Creo, después de mucho pensar y comparar, haber encontrado al fin la única diferencia real que en las democracias de los países desarrollados separa la izquierda de la derecha en el siglo XXI (Atención, no en siglos anteriores). Acepto como evidentes los distingos entre discursos y proyectos proclamados de ambos constructos, pero aquí de lo que hablo es del fondo profundo que sostiene y explica esos discursos, proyectos, programas y cosmovisiones diferentes.
Para precisar: el hombre de derechas tendrá sentido común y madurez; una personalidad adulta. Por contra, el hombre que se considera a sí mismo de izquierdas no ha madurado, un eterno adolescente con la visión del mundo propia de la emotividad juvenil: «Seremos la tumba del fascismo» (un fascismo que desapareció de Europa sin dejar rastro hace más de 70 años); el valiente guerrillero de Sierra Maestra; «No pasarán»; la estética de las masas en la calle puño en alto; la fe en la Media Memoria Histórica en lugar de la verdad del pasado; inmediata censura de prensa (cierre de todas las televisiones privadas menos «La Sexta»); «Ellos, ellas, elles» Adolescentes, por más que en ocasiones esta figura ignorante de la realidad histórica, social y política sea al mismo tiempo catedrático de Filosofía o un exquisito artista.
Si la tesis que defiendo aquí es acertada Pablo Iglesias y Podemos serían en España el arquetipo de la única izquierda viva. Los otros, autoproclamados de esa manera, sólo representan daños colaterales; así, el Sanchismo (mero aparato al servicio de una ambición personal), los reaccionarios nacionalistas periféricos o la supina ignorancia del periodismo progre.
La lengua francesa revela el fondo de la cuestión: izquierda se dice «gauche», que también significa «torpe»; «gauchir» es «deformar», o sea, cambiar para peor y «gaucherie» no es sino un cúmulo de insensateces. El francés, siempre tan preciso.





