Siendo yo alumno de la Universidad de Granada, nuestro profesor de Filosofía en la única clase que impartió durante el curso (así eran entonces la universidades españolas) definió la «casualidad» como el cruce de dos líneas rectas procedentes del infinito. Toda mi vida he considerado un acierto aquella definición.
O sea, el encuentro casual entre mi padre y mi madre, gracias al cual estoy aquí, forzosamente se puso en marcha desde al menos el Big Bang. Ahora, cuando el tiempo se me acaba, pienso que aquel profesor de un único día estaba muy equivocado.
No es posible semejante casualidad. Más aún, estoy por decir que es imposible cualquier casualidad; porque antes del encuentro casual, pero con resultado coherente, un número infinito de cruces incoherentes con otras líneas habría tenido lugar. Desorden absoluto.
Aceptemos metodológicamente la absurda contradicción de que el infinito «comienza» con el Big Bang (si hablamos del infinito «real» no hay cuestión, pues no hay comienzo ni ninguna línea puede cruzarse con otra, ninguna línea puede llegar a ningún punto); de ser así, las infinitas líneas salidas de la explosión primigenia se cruzarán entre ellas un número infinito de veces originando a su vez un número infinito de trazos, cosa que si hablamos de «infinitos» es imposible por definición. El supuesto encuentro entre mi padre y mi madre en esa realidad caótica no habría tenido nunca lugar y ni yo ni nadie estaríamos aquí. Pero resulta que sí estamos aquí. Entonces…
Dice el primer versículo del Génesis: «Antes de que hubiese nada el Espíritu de Dios flotaba sobre el caos».





