Hoy he vuelto a tu cuerpo y, cada vez que lo hago, lo encuentro muy diferente a la vez anterior. Antes, ese cambio era lento, casi imperceptible. Ahora, incluso en pocos días, has perdido alguno de tus rasgos.
Miro tus zapatos y absorta compruebo que has transformado el desigual adoquinado por un firme hidráulico que no se ajusta a tus pies. Recorrer tus piernas es obligarse a buscar en la historia la imagen que de ellas ha desaparecido. Intentar asirte por la cintura es descubrir que el traje de sillares, ladrillo visto o albero ha sido sustituido por acero y cristal. Pasear por tu torso es tener que admitir que el barroco de tus curvas, el renacimiento de tu piel o el estilo regionalista de tus poros han sufrido la metamorfosis de la modernidad y se han convertido en líneas rectas, de colores apagados y banales sensaciones. Acariciar tu boca es manifestar que el sabor de las torrijas, la pringá o las croquetas ha mutado en hidrógeno líquido, espumas, esferificaciones y bajas temperaturas. Acariciar tu nariz es constatar que el olor a azahar, a frescura de romero o a clavel van desapareciendo para dejar paso a los aromas de la comida rápida.
Y es que, para poder reconocerte, sólo queda asomarme a tus alturas, esas donde aún no ha llegado el voraz amante que te me está arrebatando.
Esas majestuosas alturas donde gárgolas monstruosas o de elementos antropomórficos de la Magna Hispalense ven pasar los siglos; gárgolas como las del Hospital de las Cinco Llagas de variados rostros, entre las que destaca una con la cara de una lechuza que vigila en el horizonte un arco centenario; o las del convento de Santa Paula en el patio interior del cenobio; o las de la capillita de Santa María de Jesús que pasan desapercibidas junto con la pequeña edificación a la que pertenecen en la Puerta de Jerez.
Mayestáticas alturas donde las esculturas de doce ilustres sevillanos, de la mano del inconmensurable Antonio Susillo, otean las orillas del río grande.
Imponentes alturas como la de la Turris Fortíssima rematada por el giraldillo, el eterno vigía que ha resistido al paso del tiempo.
No quiero agachar la cabeza porque quiero seguir soñando. No quiero que mis ojos se desorienten entre hoteles, gastrobares y pisos turísticos. No quiero ver cómo un paso barroco se pierde en el entorno de una modernidad devoradora.
Quiero sentirte de nuevo paseando un amanecer por el Postigo y creer volver a oler los calentitos de Juana; quiero llegar hasta el puente donde todo empieza, donde todo acaba y cruzar a la otra orilla deleitándome con el juego de los rayos del sol en el movimiento del agua; quiero oír el rasgueo de una guitarra refugiada en casa Cuesta; quiero percibir la cadencia de vientos milenarios en tus recónditas esquinas; quiero ser partícipe del juego de los vencejos en tus cárdenos atardeceres; quiero dormirme en los brazos de tu parque cuando se marche el día y despertarme en el Alcázar al grito de un pavo real que despliega su abanico de plumas mientras a lo lejos se oye la cascada de la fuente de la Fama.
En suma, quiero regresar a tu cuerpo y que tú seas la misma. Quiero que recuperes tu esencia, esa que lleva tiempo arrebatándote, por un lado, el progresismo de dirigentes cuya cultura no va más allá de las siglas de un partido, por otro, las ansias de poder de algunos hermanos mayores cuyo fin ya no es la evangelización sino aparentar, destacar y llegar al poder en el Consejo para, en su ignorancia, creer que son alguien, y finalmente el pueblo, cuya fe no existe y han vendido la tradición por mucho menos de treinta monedas en post de destruir lo que llaman ser “rancios”.
Todos contribuyen a estar destruyendo todo atisbo del pasado en aras de una falaz modernidad que rubrica que, el que nada recuerda, nada es.
Devuélveme con tu susurro a tu memoria, limpia de mis mejillas las lágrimas que se deslizan lentamente provocadas por la impotencia de unos ojos que te buscan, pero que ya casi no te encuentran, y acógeme en tu regazo mientras me haces sentir que estoy de nuevo en lo que fuiste… aunque solo sea para hacerme creer que estoy soñando una vez más, Sevilla, susúrrame al oído…





