Ya es de nuevo Cuaresma, tiempo de preparación y de reflexión para convertirnos y volver a San Lorenzo y al Arco que remata en San Luis.
—¿Y de preparar los dobladillos en las túnicas y en las capas de los niños? Que este año han dado un estirón grande—. También, de eso, también.
Parece mentira cómo pasa el tiempo, aunque siempre lo estemos repitiendo.
—Como un relámpago. Y ahora que estrenamos la ausencia de las cosas de Félix Machuca en Abc de Sevilla, la cosa se pone más difícil—, dice una voz quejumbrosa entre bambalinas.
El domingo de Resurrección, con el cansancio acumulado de una semana de emociones por vivir —que lo del año pasado con el agua fue un sin vivir—, creíamos que el Miércoles de Ceniza próximo nos quedaba en el más allá, aunque nos hayamos jartado —de jartura— de cofradías en la calle, Magna incluida. Los jartibles tenemos estas cuestiones siempre en la cabeza, que ahí están en las tabernas los calendarios que van robando días para llegar a la Gloria —“A la gloria, toreadores”, que escribió Miguel Hernández—.
La veíamos tan lejos que, al final de los finales, ha llegado, a paso racheao, chicotá tras chicotá. Y es que es cierto “que todo llega”, igual que es verdad, como la vida misma, lo de que “todo pasa”. Y lo mismo que vemos al primer nazareno de blanco en el Salvador nos topamos con uno de la Soledad volviendo a su casa por el camino más corto.
Este último año ha cruzado por nuestras vidas como un rayo y nos topamos con una nueva etapa, de esas que nos quitan el sueño y nos repiten ilusiones pasadas a un tiempo.
Una nueva Cuaresma. Y me he plantado ante ella con muy poco, “libre de equipaje, como los hijos de la mar”. La ceniza en la frente hace años que no me roza. Las cosas de las cosas. No me pregunten por qué, que no sabría qué responderles. Pero hace años y así es la vida. Ya me conformo con la que trae mi hijo cuando vuelve de misa.
—No te la toques, Antonio, déjala que caiga sola—, que es lo que nos decían nuestros mayores.
Nueva Cuaresma y memorias viejas, rozando a antiguas. Una Cuaresma recién estrenada y el traje se nos va quedando estrecho mientras que las ausencias se van juntado una tras otra. La última, como dije, esta misma mañana.
Lo primero que vamos dejando atrás es la ilusión, que por el paso de los años la hemos ido perdiendo. ¿Por qué? Pues porque los años sirven para eso, para ir perdiendo y, a la vez, calibrando, que lo que antes nos servía ya no nos sirve. Que es cierto lo de que “cualquier tiempo pasado fue mejor”. Llámenme pesimista. Lo soy. O nostálgico. También lo soy. ¿Qué le vamos a hacer?
Esta Cuaresma que voy a tener el honor de compartir con todos ustedes será la de tres personajes que les iremos presentando cada domingo: Fulanito, Menganito y Setanito. En ellos tendremos tres formas distintas —de las mil que existen— de vivir este tiempo en Sevilla, en la ciudad de María Santísima, que en Semana Santa se tira a la calle para contemplar de la forma única en la que se contempla en esta ciudad: la Pasión, Muerte y Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo, según Sevilla —y provincia—.
—Y de la Madre tras Él, bajo palios de bordados en oros y platas—, que replica la voz respondona que me acompaña en el escrito de hoy.





