No pasa día sin que en España algún medio informativo deje de hacer el elogio de la igualdad, siempre presentada como virtud suprema de la convivencia en la polis y hermana inseparable de la libertad. Por desgracia, esta imagen de un binomio feliz de libertad e igualdad, enseñada a los niños desde el parvulario, tiene poco que ver con la realidad histórica.
De entrada, son dos virtudes sociales contradictorias y de muy distintos cimientos: la libertad es un bien en sí mismo; la igualdad por el contrario, y a falta de dioses preceptores, es un constructo que no responde a la naturaleza de las cosas. Isaíah Berlin lo dejó claro hace años: a mayor libertad, menor igualdad; a mayor igualdad, menos libertad. Hay por fuerza que elegir.
No se trata de elegir entre un sistema de libertad absoluta, donde el pez grande se come al chico, y otro sistema en el que todos los hombres sean iguales a la fuerza. En la práctica, salvo que aceptemos como punto de partida la injusticia o el despotismo, se trata de una cuestión de acento. Poner el acento en la libertad a costa de una cierta desigualdad; o bien poner el acento en la igualdad (todos iguales, al margen de distinta inteligencia, laboriosidad, sentido común, seriedad…) recortando libertades. No es cuestión de izquierdas y derechas; el gobernante virtuoso y eficaz deberá poner el acento en uno u otro lugar según la coyuntura. Un poco de más libertad a costa de una menor igualdad, un poco de más igualdad a costa de menores libertades, según las circunstancias: nada de ideologías predeterminadas que llevan sin remedio al sectarismo.
No obstante la Historia enseña, sin excepciones, que la igualdad completa no sólo hace desaparecer del todo a la libertad, sino también a la misma igualdad: rebaño dirigido por una casta privilegiada.





