
Juan Ortega torea por chicuellinas en el quite al quinto de la tarde
Sí, es difícil de entender que un encierro resuelto con ovaciones y con el cuarto desorejado pueda considerarse malo, pero estas son las cosas de la Fiesta, en las que, a veces, ni los números reflejan la realidad. Y real fue que los toros de Domingo Hernández no salieron buenos y si sirvieron fue por las condiciones de los tres figurones que tuvieron delante. Especialmente con el capote, donde se vivieron momentos que rozaron la locura. Afortunadamente, no sabremos nunca qué habría pasado si en vez de Morante de la Puebla, Juan Ortega y Pablo Aguado, los toros de la ganadería salmantina hubieran sido lidiados por otras manos.
Y el que lio el taco absoluto fue Don José Antonio Morante Camacho, bautizado en este sitio web como el torero “total y absoluto” y que lo volvió a demostrar en esta sexta del abono. El cuarto toro, Bodeguero de nombre, no hizo nada bonito de salida y cuando los infructuosos intentos de verónicas fueron culminados con una larga, a Morante se le aparecieron las musas taurinas, esas que sólo lo quieren a él. A esa larga, con la derecha, le siguió otra con la izquierda, y otra y otra y otra más hasta perder la cuenta, cambiándose el capote de mano en cada una de ellas, pura inspiración y llevando el delirio a los tendidos. La lidia siguió mal que bien y, claro, si a los capotazos a dos manos no ha respondido, pero a una sí, deberá ir bien en la muleta. Pues no fue tan así. Morante le cambió los terrenos al toro llevándolo a los medios junto a los tendidos pares de sol y allí intentó torear por los dos pitones, pero no pudo ligar una serie completa… ¡Hasta que pudo! Entonces, vencedor, tras una belmontina y el desplante más torero de la Historia, se fue a por la espada. Mató de estocada y le fueron concedidas las dos orejas.
¿Que la segunda de Morante fue excesiva? Ome, sensu estricto sí que lo fue, pero los toros no son matemáticas ni manuales que cumplir a rajatabla. De manera que bien está el premio para alguien que ni siquiera debiera estar en el escalafón, porque un listado es una cosa muy vulgar para tamaño torerazo.
El otro gran suceso de la tarde fue el capote de Juan Ortega. Tanto en el segundo, en el centro del ruedo, como, sobre todo, en el quinto, con irrepetibles verónicas, especialmente por el magnífico pitón izquierdo de ese quinto toro. Templadas, profundas, suaves, lentas lentísimas y con ese saber hacer las cosas del torero de Triana. Al segundo lo llevó al caballo galleando por chicuelinas, aunque tuviera que tirar de otros recursos al final por lo poco que colaboraba. Y al quinto sí le dio varias en un quite que llevó la torería a sus últimos extremos.
Pablo Aguado no tuvo tantas oportunidades como sus compañeros de cartel, porque sus toros fueron dos regalitos. Pero dejó su sello personalísimo en un quite final al quinto y en el recibo al sexto, al que propinó cuatro soberbios lances plenos de naturalidad.
Esto que acabamos de contarle, sufrido lector, es lo más bonito y capotero de una tarde de preferia que tuvo más cosas.
Por ejemplo, Morante pudo cortar una oreja al primero, un toro obediente y de calidad en la embestida pero que fue sometido a una lidia larga y exigente para la escasa fuerza que tenía. El de la Puebla lo llevó bien por la derecha y dos veces que le apretó porque repuso pronto salió con un molinete y el de pecho de forma más que garbosa. Los naturales ya con el estoque de matar fueron magníficos y a pesar de la poca ligazón por las escasas condiciones del toro podría haber visto los pañuelos blancos. Pero pinchó dos veces escuchando un aviso y necesitó tres descabellos.
Otra: Nunca entenderemos por qué si el pitón que se había demostrado como bueno en los capotazos al quinto era el izquierdo y el toro respondía medianamente bien con algo de distancia, Juan Ortega se empeñó en el derecho y en torearlo muy cerca. Cuando decidió cambiar, el flojísimo toro de Concha Hernández estaba ya desfondado y nada pudo hacer.
Pablo Aguado sufrió dos toros con actitud similar, huidizos y con comportamientos irregulares ante la lidia, de forma que nunca podías saber como iban a responder. Aun así, pudo dar varios buenos muletazos al manso tercero, antes de ligar una serie final y ofrecer torerísimos adornos antes de matar. Con el sexto poco pudo hacer, ya que, además de esa conducta imprevisible tenía peligro sordo. ¡Ay, la espada, Pablo! Tres pinchazos y estocada y dos pinchazos y estocada. Pero su saber estar y saber hacer en la lidia fueron premiados con sendas ovaciones.






