A la Europa débil y despreciada la han vuelto a insultar dos veces hace sólo una semana. Primero fue el turco Erdogán humillando a la presidenta de la Comisión. Luego, la misma Angela Merkel, harta de la burocracia de la UE y su incompetencia en la distribución de las vacunas, abriendo la puerta a Rusia a pesar de los castigos (por llamarlo de alguna manera) de la Unión Europea contra Putin. Dos graves muestras de debilidad ante los ojos del mundo.
Cuando un pueblo toma conciencia de sí mismo y se organiza como Estado, o cuando las naciones nacen, son necesarios mitos fundantes coincidan o no con la realidad histórica. Ortega decía que una nación es «un proyecto sugestivo de vida en común»; pero si no hay mito de partida no hay sugestión movilizadora posible. Europa ya hace mucho que se negó a reconocer sus mitos fundadores (en este caso coincidentes del todo con la Historia). Incapaz de aceptar que el cristianismo no es sólo una fe, sino también una cultura milenaria, borró esa cultura civilizatoria de su Constitución. No percibió, por mero sectarismo, que sin previo pensamiento cultural cristiano ni habría existido la Ilustración ni el Renacimiento ni Erasmo ni Carlomagno…
Los que pertenecemos a la misma generación (niños de la guerra y la posguerra), religiosos o agnósticos, hemos amado mucho a Europa. A una Europa fuerte, eso sí, quizás extendida como proponía de Gaulle desde Tarifa hasta los Urales; con un ejército disuasivo y poderoso (sin potencia militar nunca se ha pintado nada en el mundo); un gobierno auténtico, un Parlamento con poder legislativo pleno, unos presupuestos únicos de carácter federal… Creo que somos muchos los que aún nos negamos a dejar de soñar en ese proyecto sugestivo común.





