Hace unas horas se ha cumplido un año exacto desde que Pedro Sánchez se presentara en el Foro de Davos como flamante nuevo presidente de gobierno para tratar de tranquilizar a su escaso auditorio sobre los planes que albergaba la coalición socialcomunista que acababa de formar con el señor Marqués de la Ultrademagogia.
Subrayó la intención de llevar a cabo una armonización fiscal, o sea, una subida de impuestos, que no asustase a los poderosos del dinero, a sabiendas de que no es por la vía de los impuestos por lo que se asustan los verdaderamente ricos, pero aun así se extendió en justificar su propósito con una de esas fantasías de la demagogia zurda que desaparecen por arte de magia apenas llegan ellos al poder.
Según dijo Sánchez hace un año en Davos, 2,2 millones de niños en España se encontraban en aquellos días en riesgo de caer en la pobreza. Empleó la expresión, en inglés, de «mass starvation»; o sea, «hambruna masiva», ahí es nada.
La pregunta ahora es ¿dónde y en qué condiciones están aquellos 2,2 millones de niños en riesgo de exclusión extrema hasta rozar la hambruna que había en España? Me temo que se han esfumado, desaparecidos por milagro, porque no es fácil pensar que con un país arruinado después de un año de catástrofe por la pandemia sobrevenida hubieran podido mejorar en nada su situación o no hayan aumentado en número y carencias.
O lo que es más probable, nunca existieron, salvo en la cínica mentira de esta demagogia perenne en la que nos bañan forzosamente los caudillos del socialismo.
Lo peor de haber cumplido un año de gobierno con esta caprichosa fantasía de Sánchez es que a partir de aquí podríamos celebrar cada día la efeméride de una mentira, de una negligencia, de una actuación incompetente, de un engaño, de una estafa, porque casi se diría que no hubo un sólo día a lo largo de este año en que el gobierno de Sánchez y el Marqués no incurriese en una declaración sospechosa, en una acción descacharrante o en una finta de consecuencias desastrosas.
Aquel mismo día de hace un año, el Ministerio de Sanidad aseguraba que «el riesgo para la población española es muy bajo» y un apenas conocido por entonces Fernando Simón hacía declaraciones en las que aseguraba: “No es muy probable que se importe a España, pero puede pasar, por eso estamos tratando de implementar medidas, primero para reducir el riesgo de que llegue, y segundo, para actuar en el caso de que lo haga”. Más tarde supimos que un jefe de la Policía que ese mismo día encargó la compra de material de protección para los agentes sería cesado por considerar que aquella compra de material fue considerada un alarmismo innecesario.
Prepárense este año a conmemorar una efeméride catastrófica cada día, de cada semana, de cada mes, porque en el primer año de socialcomunismo cada jornada y cada portada informativa tuvo su afán, su estupidez, su engaño, su impostura.
Un día alcanzaremos la efeméride de cuando Carmen Calvo recomendó no faltar a la manifa feminista del 8-M, otro día se cumplirá un año de las continuas declaraciones gratuitas e indocumentadas de Simón o de las inútiles recomendaciones de Illa y de los fiascos en las compras de material. Y así hasta alcanzar la noche de las maletas de Delcy en Barajas y los diferentes días de las seis explicaciones contradictorias de Ábalos sobre el mismo caso o de los ceses indignos e indignantes de los mandos de la Guardia Civil y la Policía por Marlaska.
El año 2020, primero de este gobierno Frankenstein, es una montaña monumental de efemérides infames y prodigiosas que podríamos conmemorar día por día con cada cifra de muertos ocultados, con cada aparición televisiva preñada de embustes y con cada fiasco perpetrado por una baraja de siniestros irresponsables que han conducido a este país a la ruina.
He dicho.





