Morante, de bragueta y artista, puso bocabajo la plaza de toros de Jerez

¿Recuerdan nuestras disquisiciones de ayer sobre el toreo de poder y el toreo de arte? ¿Recuerdan esa frase de Juncal a su hijo? “Tú tienes que ser torero de bragueta y artista (14’20’’)”. Pues bien, el que siempre ha sido las dos cosas, el reconocido artista pero no tan reconocido lidiador dio una señora lección de toreo, de TOREO, en la plaza de toros de Jerez de la Frontera. Hablamos, naturalmente, de Don José Antonio Morante Camacho, natural de La Puebla del Río, provincia de Sevilla.

Recibió a su primer enemigo con nueve verónicas y una media que pusieron la plaza bocabajo. El toro, noble y con clase pero sin motor, colaboró poco en la muleta y, aún así, Morante le arrancó templados naturales uno a uno y ofreció sus habituales detalles con sabor añejo y torero.

El cuarto siempre pareció que se iba a desinflar. Cuando el de La Puebla lo sometió con unos ayudados por alto, pero no. Cuando se inventó una serie con pases cada uno distinto al otro plenos de torería, pero no. Después de unos naturales primorosos o de una serie portentosa por la derecha. Si por el juampedro hubiera sido todo habría acabado antes, pero Morante tenía que seguir con molinetes, abanicos, trincherazos y lo que fuera menester, de manera que fue creando en el animal lo que nadie había visto que tenía. Cuando se perfiló para matar, la plaza de Jerez era un clamor de palmas por bulerías, sólo interrumpidas por las exclamación emocionada que sigue a una estocada que se ve certera.

En el primero tuvo que entrar dos veces para conseguir el trofeo. En su segundo, las dos orejas eran incuestionables, por torería, por lidia y por poder. Por ser el torero total y absoluto. Y por estar ofreciendo una temporada llena de gestos y de compromiso. Con él y con la Fiesta.

El segundo de la tarde fue un buen toro. Pero Manzanares, cosas que pasan, nunca estuvo a gusto con él más allá de las verónicas de recibo. Ni siquiera mató a la primera. Esas cosas raras…

Pero en el quinto, el mejor toro del encierro, con un tranco alegre y bonito, se vio ese Josemari elegante, templado, reposado y que siempre medita lo que tiene que hacer. Incluso para cruzarse tanto como para dibujar tres cuartos de circunferencia y así poder dar una última serie evitando que el toro se fuera a las tablas, que era lo que pedía. Antes, bien con la derecha y soberbios naturales, que el pitón izquierdo era el que mandaba. Ahora sí: Estoconazo de los suyos y dos orejas.

Pablo Aguado es un torerazo. Tal vez no esté siendo esta su temporada, o la temporada que todos esperábamos, pero no debemos olvidar esa realidad cuando al peor lote es capaz de usarlo para ofrecer soberbios lances de recibo o para interpretar las chicuelinas perfectas.

Con esta segunda corrida acaba un gran fin de semana de toros en Jerez de la Frontera, dos corridas que han enseñado el sitio de seis de los siete toreros que encabezan el escalafón.

Y me va a permitir, paciente lector, una licencia, una repetición de una parte de esta crónica: Morante triunfador por torería, por lidia y por poder. Por ser el torero total y absoluto. Y por estar ofreciendo una temporada llena de gestos y de compromiso. Con él y con la Fiesta. ¡Y porque está que se sale, joé ya!




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