En los últimos años todos hemos padecido alguna vez alguna clase de reproche por establecer paralelismos entre los sucesos que veíamos y los años previos a 1936.
Les puedo asegurar que a mí no pocas veces me lo han afeado, incluso compañeros de profesión y con muy malos modos, más hoscos cuanto más se ajustaban como un guante y con toda clase de detalles en el fondo y en la forma unos hechos y los otros.
Nos acusaban de «guerracivilismo» a quienes hemos señalado y advertido de la similitud precisamente los que andaban promoviendo las acciones o simplemente preferían mirar hacia otro lado.
Hace no demasiado, a un ilustre compañero le escuché aplacar a sus oyentes ante la lógica alerta que despertaban los explícitos discursos del señor Marqués de la Melena cuando aún no se había convertido en ilustre propietario de la mansión de Galapagar, y con sobrada altanería sabihonda lo fiaba todo a que si algún día esa muchachada de las tiendas de campaña en Sol llegaba al poder, Pablo Iglesias se convertiría apenas en una especie de Alfonso Guerra o la cara menos amable de una izquierda institucional e institucionalizada y se contentaría con ejercer de «chico malo» de la peli.
Me quedé de piedra al escucharlo, porque hace falta ser muy bruto para reducir la capacidad de análisis a la propia y corta experiencia de su propia vida y de su entorno más cercano, como si no existieran más ejemplos variables a los que atenerse en otro tiempo o en otros espacios.
No hace falta haber viajado mucho ni tener 200 años para averiguar que la Historia se repite pero no siempre de la misma forma ni se ciñe a la experiencia de uno mismo, pero que en los libros, si uno busca, y en la distancia y en el tiempo, si se estudia, existen indicios y parangones suficientes para saber que los rumbos se tuercen a menudo de manera idiota y luego ya no hay remedio.
En el comunismo de los últimos 70 años hay ejemplos suficientes para comprender que los marxistas nunca adaptan sus discursos a la realidad cuando llegan al poder o alcanzan la influencia necesaria, cosa que sólo practican mientras quede fuera de su alcance. Una vez que llegan, es la realidad la que someten a sus dogmas insufribles y a sus directrices, aunque el resultado sean la pobreza extrema, la eliminación de libertades o la aplicación de la tortura y hasta el exterminio si hace falta.
Ni siquiera cabe pensar que semejante ceguera pudiera responder a la ingenuidad natural de quienes han minimizado los indicios ciertos y hasta las amenazas, sino que responde a una especie de tontuna o de burricie que les permite vivir anestesiados, como si el mundo se ciñera exclusivamente a los límites de su ignorancia y nada pudiera escapar de las fronteras de su limitada y olvidadiza experiencia personal.
Más recientemente, con la que está cayendo, aún escucho a profesionales de esta vaina expresar su alarma por la mera participación de Vox en las instituciones, pero callan como fantasmas ante los atronadores cambios arbitrarios y discrecionales de la legalidad en favor de golpistas declarados, pasados, presentes y futuros, y de asesinos con boca de hacha que alardean de promover el derribo del Estado con la complacencia inerme de un jefe de gobierno sólo preocupado de su sonrisa de mercachifle y del corta y pega repetido para su permanencia en la Moncloa.
Parece evidente que se trata de un prejuicio muy sectario lo que les impide vaticinar lo que ya está encima y pregonan otros por todas partes, pues de lo que huyen, antes que otra cosa, es de tener que admitir su dogmatismo y que fueron ciegos cuando aún les correspondía leer la realidad ajustadamente sin banderías ni proféticas admoniciones de parte.
El profesor de Filosofía del Derecho y diputado de Vox por Sevilla, Francisco Contreras, lo sintetizó el otro día en el Congreso de manera admirable en un discurso contra la Ley de Memoria Democrática (¡como si la realidad de lo pasado se pudiera establecer por mayoría de votos) cuando se sacó del bolsillo de su chaqueta el crucifijo de su tío abuelo, beatificado el pasado mes de noviembre junto a otras 127 víctimas de aquel holocausto, que portaba cuando fue descuartizado vivo con un hacha por el mero hecho de ser fraile en Baena, muy cerca del pueblo de la ministra Calvo; no por lo que hizo, sino por serlo.
Algunos podrán pensar que las cosas han cambiado mucho, pero entonces yo diría que conocen poco la pulsión humana y por la parte baja del silogismo les recordaría que a mí mismo me sucedió que, siendo miembro de una institución, la mayoría de izquierdas quiso someter a votación si lo que yo había dicho en un pleno anterior era lo que yo sostenía haber dicho o si debía figurar lo que ellos pretendían. Si a pequeña escala quisieron establecer una verdad cercana mediante el voto, imagínense de lo que no serán capaces tratándose de crímenes abominables que les desmienten todo su desguace y por mantener sus privilegios.
Quienes no han pisado ni vivido nunca un verdadero totalitarismo no están incapacitados ni eximidos de ajustar el foco sobre cómo ocurren las cosas a partir de algún momento. Y quienes minimizan y minusvaloran la amenaza comunista sólo pueden ser tipos tan distraídos o tan sectarios como el propio Iñigo Errejón, ese ‘cayetano’ imberbe de mirada oblicua que asegura que milita en el anti fascismo (sea esto lo que sea) desde 1997, que tenía 14 años, «cuando eso costaba algún que otro percance en la calle», añade el muy cretino.
Ni la Historia absolvió a Fidel Castro ni tampoco absolverá la obsecuencia deplorable de estos cegatos de su propia conveniencia.
He dicho.





