El público del estadio guardaba un silencio preocupante. Algunos murmuraban que aquel golpe podía ser algo serio. El futbolista salió en camilla del terreno de juego y poco después, por los altavoces, se le comunicaba al respetable que el jugador en cuestión había sufrido una conmoción cerebral, y que ello permitía un sexto cambio, hecho que pocas veces acontece.
Ocurrió en el campo del Sevilla F.C. el pasado domingo, y es que los golpes en la cabeza suelen ser preocupantes por las secuelas que dejan, ¡qué se lo digan a los boxeadores, y si no, a los jugadores de fútbol americano!
Hace poco leí en un artículo de la revista Lancet que 28 expertos habían establecido que, aparte de las lesiones traumáticas, existían once factores evitables que también dañaban el cerebro: la presión arterial alta, el tabaquismo, la obesidad, un bajo nivel educativo, la diabetes mellitus de tipo 2, la inactividad física, la pérdida de audición, el aislamiento social, el consumo excesivo de alcohol, la depresión y la contaminación del aire, y que existía una correlación directa entre estos factores de riesgo y el cuarenta por ciento de los casos de demencia en el mundo.
A todos nos asusta el llegar a padecer alzhéimer, una enfermedad neurodegenerativa (células nerviosas de la corteza cerebral que van desapareciendo en el hipocampo y, con ellas, la capacidad cognitiva y nuestros recuerdos) que se desarrolla durante décadas, y no es algo repentino. Concretamente, fumar reduce la materia cerebral y el suministro de oxígeno al cerebro, y se ha demostrado que promueve la aparición de enfermedades neurodegenerativas.
La demencia senil es a menudo el resultado de una calcificación vascular o arterioesclerosis, que partiendo de problemas circulatorios originados por muchas causas posibles, da lugar a la modificación de células nerviosas.
No dormir bien (siete u ocho horas diarias) provoca que el sistema glinfático (triturador de basura que transportan las proteínas dañadas) no funcione correctamente y, en consecuencia, el cerebro no se limpie. Privarse de sueño acelera la muerte de las células cerebrales a corto plazo.
La dieta tiene una gran influencia en el funcionamiento el cerebro. Muchos estudios demuestran que una dieta rica en frutas, verduras, cereales, granos integrales y pescado protegen al cerebro, mientras que, de manera contraria, una dieta rica en grasas saturadas, grasas trans y colesterol, está asociada a un aumento del riesgo de presentar deterioro cognitivo y demencia.
La obesidad no sólo afecta al corazón. Las personas con sobrepeso severo tienen varias regiones del cerebro conectadas de forma más débil, lo que conlleva que dicho órgano envejezca más rápido y sea más susceptible de alzhéimer.
Atentos los que permanecen mucho tiempo sentados en su trabajo: según un estudio estadounidense realizado con más de 50.000 personas mayores, aquellas que hicieron poco o ningún ejercicio durante más de diez horas al día, tenían un riesgo significativamente mayor de desarrollar demencia. En efecto, cuando los músculos están en tensión, liberan en la sangre unas sustancias mensajeras parecidas a las hormonas que apoyan el trabajo de las células del cerebro (el cuerpo humano está diseñado para poder correr quince kilómetros al día).
El bajo nivel educativo tiene una relación directa con dos factores: la lectura y el manejo de los idiomas. La lectura establece nuevas conexiones cerebrales, creando redes neuronales que permiten un incremento de la función cognitiva. El aprendizaje de idiomas posibilita una mayor flexibilidad cognitiva y desarrolla zonas del cerebro que, de otra manera, no serían estimuladas. Esto conlleva que las personas que saben más de una lengua, puedan adaptarse mejor a situaciones inesperadas, usando esas áreas.
El lugar donde uno vive también influye en el cerebro. El humo maltrata a las células nerviosas y las sinapsis. El ruido es un estresor cuyos efectos van desde la molestia hasta el incremento de la mortalidad pasando por el aumento de la presión arterial, el insomnio y el incremento de la posibilidad de tener un ataque al corazón.
Incluso los que viven en zonas rurales pueden sufrir deterioros en su cerebro por causas ajenas a su voluntad: los pesticidas también son dañinos. Muchos piensan que generan radicales libres, moléculas que matan a las células nerviosas, entre ellas las productoras de la dopamina, asociadas al párkinson.
Al parecer no basta que sea la parte más protegida de nuestro cuerpo, rodeada por tres meninges y un casquete óseo, flotando en el líquido cefalorraquideo para amortiguar los impactos, junto con la barrera hematoencefálica. Pues no, los últimos avances han llegado a la conclusión de que nuestro cerebro funciona bien cuando nuestro cuerpo funciona bien, o como afirmó el poeta romano Décimo Julio Juvenal en el siglo I, Mens sana in corpore sano.
Alberto Amador Tobaja: aapic1956@gmail.com






3 Comments
Sin duda. Cuidarse el cuerpo es cuidar nuestra mente. Estar activo físicamente e intelectualmente nos resguarda de muchos problemas.
Me interesa sobremanera todo lo relativo a nuestra mente y al cerebro como órgano.
Enhorabuena por este artículo.
Vaya tela, Alberto; aunque todos tus articulos son magnificos, este es de enmarcar.
Lo celebraremos en un par de semanas,
Un abrazo, Pepe
muy interesante Alberto, la lectura y la buena alimentación son importantísimas, siempre y cuando la acompañes d ejercicios físico, muy bien artículo