No será fácil que ocurra, pero no lo descarten ni tampoco se alarmen demasiado si entre la lista de votantes de Minneapolis, Estado de Minnesota, aparece George Floyd.
Es una posibilidad como otra cualquiera y explicaría con eficacia, en corto y por derecho, los solemnes desvaríos que provocan últimamente los engranajes y las ruedecitas de los algoritmos tecnológicos en los recuentos electorales de varios países. Por ejemplo, en Venezuela o Argentina, pero también en España y en Florida.
En nuestro país, por ejemplo, reto a quien quiera a que me explique las múltiples «correcciones aritméticas» (sic) publicadas en el Boletín Oficial de la Junta de Andalucía por la Junta Electoral correspondiente en algunas de las elecciones andaluzas y me diga, después de leerlas y de consultar todas las tablas que le plazcan, cuántos fueron los votos obtenidos por cada partido y por cada provincia. Prometo que no lo saben ni ellos.
Ayer les hablaba de un paradigma que parece emergente en el mundo, menos Venus que Marte, que propone más eficacia que democracia, pero lo cierto es que desde que eso ocurre, o sea, desde que el socialcomunismo es creciente y el globalismo abundante, como ustedes prefieran llamarlo, asoma la gaita en este cotarro, no paramos de darnos de bruces con resultados caóticos en millones de urnas de votación.
Si hoy mismo apareciera un votante registrado con la misma identidad de aquel George Floyd abatido en una refriega policial este año, les aseguro que el sistema diría que se trata de un sencilla errata del algoritmo y que, de todos modos, un sólo voto no anula ni cambia los resultados.
A mí me lo han dicho, les juro, que de todas formas los significativos errores que en ocasiones he detectado no variaban el resultado final del proceso. Pero se hacen los tontos, porque obligan con ello a encontrar uno por uno o en bloque la bolsa de las estafas, el arma y el móvil del crimen, a la suegra y una prima segunda del que le vendió la pistola, a una cuñada del cura que bautizó al niño y el manillar original de la primera bicicleta en la que aprendió a montar el culpable.
En condiciones normales, o sea, en un recuento manual de los votos presenciales, que aparezca un fiambre votando paralizaría el escrutinio hasta aclarar cómo ha llegado a resucitar Lázaro y qué se esconde detrás del apaño, pero en esta mecánica perversa de votos anticipados, de máquinas fantasma que procesan secuencias alfanuméricas y de trailers llenos con sacas de voto por correo que recorren almacenes de noche y callejones estrechos, un nombre errado es basurilla cósmica que se dirime poniendo cuneta en el folio, en lugar de averiguar si arcén se escribe con hache o sin hache.
A la democracia no la vigila nadie, en España tampoco, porque deben creer que la urna está llena de agua bendita que se autodepura con sólo pasarle los dedos del cura por encima. Pero esto, pueden creerlo, no es cierto, porque la democracia es frágil como un cristal de Murano muy fino y necesita de la ventilación asistida de lo que yo denomino «los hombre buenos», esos ciudadanos anónimos que regalan su tiempo a la comunidad sólo por garantizar que su voto figure limpio como una patena en una noble pelea por los derechos conquistados a lo largo de siglos y por la libertad.
Si todo ese esfuerzo de millones de James Stewart a lo largo del tiempo, esta gente lo está convirtiendo en un volquete de números negociados mediante la inteligencia artificial de un mecanismo opaco y feliz en su idiocia, yo prefiero quedarme en mi casa y que voten Iglesias e Irene Montero, o Ábalos y Adriana Lastra, desde la tumbona de su piscina apretando un botón que remodifique las tablas de votos cómo mejor les convenga.
A Trump le han hecho una pirula tremenda y le han atorado el depósito de votos azules con una grosera maniobra que rebosa la credulidad de cualquiera, pero han sido tan burdos, soeces y obscenos que han esperado a ver los resultados reales en los primeros Estados antes de decidirse a sacar los disfraces de Halloween y llevar in extremis las sacas con cientos de miles de votos sospechosos de truco… Y aquí no hay trato.
Busquen a George Floyd en las listas. Lo mismo también ha votado.
He dicho.





