Hace muchos años La 2 fue una excelente televisión cultural, va de suyo que minoritaría. Fue así hasta que Zapatero entregó la Radio Televisión Española a un sindicato de progres sectarios e ignorantes que han llevado a RTVE hasta su postración actual. Hoy La 2 tiene una cuota de pantalla del dos por ciento y carece de todo interés.
Pero el dos por ciento de un conjunto socio-político puede significar un peso decisivo: el dos por ciento de un millón de habitantes de la provincia de Sevilla suma 20.000, con el matiz de que en esos 20.000 no hay niños ni adolescentes ni analfabetos funcionales como sí los hay en el millón del conjunto.
Pero yo no hablo aquí de televisión, sino de revolución: revolución cultural entendida como rearme moral. Cosa por cierto que no tiene que ver de necesidad con cuestiones religiosas, aunque sí con la dignidad personal y colectiva.
Todas las grandes revoluciones, todas, ya sean de izquierdas o de derechas, fueron obra de minorías; desde la revolución de Cromwell a mediados del siglo XVII a la de los ayatola en el Irán contemporáneo.
En una población como la española de cuarenta millones el dos por ciento supondría 800.000 revolucionarios, una enorme minoría que asegura el éxito de cualquier movimiento de protesta. De esta manera, si ese dos por ciento ilustrado de España, su élite, se cohesionara en torno a una idea fuerte su revolución cultural sería imparable: la liberación de la tiranía de un pensamiento único y obligatorio.





