Hay veces —“mu pocas, mu pocas”, que decía Silvio— en los que uno nota en la piel que está viviendo la historia, que forma parte de ella, que se encuentra en la bendita encrucijada de lo que se hablará dentro de muchos años. Algunas veces me ha pasado. Por ejemplo, cuando veía a Juan Moneo El Tora en sus recitales. Te sabías único. Indispensable, incluso. Entendías que lo que estabas viviendo era irrepetible. Sería irrepetible. Y aquel momento, aquel instante, quedaría para los restos en tu memoria y en la colectiva. Que alguna vez, si Dios quiere, podrás decirle a tus nietos: “Yo escuché al Torta cantar”.
Lo mismo me está ocurriendo leyendo el libro “Sevilla. Biografía de la ciudad dorada”, de Eva Díaz Pérez, magníficamente editado por La Esfera de los Libros. Con la lectura de este regalo me estoy sintiendo parte de la historia de la literatura de la ciudad porque el libro será recordado por los restos de los restos —amén—. Muchos querrán escribir, en un futuro, como ahora lo hace Eva. Otros querrán emular historias como las que ella nos cuenta desde lo más jondo de su alma.
Uno tuvo la suerte de crecer entre libros de Bécquer, de José María Izquierdo, de Joaquín Romero Murube, de José María de Mena, de Manuel Barrios, de Nicolás Salas, de Antonio Burgos… Y tiene la santa suerte de vivir en la Sevilla que nos retrata, en riguroso directo, Paco Robles, Álvaro Pastor, Félix Machuca… Y Eva. Que lo de ella ha venido a rematar una historia que todos nos sabemos de memoria, al dedillo, pero que nadie ha sabido poner negro sobre blanco, hasta el momento, de forma tan preclara, tan cercana, tan contundente.
“Descubramos quién es esa ciudad llamada Sevilla”. Así se abre de capote Díaz Pérez en el tercio, ante la embestida de la historia de la ciudad. Y nos lleva, de la mano, por toda ella. Incluso a la mitológica Tartessos, pasando por el Lago Ligustino y la ciudad fenicia y turdetana. Hasta la Itálica que mandaba a Roma muchachos para colocarlos de emperadores (Ay, maestro Burgos, cuánto nos acordamos de usted). Hasta de los visigodos, de los bárbaros, de los bizantinos y de los Santos que hicieron en vida en Sevilla.
Eva Díaz nos va descubriendo los rincones donde podemos encontrar la esencia misma de la ciudad. Y nos da pistas. Así, nos habla de los toros de ojos verdes de Fernando Villalón —que vino para quedarse, definitivamente, en una grada con derecho a Giralda de la Maestranza, ¿verdad?—; y del rezaré de Pive en la voz de Silvio; y de la sangre roja y el fuego incandescente de Chaves Nogales; y de las cenas suprarrealistas de los olvidados poetas del Mediodía; y de los aparcamientos de la Expo 92; y del mercado de la calle Feria… y de tantas y tantas cosas. Ella nos muestra el plano de la ciudad misteriosa y nosotros, si somos capaces, la buscamos. Y la disfrutamos.
Eva pertenece al selectísimo grupo de los escritores que han buscado la esencia de la ciudad. Fíjense, por favor: “han buscado”. Ya con eso, basta. Porque encontrar el alma de Sevilla se antoja misión imposible, que son muchos los tamices y las capas de la ciudad para dar con el núcleo mismo, con la tecla. Y la ha buscado con su lenguaje sabroso y fácil de entender, con su gracia escribidora, con su particular forma de ser y de vivir la ciudad, que a su madre dedica el libro porque de ella empezó a descubrirle los secretos sentimentales que nos cuenta en el libro.
Una escritora consagrada a la que le van sobrando premios y le van faltando poetas que la canten y estudiosos que empiecen a mirar y remirar su obra.
“¿Qué ciudad es esta? ¿Es un lugar real o una recreación literaria? ¿Quién inventó Sevilla? ¿No será que estamos ante una impostura o una postal imaginada por un viajero nostálgico? Así es un misterio, un escenario esquivo, un mapa en el que siempre es fácil perderse. Estamos ante el misterio de una ciudad que adopta mil disfraces, según quien la contemple/lea/huela/oiga/toque.”. Aquí comienza la HISTORIA que nos cuenta Eva Díaz Pérez susurrándonos mil y una historias de la ciudad soñada, la biografía de sus calles y de sus plazas, por donde ha corrido la vida, la mala vida y la muerte.

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