¿Puede ser llamada autonomía (o independencia, o ejercicio de la libertad) aquello que decide alguien ‘libremente’ (por su cuenta y voluntad) de hacer todo lo que su organización o su jefe le dicte? Repito: conste que él ha decidido por su cuenta/libremente adoptar y obedecer todo lo que se le dicte desde una organización, un jefe o una doctrina cualquiera.
Parece una paradoja, pero el pensador italiano respondía sin fisuras que NO, que para denominar a esa acción, que es antítesis de la autonomía de verdad, hacía falta crear un nuevo nombre y lo llamó «heteronomía»… Es el caso de Dolores Delgado, por ejemplo, pero también de muchos más.
El mundo se nos ha poblado de heterónomos, de obedientes disfrazados, de seres que presumen de ser libres (sin serlo ni siquiera un poco), de incapaces de distinguir entre una cosa y otra, tal vez porque no encontraban cómo llamar a su discurrir cenizo y sumiso por la vida.
Ahora tienen una palabra con la que identificarse y para identificarlos, para regurgitarse sobre sí mismos y disimulen lo que se han hecho encima. Y además, es un término que suena digno y hasta muy por encima de lo que son y representan.
Alguna vez he escrito que no presumo de ser libre (nadie lo es al completo), pero que sí presumo, y agradezco mucho, de quienes han permitido a lo largo de mi vida que me exprese con libertad, consciente, muy consciente del compromiso adquirido con el uso de la misma y con la responsabilidad asumida con quienes me lo permitieron en cada ocasión. Y fueron muchos a lo largo de mi vida profesional.
Los primeros en hacerlo, en lo personal, fueron mis padres, por supuesto, y me inocularon con ello un virus que a menudo puede resultar casi mortal, porque no puedes defraudar tanta confianza depositada y para ello necesitas estar formado y argumentar cuanto dices, justificarlo con la razón.
Las doctrinas y la religiones se expresan a menudo en un eslogan, una jaculatoria, en un meme, en un tuit o una pancarta. O sea, en una hostia (no consagrada) a la misma inteligencia y aquí no hay más. Pero quienes imponen sus escupitajos sobre los razonamientos no merecen otra cosa que desprecio.
Los seres humanos, incluso los ignaros y los analfabetos sobre según qué cosas, pueden construir argumentos complejos convincentes, tal vez aprendidos de la vida o de su condición honrada y rigurosa; pero los heterónomos, ni pasándolos por seis carreras universitarias, son capaces de otra cosa que de repetir las simplezas asumidas desde quienes les gobiernan y les organizan el cerebro, el cerebelo y el bulbo raquídeo. Todo ello elegido libremente, ¿recuerdan?
Sartori insiste: «Podemos estar sujetos a coerción y sin embargo mantener nuestra autonomía, es decir, ser interiormente libres. Y ésta es la razón por la cual se dice que la fuerza nunca puede extinguir en el hombre la chispa de la libertad. Asimismo, podemos estar a salvo de toda coerción y, sin embargo, actuar como sonámbulos, porque no somos capaces de ejercer una autodeterminación interior. La autonomía y la coerción no son conceptos mutuamente excluyentes. Mi voluntad puede seguir siendo libre (autónoma) incluso si estoy físicamente aprisionado (coercionado), así como inactiva y pasiva (heterónoma) aun cuando se me permita hacer todo lo que desee (no coercionado)».
A ver si así se entiende mejor, cuando sigue diciendo: «La antítesis de la autonomía (la libertad) es la heteronomía (no la obediencia, que a veces es precisa y útil para lograr un fin loable con un grupo), pero la heteronomía favorece la pasividad, la anomia, la falta de carácter, etc., nociones todas que no conciernen a la relación sujeto-soberano sino al problema del yo responsable».
Y remata el genio: «En resumen, todos estos conceptos se relacionan con la libertad interior, no con la exterior, con la facultad de querer, con la facultad de hacer; y esto significa que nuestro vocabulario nos impide emplear el término “autonomía” en relación con el problema de la libertad política».
Y así van, como pollos sin cabeza, porque la cabeza, a menudo, la dejaron donde encontró acomodo, en cualquier basura, y repiten mantras adquiridos en los baratillos de la superioridad.
Y créanme, la verdadera libertad es desinteresada, no piensa en precios ni cotiza en la bolsa de las indignidades, aunque cueste «un huevo de la cara», mientras que la heteronomía, es decir, la obediencia disfrazada con mentiras y ‘elegida libremente’ (es un decir), se adopta sólo a cambio de favores, de promesas, de aceptación ciega de los dogmas, de recompensas más o menos aleatorias, de protección personal, de ser admitido en el club de los rampantes, aunque tengas que ser un reptil. Y por eso no es libertad… Y eso es todo
La libertad es una lucha permanente, conjunta y colaborativa, porque no se es libre por estar «libre de pulgas», como el perro de Orwell en la novela «1984», ni tampoco puede denominarse libertad a la de Robinson Crusoe, aprisionado por el océano en una isla desierta y con un esclavo llamado Viernes.
La libertad en nuestro mundo necesita de otros, que la permiten y la protegen, tan responsables como el que la ejerce y hace uso de ella. Ellos son los que luchan por el Bien, frente al Mal de los opresores, y de ellos es el mérito de la porción más importante de la libertad, pacata y medrosa pero responsable, de todos.
El resto de esa libertad la ponen los que leen y los que escuchan. Usted, lector, que escoge y atiende a los argumentos que se trasladan a su corazón, a su moral y a su inteligencia, sin prestar atención a los gritos y a los empujones de los heterónomos, sediciosos de la palabra y del ejercicio de la libertad responsable.
Pero Sartori termina por rematar a gol y la cuela por la misma escuadra: “¿Somos de verdad libres de pensar libremente? La respuesta es: no, todavía no […] Quien no se deja intimidar permanece libre; pero también se queda en tierra: un don nadie castigado con el silencio, con el ostracismo y la marginación… La fama, el éxito, los premios siempre son para quien sabe olfatear el viento de lo políticamente correcto”. O sea, la peste de la corrección política, que, según Félix de Azúa, es «el fascismo contemporáneo»
Han dicho y he dicho.





