Capítuo primero: El crimen del cortijo de los Galindos (I)
La mañana del día en el que lo asesinaron, José González abrió los ojos antes de que sonara el viejo despertador. Antes, incluso, que el gallo del corral rompiera en mil pedazos el silencio del amanecer con su canto estrepitoso. Con calculada dejadez alargó el brazo derecho hasta la mesilla de noche y buscó, palpando entre la espesa oscuridad, las asas y el pulsador del reloj de latón, para pararlo y que no despertara a Asunción con su estridente martilleo metálico. “Siempre lo quito antes de que suene. Tengo la hora cogía”.
La noche había sido calurosa, tórrida, transcurriendo lenta y pesada, sin que corriera ni una gota de aire. A pesar de tener abiertas de par en par la puerta de la habitación y los postigos del ventanuco que da al patinillo, con su limonero y sus rosales. Pero ni por esas había noticia alguna de corriente o de una mínima brisa. Y es que “cuando se mete una noche mala de calor por medio, no te escapas por mucho que quieras”.
Eran los días que median entre las fiestas patronales de San Eutropio y las de la Magdalena, en la vecina localidad de Arahal. Calores aseguradas. Bien parecía que aquellas calinas no se despegaron nunca del pueblo, que no habría que encender ya jamás el brasero, que nunca más volverían los fríos y las aguas.
La sábana bajera amaneció empapada en sudor. José se sentó en el borde de la cama, se puso el pantalón de faena, se calzó con las gastadas botas de campo y se amarró los cabetes. Con el torso aún desnudo, salió al corral para darse un agua en la pila del blanqueado brocal del pozo. “Hoy es martes. No toca afeitarse”. El frescor del agua lo terminó de despabilar. Miró al cielo, donde las estrellas aún campaban a sus anchas. Se desperezó con gesto felino y se colocó la camisa de manga corta, que encontró colgada en el picaporte de la puerta, como una mancha en la penumbra. Se paró un segundo para observar a Asunción y a nada estuvo de darle un beso en la mejilla o de rozar sus manos en sus hombros morenos. Pero no quería despertarla. Si hubiera sabido que en horas estaría muerto…. Pero no lo sabía. Como tampoco sabía que también Asunción estaría muerta muy pronto.
Pared con pared vivían los padres de José, que se había hecho la casita justo al lado con mil penas y echando deshoras. «Los padres de José viven junto a la casa de su hijo, porque este construyó, ayudado por sus familiares, una vivienda en el patio de la residencia de sus mayores. Piedra a piedra, todo fue decidido por José”.
Su madre, vestido negro y pelos canos, le preparó el desayuno, como todas las mañanas: café con leche migado, que no era bueno ayunar como no fuera que estuviera uno con malas digestiones del día anterior o hubiera que reflexionar y limpiarse espiritualmente. No era el caso.
Cuando salió de su casa, tocándose con la gorrilla, con el café migado en el estómago, las golondrinas más tempraneras revoloteaban en el aire de la Glorieta y el olor a jazmines y dama de noche del corral se le había agarrado al cuello, como una bufanda en invierno.
Ramón Parrilla también se levantó de la cama antes del alba, con el cielo aún preñado de estrellas. Y tampoco tuvo que esperar a que sonara el despertador. La gente del campo tiene un reloj dentro, pegado al alma. Las horas del día y su cuerpo son manecillas exactas, bien ajustadas. Café con tostada con aceite y azúcar y a la moto, aparcada en el breve zaguán de la casa, para llegar a buena hora al cortijo y empezar la jornada, no sin antes acercarse a la habitación en la que dormían sus hijas para disfrutar en silencio de su sueño plácido e inocente. Sería la última vez que las vería. Su mujer recordaría posteriormente: «Salió esa mañana temprano hacia la finca, tal vez antes que otros días, pero eso no me extrañó, porque prefería estar incorporado muy de mañana a su faena. Me dio un beso después de saludar y se marchó a la finca”.
Él no había trabajado nunca en otra cosa que no fuera el campo. Labrando, segando, sembrando, escardando, haciendo cuchillos, limpiando olivos, cangueando, desvaretando… lo que hubiera que hacer, “lo que se encartara”, según el tiempo y el momento. El campo era su mundo y su mundo lo llenaban las cosas del campo, que “no tiene página ni espejo”. Con solo mirar la situación del sol sabía la hora que era, “chispa más o menos”. Desde niño no había visto otra cosa y esa era su vida. Trabajar, echar horas entre el silencio cómplice de los olivos y los terrones y mirar por su familia. Aunque todo hubiera cambiado tanto en los últimos años. Los tractores sustituyeron a las yuntas de mulos y la mano de obra fue sobrando. Una máquina hacía el mismo trabajo, y en menos tiempo, que diez o doce yuntas, por lo que sobraban braceros. En los rincones de la era quedaban los aparejos de los mulos y los cerones ahora empezaban a llevarlos las motos. Pero Ramón conocía el mundo del campo y cumplía con su trabajo sobradamente. Incluso ahora, que ya no se iba al tajo en bicicletas de grandes ruedas y cuadros pintados de negro, que así no se cansaba uno tanto y además, no se gastaba gasolina en la moto y se iba de balde, de iñeañe.
En aquellos años, para la gente del campo, no había tiempo para defraudarse a uno mismo con lo que a uno le daba la vida. Los sueños se hacían añicos a las primeras de cambio y había que empezar a conformarse con lo que había tocado.
Su vida no había sido otra que la de la paz que trasmite la vida en el campo. ¿Monótona? Sí, “pero para qué tantos sobresaltos”. ¿Aburrida? Quizás y depende, porque para qué queremos tantas alegrías, que con la feria, las fiestas del Patrón, la Semana Santa y las Navidades nos vamos apañando, que lo importante es el día a día y saber que tienes el pan asegurado porque las fuerzas y la salud no te fallan y eres capaz de llevar para adelante una familia.
Aquella tarde tendría que ir a llenar una cisterna de agua al pozo de la finca. Nunca sabremos por qué las aguas entraron en la pipa que tenía que llenar aquel día Ramón a la velocidad que lo hicieron ni por qué tuvo que cambiar el pozo por la fuente. Ni qué relámpagos de mala suerte se cruzaron en su camino para que terminara aquella siesta de árboles dormidos como terminó. Ni qué silencios se rompieron para que las detonaciones de la escopeta rebotaran entre las paredes del patio del cortijo, con sus macetas de gitanillas. Ni qué miedos llegarían más tarde, cuando las chicharras reventaban el espacio. Son suertes clandestinas que llenan las páginas de la pequeña historia para hacerlas grandes, para convertir en ruinas las vidas serenas y humildes de la gente del campo, de la gente de pueblo. Eso es lo que le ocurrió a Ramón para que aquel veintidós de julio fuera el último de su vida. Que se cruzaron en su destino demasiados segundos impacientes y mucha mala suerte.
Los astros se cruzaron aquel día para que todo saliera mal. Para que el tractor arrancara a la primera a la hora de ir a por agua a la fuente del Dos Hermanas, justo al lado de la Vereda de Sevilla. Para que la cisterna se cargara a la velocidad que lo hizo, que si tarda algo más… “no le hubiera cogido a él por en medio la lluvia de perdigones de la escopeta”. Que si el tractor hubiera seguido averiado entre las sombras de El Palomar hubiera llegado más tarde y, al menos él, se hubiera salvado. ¿Qué se sabe de lo que hubiera ocurrido si nada hubiera sido como fue? La mala suerte se cebó con Ramón y con los suyos. Y es que había llegado su hora por mucho que se hubiera empeñado en que no.
Continuará…
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