La reunión era muy importante, y larga, por eso había que reservar un lugar donde pudieran comer e incluso dar una cabezada. Las cabezadas reponen mucho. Se eligió uno de los restaurantes más grandes de la ciudad. Como la reunión era tan importante porque el tema a tratar lo era, lo reservarían durante todo el día. No es raro que algunas reuniones se enreden y lleguen a ser interminables, unas veces por cuestiones previsibles y otras veces por incidencias inesperadas. No podían arriesgarse a ser interrumpidos por otros comensales ajenos a la importantísima reunión, o a que algún grupo de estos entonara cánticos de conmemoración de alguna vieja vivencia compartida, o a que surgiera, entre los asistentes al margen de la reunión troncal, alguna discusión de fútbol o, mucho peor, de política, o que tuviera lugar alguna ceremonia de liberación de la soltería y, tanto el novio o novia y sus amigos dispuestos a todo, la emprendieran a copas y a risas y a cualquier desnortamiento de la cordura, y el restaurante elegido acabara como el rosario de la aurora en una madrugada de invierno y de frío. «Que no, que no, que se reserve enteramente para nosotros. Señores, vuelvo a decir que esta reunión es muy, muy importante para el asunto de fondo que es, como todos estaremos de acuerdo en ello, absolutamente inaplazable» -dijo uno de los maestros de ceremonia, que dada la trascendencia de los acuerdos que allí iban a tomarse, seguramente, había más de uno y de dos y de tres.
Y así se hizo. Todo el restaurante -tan grande, tan de moda, con una dos tres y cuatro estrellas Filetín– quedó a disposición del nutrido pelotón de asalto de las recias viandas que allí se elaboraban bajo la batuta de palo de uno de los chef más significados del momento en este país donde suceden tantas cosas detrás de las cortinas.
Cuando uno de los maestros de ceremonia concertó con él el saque, quiero decir la carta que serviría a los integrantes de tan distinguida reunión venidos desde los confines de aquí y de allí y de más allá, el chef elegido -que ya había sido alertado con tiempo suficiente- le presentó un menú que ya hubieran querido para ellos los mismísimos dioses del Olimpo. De entre los platos ideados por el chef destacaba, por ser primicia culinaria innovadora, el que había denominado Cabeza de tomates. La aparente falta de correspondencia de número era deliberada. El invento en cuestión no era más que un tomate rosa de gran tamaño dispuesto con el culo hacia abajo sobre el que se insertaban tres tomates más, dos Cherry negros para simular los ojos y un tercero azul, de pera, que colocado de manera horizontal interpretaba la boca. El tomate rosa base presentaba sendas incrustaciones de rollitos de jamón (decía que ibérico de bellota, vaya usted a saber) a ambos lados con la clara intención de que parecieran las orejas. La Cabeza de tomates aparecía regada con una intensa vinagreta de manzanas del norte, perejil salvaje y ajos amarillos de bajo pique. Cuando el maestro de ceremonia probó la ya famosa cabeza delante del chef revolucionario quedó sorprendido, fundamentalmente porque aquello a lo que sabía era a tomate, pero, claro, no era cuestión de poner en un aprieto -en realidad, el aprieto era para él- al famoso chef de moda, elegido por unanimidad -no se sabía de quiénes- para aquella importantísima reunión deliberatoria de la que saldrían acuerdos muy importantes para resolver los problemas de mucha gente, ni más, ni menos que los más necesitados. Antes de despedirse de aquella prueba por la que quedaba contratado el chef y su carta y, como no, su Cabeza de tomates, el maestro de ceremonias encargado le recordó al chef que era absolutamente imprescindible que en todos los servicios del restaurante debía de haber papel higiénico perfumado. El chef hizo una paradinha gestual y dijo: “Bueno, yo me encargo de lo que entra, no de lo que sale, pero no se preocupe que ya daré instrucciones al respecto para que se lo encarguen a quien corresponda”.
