Hay ciudades que visitamos con frecuencia por su proximidad o por razones de trabajo. El caso de Jerez de la Frontera (Asta Regia en tiempos de Roma), es un ejemplo en el que se fundían los dos motivos, cuando a raíz de la fusión de Caja de Jerez con Caja San Fernando a mediados de los años noventa, y luego con la constitución de Cajasol, algunos empleados debíamos acudir allí por distintos motivos laborales.
En esta ocasión, la asociación Ajaesol (antiguos empleados de Cajasol) nos brindaba conocer aquellos lugares que siempre se nos quedaban pendientes de visitar por la premura de tiempo y las diversas ocupaciones que nos impedían hacerlo con tranquilidad, de ahí que las plazas convocadas para esta excursión de dos días, se agotarán rápidamente.
El miércoles 10 de diciembre amaneció lluvioso, pero ello no impidió que reinara el buen humor tanto en la espera del autobús como en el corto trayecto que hubimos de recorrer, no sin antes desayunar en el asador El Paisano en la Nacional IV, término municipal de Utrera. El itinerario era el de la Vía Augusta, que comunicaba Gades (Cádiz) con Roma, pero en sentido contrario.
La apretada agenda hizo que no tuviéramos tiempo ni de recibir las habitaciones del hotel, para emprender el camino hacia el Alcázar, por el barrio de la Judería, pasando junto a la iglesia de San Dionisio, hasta llegar a nuestro destino, complejo de edificios de varios estilos y épocas, fortaleza, pero también palacio, con su torre ochavada almohade y el estilo barroco que le imprimieron los Núñez de Villavicencio, sin menoscabo de la belleza de sus baños árabes. Se nos explicó que allí se encuentra la única mezquita que se conserva de las diecisiete que había cuando Alfonso X conquistó y repobló la ciudad, monarca a quien le debe Jerez el privilegio de contar con dos ferias: la de primavera, ahora llamada del caballo, y la de final del verano. Fue en este lugar donde escribió algunas de sus cantigas. Fuera de sus murallas quedan los barrios de San Miguel y de Santiago, dos collaciones castizas de la periferia de la ciudad.
Desde allí nos fuimos a visitar la bodega González Byass, rica en vinos generosos, donde nos contaron la historia de la familia Domecq, nos mostraron sus numerosas barricas y luego degustamos tres copas (Tío Pepe, Solera 1847 y otra cuyo nombre no recuerdo) acompañadas de un aperitivo, ya saben, Mejor tomarse una copa a las once, que once copas a la una, y es que hay un vino para cada hora. Fuimos muchos los que aprovechamos la visita a la tienda para comprar alguna que otra botella.
Tras reponer fuerzas (todo el trayecto lo hicimos caminando y bajo la lluvia) en el comedor del hotel, visitamos la iglesia de san Miguel, impresionante templo con un retablo espectacular obra de Martínez Montañés, que celebra su propia procesión del Corpus, el Corpus de Minerva, y de allí nos fuimos a la catedral del Divino Salvador, levantada donde se ubicaba la Mezquita Mayor (y seguramente donde habría un anterior templo visigótico, como suele ocurrir en estos casos) con su torre mudéjar, su campanil gótico, su fachada barroca del finales del siglo XVII y sus tres pórticos empotrados. En su interior nos sorprendió la gran cúpula sobre el altar mayor, las muchas pilastras como árboles de un bosque y la diferente altura de las naves, que componen un templo con aires de grandeza.
Al atardecer tuvimos ocasión de ir por libre, y fuimos varios los que nos llevamos la sorpresa de una exposición de dioramas con escenas del Nacimiento del Niño Dios, en un anexo al convento de Santo Domingo, que nos dejó boquiabiertos, no en balde la de Jerez es la Asociación de belenistas más antigua de España.
La mañana del día 11 amaneció con un sol radiante y un cielo azul intenso, y se inició con un desayuno con churros en la calle Doña Blanca, junto al mercado central. Ya saben lo que decía George Santayana: si deseas conocer el alma de una ciudad, debes visitar sus templos (lo que la gente admira y espera), su mercado (lo que la gente desea y compra) y su cementerio (lo que la gente respeta y teme). Dejamos el tercero para otra ocasión, y lo sustituimos por una visita a la Real Andaluza Escuela de Arte Ecuestre, una de las cuatro Escuelas existentes en Europa, con sus 120 caballos de pura raza española, caracterizados por su brío, temperamento, docilidad y nobleza, donde se enseñan cursos de jinete, cochero, guarnicionero y mozo de cuadra. Disfrutamos de una sesión de doma clásica y doma vaquera como niños pequeños, con un fondo musical apropiado al espectáculo.
Tras la foto de rigor para dejar memoria de los integrantes del grupo, nos encaminamos hacia el restaurante rociero Blanca Paloma, donde dimos cumplida cuenta del almuerzo que nos tenían preparado y pudimos vivir y participar de una zambomba jerezana, donde más de uno (y de una) se arrancaron con aires gitanos y palmas al compás.
Desde allí hasta Sevilla en autobús, con el silencio propio de quienes habían agotado sus fuerzas y necesitaban reponerlas, después de tanto arte y tantas vivencias. Un viaje para el recuerdo que les sugiero que hagan ustedes, si aún no conocen Jerez.
Alberto Amador Tobaja: aapic1956@gmail.com





