Este año la cosa está tan mala que quiero que me traigan la obra completa que sacó Gonzalo García Pelayo en la Serie Gong de Movieplay a finales de los años 70, con la discografía de Inti Illimani, Quilapayún, Víctor Jara, Paco Ibáñez, Mercedes Sosa, Carlos Puebla, Olga Manzano…
Aprovecharé que Papá Noel va de rojo surcando los cielos y que yo necesito una inmersión urgente que me reeduque en las consignas del errejonismo y del Marquesado de Galapagar.
Había pensando pedir también un disfraz de Soros, pero el próximo Halloween cae aún muy lejos y no me merece la pena tenerlo guardado en un baúl hasta noviembre para meter miedo, así que me conformaré con ponerle música ambiental a los confinamientos y cierres perimetrales que aún nos aguardan.
Supongo que este año en la oficina de pedidos se habrá notado mucha diferencia y que habrá decaído el interés por los iPhone, las tarjetas de memoria y todos esos adminículos que fabrica el chino-turbo-capitalismo. A cambio, me imagino que habrán subido las solicitudes para que nos traigan fajos de billetes fabricados por el hermano del ministro de Consumo, que en última instancia puedan servir para jugar al Monopoly.
Dice Irene Montero que el color de la piel no es un dato objetivo que permita aproximar la identificación de alguien (supongo que la nacionalidad tampoco), de modo que a partir de ahora lo mejor será que en la ficha policial figure un espacio para que lo rellene el propio interesado donde se lea: «Descríbase Ud mismo…», en cuyo caso nos encontraremos a un subsahariano que se ha descrito «rubio como la cerveza, con dos piernas que me llegan hasta el suelo y aficionado al golf». Puede que acaben deteniendo a Robert Redford.
También me gustaría saber si puedo pedir una vacuna, pero no contra el covid, sino una que nos libre de la idiotez reinante y del permanente embuste del Gobierno. Ya sé que pedir que Papá Noel se lleve a Sánchez de vacaciones largas a su reino de hielo y auroras boreales le parecerá demasiado, pero bastará con que le diga que es de gañote y que podrá llevarse el Falcon y a sus amigotes de la infancia a disfrutar del merecido asueto que le corresponde.
Quizá podamos prometerle que cuando vuelva le tendremos reservada las piscinas del Lago Martiánez en el Puerto de la Cruz con todos los gastos pagados para que se tire de bomba con el meyba tantas veces como le apetezca. A ver si cuela…
No sé qué pensará Papá Noel, pero esta gente que nos desgobierna ha decidido celebrar este año la «Fiesta de los afectos» y no la Navidad de Jesús ni la redención de la oscuridad del invierno, y lo ha hecho regalándonos a todos una Ley de Eutanasia para que el que lo desee se suicide a gusto y lo cubran con las tinieblas de la muerte.
Los enfermos de ELA y de otras enfermedades degenerativas que conozco no han aplaudido mucho, la verdad, porque lo que hubieran deseado es una ley que les garantice que cuando la enfermedad les acobarde dispondrán de los servicios paliativos y cuidados necesarios para ser atendidos con mimo por los suyos.
El otro día una muchacha dijo por la radio que estaba muy contenta con dicha ley porque una familia amiga lo había pasado mal con un pariente aquejado de un cáncer terminal que estuvo diez días sufriendo horrores por falta de cuidados paliativos. En lugar de proponer que mejoren dichos servicios, la susodicha piensa que en menos de diez días se podrá pasaportar a alguien con la dicha norma. Si yo fuera su padre estaría francamente acojonado.
Dan miedo, mucho miedo, porque esta gente ha perdido el pudor, la moral y la vergüenza, conceptos obsoletos que ellos relacionan sin ningún género de dudas con extravagancias de la religión o de los curas y lo que desean no es la muerte digna de sus allegados, sino librarse a sí mismos de la molestia y la amargura.
Se ve que el egotismo y la onfalolatría de cierta gente ya no tiene tratamiento posible y estamos condenados y a merced de la caprichosería y la inconsecuencia de estos rabadanes a los que conducen como a un rebaño los mayorales y señoritos de la progresía y se escandalizan cuando les mencionas el asunto.
Hablan de «libertad para decidir» cuando el paciente carece de las condiciones mínimas para ejercerla, lo que equivale a considerar que los millones de personas que poblaron los gulags y los campos de concentración nazis eran individuos libres pese a las alambradas y las ametralladoras en las torretas.
En Holanda, que cuenta con una Ley de este tipo desde 2002, los fallecidos se han multiplicado exponencialmente desde entonces y en 2020 han alcanzado un nuevo record y constituyen el 4% de los fallecimientos. Sólo seis países de 194, y unos cuantos Estados norteamericanos, tienen regulada semejante manera de morir, pero esto no les dice nada a los dicharacheros aplaudidores que no ven a un ser humano si no es contando chistes y riendo que les alegre la jornada.
Sufrir es cosa de paletos o de fachas, piensan.
He dicho.





