Mi hija sufrió una hemorragia cerebral al nacer al igual que su hermano Rodrigo, que ya está en algún lugar donde solo se encuentran los ángeles, regalándoles su risa.
Mi hija tiene ahora dieciséis preciosos años, parálisis cerebral, y es la persona más lista y con más de eso que se llama «inteligencia emocional» que conozco.
Hace ya unos años, en 2019, escribía yo en estas mismas páginas estas líneas:
«Mi hija pequeña tiene diez años y está en tercero de primaria. Sus dos hermanos de la misma edad están, uno en cuarto de primaria, el que tuvo más suerte de los tres, y el otro, el peor parado del nacimiento, en un colegio de educación especial.
Mi hija de diez años es una luchadora como no he conocido en toda mi ya larga vida, es una superviviente que nos da ejemplo todos los días de voluntad, superación y fuerza para seguir adelante. No mentiré y les diré que es mi razón para seguir viviendo.
A veces, la frustración en ella es tan grande por ver que no es igual que esos otros niños y niñas de la clase que juegan en el recreo de su cole y que ella, apartada, mira desde una esquina, que no puede evitar ponerse furiosa… Ella que es la cosita más dulce que conozco. Solo basta mirarla para saberlo.
Y, una vez más, te tropiezas con la incomprensión y la insensibilidad de la gente, y te vienen como un vómito que se agolpa en la boca, unos deseos irrefrenables de, como aquel personaje de Michael Douglas en la película “Un día de Furia”, echarte a la calle con un arma y llevarte por delante a gran parte de esta sociedad deshumanizada en la que hemos de vivir y que no comprende ni sabe tratar la diferencia».
Disculpen la autocita pero es así, como decía en ese último párrafo, como uno se vuelve a sentir en días como este.
Voy a contarles algo, por si los medios informativos, tan ocupados con juicios contra sinvergüenzas, crisis sanitarias, guerras varias y demás temas «candentes», no encuentran ningún rincón en sus páginas o en su programación para dedicarle a esta «minucia» que paso a resumirles si son tan amables de seguir leyendo:
La misma Junta de Andalucía que en 2024 anunciaba a bombo y platillo que «la Consejería tiene el firme propósito de que nadie se quede fuera de un itinerario formativo profesional o sin opciones de seguir estudiando. Por este motivo, para el próximo curso pone el foco de atención en las personas con necesidades educativas especiales y otros colectivos en riesgo de exclusión social, con el objetivo de dotarles de competencias básicas, profesionales y para la empleabilidad que permitan su participación en la vida social, cultural y laboral. La primera medida es la transformación de los tradicionales Programas Específicos de Formación Profesional Básica en Grados Básicos de FP dirigidos al colectivo de personas con necesidades educativas especiales. Son un total de 61 Grados Básicos de FP para los estudiantes más vulnerables que contarán con los recursos materiales y humanos necesarios con el objetivo de que titulen. Una de las principales ventajas es que estos estudiantes podrán obtener dos titulaciones al término de sus estudios: el título de Graduado en Educación Secundaria Obligatoria y el título de Técnico básico en la especialidad correspondiente….», esa Junta de Andalucía, sí, es la misma Junta que ahora, apenas dos años después, disfrazándolo vergonzantemente como «reordenación pensada en interés del alumnado» y excusándose en una supuesta normativa europea, pretende dar marcha atrás (camino que ya comenzó el año pasado reduciendo las plazas de maestros de FPB Específica, que pasaron de 88 a 59), suprimiendo de un plumazo esa opción y condenando a los adolescentes como mi hija a una PTVAL (Programas de Transición a la Vida Adulta y Laboral) eufemístico y larguísimo nombre para ocultar que, de lo que se trata, es de, simplemente, tener a estos adolescentes recogidos en un sitio durante unos años para que así sus padres puedan trabajar y así mantener con sus impuestos, entre otras, a la Junta de Andalucía.
Mi hija estuvo en inclusión con apoyos a la diversidad (modalidad B) hasta sexto de primaria, pero después, al cambiar de etapa, en contra de nuestro criterio y que lo peleáramos e incluso acudiéramos a los Tribunales, un informe del EOE (que la justicia obligó a repetir, dándonos la razón) la envió a modalidad C, en un aula específica de un Instituto. Es decir, mi hija podría perfectamente beneficiarse de una Formación profesional básica específica.
En esa PTVAL a la que la Junta de Andalucía quiere enviarla como único futuro, principalmente se les enseñan «habilidades» para la vida diaria, habilidades que no haría falta les enseñaran en un aula porque en sus casas sus padres ya se las enseñamos, y solo algunas pocas horas a «desarrollo de destrezas laborales», sentenciando a adolescentes como mi hija a no tener ni título de la ESO ni tan siquiera un título de formación profesional y, a cambio, tan solo obtener un “certificado acreditativo de su evolución en los bloques que integran la PTVAL”, o sea, algo parecido a lo que le daban a todos mis hijos cuando cursaban educación infantil (“no iniciado, en proceso, conseguido”….), en resumen: un papel que no sirve para absolutamente nada.
Se les cierra así definitivamente y de un portazo las puertas a una posible autonomía y a una vida digna mediante su incorporación al mercado de trabajo en puestos para los que estén capacitados porque, entre otras cosas, sin el título de ESO no pueden opositar a prácticamente ningún puesto en esa administración pública tan «integradora» e «inclusiva», segándoles de golpe toda esperanza de integración en el mundo laboral y de una inclusión social real, términos con los que tanto se les llena la boca a todos nuestros hipócritas políticos de cualquier signo, porque quedan bonitos y muy políticamente correctos, pero que, a la hora de la verdad, relegan al último lugar de sus objetivos cuando se trata de elegir a donde destinan los recursos. Porque, si, al final, como en casi todo, solo se trata de un problema de dinero y de elegir si este se destina a fines más rentables electoralmente y en términos de popularidad o, en cambio, invertirlo en las posibilidades de futuro de un colectivo minoritario y poco dado a las rebeliones y a los griteríos como son los niños con discapacidad y sus familias, ya bastante castigadas por la vida y cuya existencia es una lucha continua y sin final contra las barreras que esta sociedad y el sistema les pone continuamente.
Porque sí, a veces, uno se cansa de luchar todos los días… pero ese agotamiento solo dura unos minutos, tan solo esos instantes que tarda en escuchar la voz de su hija, o su risa o, simplemente, la mira a los ojos y ve, con toda nitidez, todo lo que el resto del mundo no sabe ver.





