Puesto que vivimos en un país deficiente de comprensión lectora me obligo- para no ser acusado de cosas que nunca he dicho- a precisar y definir conceptos que están en boca de todos.
Entiendo por «populistas» aquellos líderes carismáticos que, carentes de ideas, recurren a la demagogia para una movilización continua de las masas que les permita la conquista del poder y su permanencia indefinida. Nada que ver con aquello que, pretendiendo insultar, se califica de «ultra». Un disparate, pues lo que caracteriza la cosmovisión ultra es, por el contrario, una superabundancia de ideas fuertes, desmedidas en ocasiones, pero que están ahí bien visibles. En cuanto a la supuesta dicotomía derecha-izquierda, llegados al siglo XXI nada que decir: la democracia de los países desarrollados no distingue en la práctica política una gobernanza de derecha de una gobernanza de la izquierda.
Es la falta de precisión conceptual en el discurso político y mediático (a destacar el vocabulario simplificado e ignaro de la TV) lo que convierte en vacuos fantasmas términos nada dudosos en siglos anteriores. La pasada semana escuchamos a Podemos (¿Partido de izquierdas, o partido de ultraizquierda o de comunismo arqueológico?) acusar de conservador y derechista a Pedro Sánchez por enviar cuatro tanques contra Rusia y, a la vez, definir a Putin como «dictador de derechas». ¿Se entiende? El silencio absoluto de nuestros opinadores sobre la señora Giorgia Meloni, presentada al día siguiente de su victoria electoral como «ultraderecha postfascista», revela la incoherente terminología de esos mismos opinadores: al no poder criticarla (está haciendo las cosas bien) ni elogiarla (prohibido por la censura de la corrección política), se quedan mudos, fundidas las neuronas por el cortocircuito de los hechos.





