque la música, que marca en tantos momentos los cruces de caminos con lo que cuenta una canción y aquello que nos pasa a nosotros, me tenía preparada «La vida sigue igual». Yo la escuchaba como si unos cuantos versos estuvieran haciéndome comprender todo un tratado rápido y urgente de filosofía. «Unos que nacen, otros morirán; unos que ríen, otros llorarán; aguas sin cauce, ríos sin mar, penas y glorias, guerras y paz». Alguien me adelantaba en su voz las caras y las cruces de toda existencia humana, me ponía en modo precavido para ir entendiendo poco a poco lo que iría asumiendo a partir de aquel punto negro de la circulación de mi infancia. Con los años, comprobé que Julio Iglesias, a través de su amplísimo repertorio, iba a ir desgranando tantas enseñanzas como las que recibí ya en su primer éxito. Desde largos caminos y surcos hondos ha sabido cantar auténticas reflexiones, compuestas por él mismo o por otros: «Vivencias», «Me olvidé de vivir», «Así nacemos», «Minueto», «Gozar la vida», «Vuela alto»… Ha sabido expresar muy rápido, en corto y por derecho, cosas para las que otros han necesitado tomos en colecciones sobre el pensamiento. No las desdeño y me he formado en muchas de ellas. Pero quizás las canciones acaban siendo grandes colecciones de bolsillo. ¡Feliz sábado!





