A comienzos del siglo XX, desde antes de la Primera Guerra Mundial, Alemania vivió un fuerte movimiento de lo que hoy llamaríamos ecologismo y que entonces era llamado «naturismo». Una poderosa atracción, sobre todo entre los jóvenes, hacia la vida al aire libre y la naturaleza virgen que llegó a revestir el aspecto de una religión panteísta: la naturaleza era Dios y las leyes de Dios eran las leyes naturales.
Martín Heidegger, el filósofo más importante de Europa en la primera mitad del siglo XX, no fue insensible a esa inclinación colectiva naturista. Católico en su juventud, apostató públicamente del cristianismo para introducir en su compleja especulación sobre «el Ser en sí» la veneración de «lo natural». De una coherencia absoluta en el pensar, en 1933 se afilió al Partido Nacional-socialista y en 1934 fue el primer rector nazi de la Universidad de Friburgo.
Los nazis eran ecologistas radicales “avant la letre» y de la misma coherencia que Heidegger: la única ley que rige la vida es la del más fuerte; el león se come al cervatillo y en la lucha por la existencia el hombre poderoso tiene el derecho de dominar, y en su caso suprimir, a los seres humanos más débiles. Si la naturaleza es Dios los nazis tenían razón y Heidegger lo confirmaba.
En la Europa descristianizada de hoy, vuelve con fuerza la religión calcolítica de la Madre Tierra que castiga a los humanos con la pandemia por haberse creído superiores a un elefante o a las hormigas cuando los hombres únicamente son parásitos del globo terráqueo. Poco antes de morir asesinado por Stalin, León Trotski dejó escrito refiriéndose a su época: «Sólo los cuáqueros y el Papa creen ya en la dignidad del hombre».





