Llevo un tango colgado de los labios para siempre. Desde aquellas tardes de la casa de la plazoleta, en que mi corazón de niño no sonriente palpitaba por cada placa gastada de Carlos Gardel y que yo ponía con esmero casi sacro, una y otra vez, en nuestra Philips de caja. Que no había lugar para el descanso. Que todo era un enhebrar melodías: “Arrabal amargo”, “Por una Cabeza”, “Mano a mano”, “La Cumparsita”, “Caminito”, “Adiós, muchachos”, “Silencio”, “Madreselva”, “Tomo y obligo”, “Un tropezón”, “Mi Buenos Aires querido”… Mientras, mi padre ahogaba su llanto por entre las aguas tintas de la pena y del desengaño.
Llevo un tango colgado de los labios perennemente. Desde los minúsculos ensueños con los que “El morocho” envolvía a este niño de semblante serio que, puesto manos a la obra, empapaba el alma atormentada de mi padre colocando placa tras placa en aquellas tardes arrobadoras de la casa de la plazoleta. Que todo era un engarzar cadencias: “La última copa”, “Por tus ojos negros”, “Silbando”, “Volvió una noche”, “Yira, yira”, “Milonga sentimental”, “Bandoneón arrabalero”…
Llevo un tango colgado de los labios perpetuamente. Llevo un tango, que enarbolo con orgullo cada veinticuatro de junio de todos los años.





