Toros en Sevilla: Morante, el torero total y absoluto, llevó a Stendhal a la Maestranza

Manos yéndose a la cabeza, saltos sobre el asiento, cara tapada con los dedos, lágrimas… Sí, oiga, lágrimas, ojos colorados y nerviosos movimientos. ¿Qué pasa? ¿Qué está pasando? Tiene que ser algo muy grande, muy distinto a todo. Irrepetible, que convierte en afortunado al que lo está viviendo, no sólo viendo, no. Vi-vien-do. ¿Será ese trastorno imposible que, dicen, afecta a quien acaba sometido a la belleza o a las emociones y tiene en Florencia a su paradigma? Pues el llamado síndrome de Stendhal se apropió ayer de los tendidos de la Plaza de toros de Sevilla mientras Morante de la Puebla, Don José Antonio Morante Camacho (a sus pies, maestro) hacía historia ante un toro de Juan Pedro Domecq.

Fue mediada la tarea, cuando ya la leyenda de la tauromaquia había hecho crujir los cimientos del Arenal y parecía que poco más quedaba por delante ante un animal ya escaso de fuerza. Morante, dejando evolucionar la faena, empezó a dar naturales uno a uno, uno tras otro, templados, espaciados, de frente y muy cerca de los pitones, cercanía que no busca la fácil complicidad del respetable sino sólo torear, TOREAR, porque era lo que demandaba el juanpedro. Nos encantaría poder decir cuántos fueron los naturales, pero -disculpas- decidimos no contarlos para poder emborracharnos de toreo a gusto.

Tanto expuso el de La Puebla en su entrega torera que fue prendido, acicate para volver, recetar una estocada y adueñarse de la Feria de San Miguel, de Sevilla y de toda la temporada taurina 2021 si es que no lo había hecho ya.

Y no hemos hablado -lo hacemos ahora- de su recibo de capa con tres recortes rodilla en tierra antes de mostrar la verónica universal, del galleo por tijerillas para llevar al toro al caballo, de más verónicas en el quite, de los ayudados rematados con trincherillas del inicio, de cómo resolvió que fuera imposible hacer series ligadas o cómo impidió que el toro se cayera.

Las dos orejas se quedan cortas para lo ocurrido, hecho compensado con una lenta y saboreada vuelta al ruedo que debió ser repetida.

Sí hablamos en nuestras crónicas de esta temporada de algo que repetimos ahora a boca llena: Morante de la Puebla es el torero total y absoluto, gloria de la tauramaquia el siglo XXI y de la tauromaquia eterna. Y somos unos afortunados por haber coincidido en el tiempo con él ¡Y ya está!

Pasaron cosas en el resto de la corrida

Juan Ortega está cada vez más asentado. Su faena al segundo sería digna de estar muy destacada en esta crónica si no hubiera coincidido con tamaño acontecimiento. Series por los dos lados con cambios de mano maravillosos para apurar el mismo pitón y, especialmente, una por la derecha más lenta que lenta. La suavidad y dulzura con que hace las cosas el trianero es algo de otro mundo, tanto que cuando alguna vez pasa la mano por el lomo al toro es más un signo de complicidad.

Acertó con la espada a la segunda y el público, incomprensiblemente, no sacó ni un solo pañuelo, que habría sido lo lógico.

Roca Rey hizo lo que sabe hacer y todo el mundo conoce ya: Mucho valor, muchos pases y ciertas dosis de tremendismo.

Seamos justos, nada fue igual después de lo del cuarto. Cualquier cosa que pudiera pasar corría el riesgo de sobrar, incluso aunque hubiera esas gotas de torería por parte de Juan Ortega. Lo que todo el mundo quería, reventado como estaba tras lo vivido, era volver a a ver a Morante atravesar el ruedo maestrante para dedicarle, de vuelta, una ya tranquila, sosegada y muy agradecida nueva ovación.




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