A comienzos de los años 70 del pasado siglo, cuando yo era un joven profesor de universidad medio marxista medio anarquista, hacía el elogio ante mis alumnos de la democracia directa. Si democracia es la soberanía del pueblo expresada por boca de la mayoría, el derecho al voto en la toma de decisiones no puede sino corresponder a todos y cada uno de de los ciudadanos. Así pensaba yo por entonces.
Por supuesto, añadía aclaraciones y matizaba: ante la imposibilidad de reunir a millones de personas para discutir y votar las leyes no quedaba otro remedio que recurrir a la imperfecta democracia indirecta, representativa y parlamentaria. Lástima. Si se inventara algún día una máquina que permitiese al ciudadano votar desde su casa cada ley apretando un botón, habríamos alcanzado la auténtica soberanía popular. Una virtuosa, utópica y seráfica democracia liberada del poder de los partidos.
Hoy, esa máquina existe; la revolución digital y los ordenadores domésticos han hecho posible el voto directo y la directa soberanía del pueblo. Los gobernantes del mundo rezan ahora para que el pueblo todopoderoso no se aperciba de lo que tiene entre las manos. Difícil, pues ¿cómo negar en nombre de la democracia a esas muchedumbres reclamantes su derecho? ¿Mas cómo aceptarlo? El resultado obvio de tal aceptación sería por fuerza un horrendo y caótico anarquismo totalitario. Una genuina nueva normalidad. No tengo ninguna duda de que estamos frente a un problema capital a resolver (si es posible resolverlo) de la democracia de masas del siglo XXI.





