
Que se come y se bebe —y se saborea, oiga usted—, que en esta bendita tierra salinera y frontera entre las aguas dulces y saldas, regala fe de las carretas que en breve cruzarán el Guadalquivir en la barcaza de Cristóbal, que los carros jamás rodaron con una sola rueda. Me refiero con todo esta retórica torpe y anárquica al libro “El gran libro de la gastronomía sanluqueña” de José Carlos García Rodríguez —enólogo, amén de escritor—, magníficamente editado por Almuzara y dirigido por la gran Rosa García Perea, una marchenera afincada en Sevilla que homenajea a los libros cada vez que se pone manos a la obra. ¡Cuánto le debe la literatura de este siglo XXI a Rosa sobre lo que es y no es la baja Andalucía!
Las páginas, desde la primera a la última, huelen y saben a Sanlúcar de Barrameda. A toda ella. Desde Bajo de Guía hasta el Barrio Alto, desde Montijo a La Colonia, pasando por la Jara, la Calzada y Bonanza.
Los que busquen en este libro de recetas platos de loza plastificada enormes y deformes no tienen nada que hacer. Tampoco los que esperen comidas de las que hay que buscar bajo brotes verdes sin aliñar. En estas páginas solo hay comidas detodalavidadeDios: cuchareo y taperío de calidad.
El libro nace en Sanlúcar y en la misma Sanlúcar muere. Los productos que llenan sus páginas son de la tierra —y la mar—, que entre las tierras saladas y dulces, entre las tierras albarizas y arenosas, lo que aquí nace tiene un sabor distinto, auténtico y original.
Así, a través de estas páginas gastronómicas viajamos por Sanlúcar de la mano de los productos que esta tierra nos regala cada día, cada vez que sale el sol por Trebujena. Desde la pesca de corral a la agricultura de navazo, desde las papas de Monte Algaida hasta el langostino, que “es un bote de perfume”, que decía Antonio Gala.
Y nos regala recetas para que nos arremangemos y nos abrochemos el delantal: ajo caliente, chocos aliñaos, papas aliñás, berza sanluqueña —que no le falte la hierbabuena—, garbanzos con langostinos, sopa de galeras, atún mechado, chova en adobo, tortillitas de camarones o dorada a la manzanilla.
Un libro que se come y se bebe —y se saborea, oiga usted—, y que huela a Sanlúcar de Barrameda de cabo a rabo. Un lujo para los que gustamos comer sin tener que buscar la comida en el plato.





