
El templo estaba a rebosar. Llegué un poco tarde a la misa de romeros y, al entrar, quedé sorprendido de que en la iglesia de un acuartelamiento militar hubiera ese mosaico multicolor de tantos trajes rocieros lucidos por mujeres de todas las edades, abuelas con sus nietas, y jóvenes, que hacían rutilar su belleza de forma natural. A los sones de cantos a la Blanca Paloma, la eucaristía se acercó a su punto final, no sin que antes nos hiciera una observación el presbítero que presidía la celebración, al hilo del Evangelio del día: “No habéis elegido vosotros ir al Rocío; ha sido Ella Quien os ha elegido para ir a su ermita”.
Todo había partido de la invitación de un amigo de la Infancia, que once años antes había fundado junto a otros compañeros militares la Hermandad castrense del Rocío en la base de Tablada. El hecho de iniciar el camino un martes (la única en hacerlo ese día desde Sevilla capital) y mi deseo, siempre pospuesto por distintos motivos, de acompañar al Simpecado durante al menos una jornada, me animaron a aceptar el ofrecimiento, y bien que me alegré.
El cielo tenía ese azul añil que tanto se añora en otras latitudes, soplaba una fresca brisa a esa hora de la mañana y la temperatura era la ideal para comenzar a peregrinar. No hubo cohetes que anunciaran la partida, pero en su defecto, la banda de música del destacamento nos obsequió con algunas marchas, entre las que me emocionó “Banderita tú eres roja, banderita tú eres gualda” por hacerme presente aquellos jóvenes que la entonaban en las guerras que mantuvimos en África y nunca volvieron a casa, y a tantos y tantos que hoy, lejos de nuestras fronteras por motivos de trabajo, darían algo por vivir, aunque fuera un solo día, el Camino del Rocío.
La vinculación al barrio de Tablada hizo que antes que nada visitáramos el colegio Vara del Rey, donde los niños le cantaron la salve rociera a la Virgen y el instituto de enseñanza secundaria Carlos Haya, para después coger por la calle Barberán y Collar hacia la avenida Juan Pablo II en sentido San Juan de Aznalfarache.
Fue en el antiguo puente de hierro sobre el Guadalquivir cuando empezaron a cantarse las primeras sevillanas, animados por los dos tamborileros que acompañaban con su flauta los compases. Mirando las riberas del río y levantando los ojos hacia el horizonte, nos salía del alma aquello de “¡Y como está el Aljarafe de bonito en primavera!” con las palmas al compás y la alegría por bandera de que, un año más, estas familias que componen la Hermandad, volvieran a verse de nuevo camino de la ermita.
La entrada a San Juan desde la estación de metro por Ramón y Cajal y el recorrido de sus calles en dirección a Mairena, nos deparó escenas de emoción con el saludo de algunas hermandades con su representación en las puertas de los templos, como en san Juan Bautista, el rezo del Ángelus; más tarde, ante el cuartel de la Guardia civil, con su ramo de flores en ofrenda al Simpecado otra Salve, y la oración callada de algunos paisanos que se santiguaban al paso de la carreta del Simpecado con los bueyes. Cada rezo iba seguido de los gritos de ¡Viva el Pastorcito divino!, ¡viva la Blanca Paloma!, ¡viva la Hermandad castrense!, ¡viva España! y ¡viva por siempre la Madre de Dios!.
Al final de la cuesta de la avenida de Mairena ya alcanzamos ese pueblo hermano (las dos localidades están juntas) y allí hicimos disfrutar a los mayores de la residencia de Nuestra Señora de Guadalupe con una salve rociera, pero también ellos nos hicieron felices a nosotros al ver la emoción con la que contemplaban a la Virgen.
Las sevillanas se sucedían unas a otras, pero me llamaron la atención dos cosas: una, que todas pertenecían a los clásicos repertorios de “Los Romeros de la Puebla”, “Amigos de Gines”, Marismeños” y “Hermanos Reyes” de los años setenta, es decir, las de toda la vida; y otra, que sólo se cantaba la primera de las cuatro, y con cierta dificultad para recordar las letras, como si el hecho de cantarlas completas fuera algo inalcanzable para la mayoría. Decididamente, pensé, vivimos tiempos en que la memoria se ejerce poco. Ah, y lo de cantar con guitarra se deja para las paradas, que con la flauta y el tamboril hay acompañamiento de sobra.
Casi sin darnos cuenta ya estábamos en en las calles de Mairena del Aljarafe y allí nos dirigimos hacia la sede la hermandad del Rocío de la localidad, donde nos esperaba una nutrida representación de hermanos con sus insignias a las puertas del templo, donde de nuevo entonamos la Salve y respondimos con vivas a la patrona de Almonte.
Una parada para reponer fuerzas y la partida a través de los carriles del campo hasta el Pozo de la culebra, en la finca de la Juliana, en Bollullos de la Mitación, pero esa es otra historia. Me quedo con la letra de aquella sevillana que decía:
El que hable mal del Rocío es que no ve más que faltas
y no conoce a la Madre, que es Maestra en perdonarlas.
Feliz domingo de Pentecostés y feliz lunes del Rocío.
Alberto Amador Tobaja: aapic1956@gmail.com





