Diversos y hasta sorprendentes han sido los legados que nos deja un papado tan singular como el de Francisco. Aunque uno de los más positivos para la siempre necesaria formación de los laicos católicos, ha sido la de obligarnos a profundizar en una mejor comprensión del dogma de la infalibilidad papal.
Sabemos que en cumplimiento de la promesa de Jesús a Pedro, el Papa es el depositario de «las llaves» de la Iglesia, y por esta especial asistencia divina no puede equivocarse cuando habla ex cathedra en cuestiones de fe y de moral. Infalibilidad que obviamente no se extiende a toda declaración y manifestación sobre cualquier asunto, incluyendo también aquellas que pueden afectar a la fe y a la moral, pero sin las condiciones requeridas para que tenga lugar dicha infalibilidad.
Asuntos en que las opiniones papales pueden ser fruto de las subjetivas experiencias y circunstancias personales, sociales y culturales de cada Papa, o de los consejos más o menos atinados de quienes le asesoran; por lo que, para valorarlas, habrá que atender a los datos y argumentos que se utilizan, así como al Magisterio de la Iglesia, pero sin tener que aceptarlos a priori por el solo hecho de proceder del Papa.
Esta fundamental matización del dogma, adquiere especial relevancia cuando nos encontramos ante un Papa tan locuaz como ha sido Francisco, dispuesto a opinar siempre sobre todo lo divino y humano, más allá de la prudencia que ha caracterizado a otros Papas, sabedores de la gran trascendencia que podían alcanzar sus opiniones personales en el pueblo católico.






2 Comments
El legado del Papa Francisco ha expuesto dudas, entre otras, acerca de la «Infalibilidad»: su vocación por racionalizaciones científicas de sociología, antropología, economía, psicología e incipientemente de filosofía, ha dejado cierta insatisfacción en los legítimos fieles católicos que esperaron «Teología Cristiana». Jesucristo declamó: «Mi reino no es de este mundo». Como bien concluye Miguel Ángel Loma, el Papa (Jorge Bergoglio) trascenderá por la «locuaz matización» del dogma», quizás más allá de la prudencia evangélica. Felicito las observaciones y saludo al autor.
Claudio, gracias por sus comentario.
Un saludo.