Fueron llegando de aquí y de allí y de más allá. Cada cual se sentó donde protocolo había dispuesto. Una, dos y tres y a comer. Ya se oía el ruido de sables cuando alguien importante, se supone, subió a una tribuna con micro y habló: “Bienvenidos a todos. Comprendo que es la hora que es y que aún estáis sin comer, pero en unos momentos os vais a hinchar -Risa coral. Todos somos conscientes de la importancia de esta reunión y de los acuerdos a los que tenemos que llegar para solucionar problemas inaplazables. Es natural que tomemos fuerzas para agudizar el ingenio y potenciar todas las virtudes que nos tienen que alumbrar hoy para conseguir un acuerdo rotundo, justo, necesario, y ejemplo de los que vendrán después. Por supuesto, no los animo al exceso sino al ánimo excelso que nos ha de conducir. Buen provecho. Buen consenso”. La mayoría aplaudió, los que no lo hicieron fue porque no podían dado que tenían ya las manos ocupadas.
Había expectación -la novedad corre siempre como la pólvora encendida- sobre la Cabeza de tomates. Empezaron a salir cabezas y más cabezas de tomates hasta que todo el mundo tuvo la suya. Hubo caras para todos los gustos, pero hay una ley no escrita que dice que las novedades presentadas por gente importante hay que aplaudirlas. Y eso fue lo que ocurrió, hasta que el chef inventor tuvo que hacer acto de presencia y mostrar su agradecimiento a la concurrencia. En un corrillo de dos, uno dijo en voz baja: “Esta Cabeza de tomates se la tiraba yo a la cabeza de melón del tío ese”. Risas a dúo.
Además de las Cabeza de tomates corrieron por las mesas todo tipo de entrantes, mediantes y salientes, casi todos en su expresión resumida, pero en variedad y cantidad apoteósica. Comensales que repetían, comensales que volvían a repetir, comensales que dejaban a un lado lo pedido, comensales que brindaban y volvían a brindar, comensales que se levantaban de su sitio para ir al asiento de otros, comensales hablando en voz alta, comensales gritando, comensales que se arrancaron por peteneras y se dieron una revolaina de la cintura con otros comensales. Era evidente que la reunión estaba siendo un éxito: la convocatoria, la asistencia, el lugar, el chef, el menú y, sobre todo, el ánimo de los participantes, tan positivos, tan dispuestos a tomar las decisiones que hubiera que tomar.
En plena celebración, cuando los sables dejaron de sonar y comenzó el ruido de los vidrios, en otro corrillo de dos, uno dijo: “Por cierto, ¿de qué es esta vez la reunión?”. “Creo que para aprobar ayudas a no sé qué?” -dijo el otro. “Perfecto, ayudar siempre es bueno” -cerró el primero.
El buen ambiente alargó el desorden que se había apoderado de las tres salas del restaurante. Por parte de varios maestros de ceremonia hubo llamadas al orden y a que cada cual ocupara su asiento, pero las interactuaciones personales eran tantas y tan sentidas y tan disfrutadas que no hubo manera de que los comensales pasaran de parlantes a escuchantes, deliberantes y votantes.
Con el himno internacional de no sé qué puesto a todo volumen se pudo barajar un poco la situación y la atención de los comensales se dirigió a la intervención del maestro jefe de ceremonias, que dijo: “Al menos lo hemos intentado. Sirva este encuentro para la obligada toma de contacto entre nosotros y como inicio de una senda de trabajo serio y fructífero. Me encargaré personalmente de que la próxima reunión cuente con una noche de por medio, dado que el tiempo contratado no ha sido suficiente para culminar el fin propuesto. Agradezco vuestra presencia y os animo a que perseveréis en vuestro trabajo comprometido y responsable. Feliz viaje de vuelta”. La intervención fue contestada con una ovación cerrada y prolongada.
Así terminó la Conferencia Internacional sobre la Desnutrición Endémica Global del Tercer Mundo. Las despedidas siguieron hasta la noche y durante toda la noche. Al día siguiente, cada cual, en el estado tal, se fue para aquí y allí y más allá en sus respectivos medios de transporte de gañote como corresponde a un evento de la importancia de este.





