España tiene nuevo presidente tras un exitoso golpe de estrado; el gallego de las eses arrastradas no puso sus barbas a remojar tras el aviso de Iglesias, el de Galapagar, y ha abandonado su cargo, según él, «por España», y su puesto lo ha ocupado Pedro I, el Resucitado, que como el Cid castellano ha vencido después de haberlo por dos veces defenestrado. Y con este, ya de paso, se han quitado el sudario del 155 los catalanes independentistas que se encontraban velando al fantasma de Carles, el represaliado, entre lastimeros llantos. Y se han unido a cortar el pastel, digo… a aportar su papel, desde las vascobancadas, más oportunistas; perdón… nacionalistas. Un patio de colegio, lleno de regocijo infantil, ha sido el Congreso cuando los chicos, las chicas, lxs chicxs, o como se quieran decir, de Podemos han bajado sus escalinatas en un común canto de «sí se puede» como si les hubiesen dado las vacaciones de verano. ¡¡Alegría, que ya no hay más don Mariano!! ¡Ah, juventud, divino tesoro!
España, de nuevo, tiene un presidente que ha querido ser un modelo simbólico de no sé qué pretensiones; jurar la Constitución sin biblia ni crucifijo y eso: jurar cumplir y hacer cumplir la Carta Magna de este país. Que lo de obviar los santos objetos, por aquello de separar religión y Estado, pase; pero eso de prometer que no jurar, perdón por el lapsus, el sacro evangelio común y juntarse con los que lo quieren convertir en papel reciclado que cuelgue de sus portarrollos en el excusado, pues mire usted, me suena raro. Pero no seré yo quien critique sin ver antes los actos, no sea que como en Twitter alguien me dé un zasca y me tenga que meter entre las piernas –con perdón– el rabo.
Si soy sincero con esto del nuevo Gobierno no estoy apesadumbrado. Sorprendido, expectante, inquieto, pero no me duele mucho que a los populares los populismos hayan desbancado. No es que sea muy sanchista, que no lo soy, pero estaba claro que el enfermo estaba en las últimas y, tarde o temprano, la extremaunción era algo necesario. Con esto, todo sea dicho, tampoco es que esté de acuerdo en la necesidad de este ruin mandoble que no le han dado al Ejecutivo, sino a los españoles, que, desde ahora, y aquí sí me mojo, nos vamos a reír mucho cuando veamos cómo empiezan a desconfiar de nosotros, otra vez, en Europa. Sí esa Europa donde belgas, finlandeses, suizos y alemanes se han estado divirtiendo a nuestra costa pasándose la pelota de Puigdemont mientras miramos aún, alzando las manos, sin poder cogerla. Menos mal que los italianos, como una película de Benigni, han hecho lo propio y ya no estamos tan solos.
Que decían los socialistas no sé qué de la corrupción a eliminar; no sé qué de la Gurtel, y de una caja B de financiación ilegal en el Partido Popular. Total. Que decían los socialistas que ellos son como el brazo de santa Teresa, pero no entendí si se referían a que eran milagrosos o incorruptos, y que los ERES son una conjunción verbal de primera persona del singular, nada más. Y en esto, no sé porqué, he visto silbando a sus socios mocioncensuradores con la vista perdida mirando al horizonte; insisto, no sé por qué será.
Pedro I, el Resucitado, sin duda, como buen fantasma –y no lo digo en sentido figurado, Dios me libre de pensarlo–, ha dado un buen sobresalto. Ahora, de la mano de aquellos que ahora se las pintan de blanco, tintando el rojo sangre de su pasado, dejará atrás las tapias del cementerio donde se hallaba enterrado. ¿Se olvidará de aquellos que siguen bajo los mármoles asesinados por los de las, ahora, blancas manos? Ahora que camina junto a los que, no hace tanto, decían no podía con ellos hacer pactos, ¿se olvidará de lo que ha prometido –que no jurado– sin Cristo crucificado? Ahora que le han apoyado aquellos mismos a los que no apoyaron cuando aquella primera moción de chichinabo, ¿les dará el oro y el moro como moneda de cambio?
Pues miren ustedes, será muy interesante, hasta las próximas elecciones, saber cómo discurrirá este Gobierno construido con trozos que quieren destrozar –valga la redundancia– el modelo actual de Estado o, cuanto menos, llevarse tajada de un buen bocado. Será interesante contemplar cómo se reconstruirán las ruinas del PP, cómo acabará el PSOE tras este invento, si por fin Ciudadanos se decidirá a algo, si VOX entrará a saco, aunque sea con un solo diputado, qué sucederá con los catalanes sufridores del creciente supremacismo independentista en su región, qué más beneficios suculentos sacará el País Vasco de todo esto, qué será de la libertad (en cualquier aspecto y espectro social) hasta ahora entendida y si habremos de temer un Gran Hermano…
Pues sí. Para ponerse unas palomitas y sentarse a ver cómo termina la película. Y encima, para colmo, me entero que tiene una playa Sevilla. Si es que el mundo está loco.





