Finalizado y aún calentito el Mundial de fútbol de Qatar, cabe comentar algunas cosillas…
En lo que respecta exclusivamente al fútbol, los españoles deberíamos exigir que se reformen las obsoletas reglas del juego, y que por encima del manido cómputo de goles introducidos en la portería contraria, prevalezca la mucho más divertida valoración de la posesión infructuosa del balón y los arriesgadísimos pases hacia la portería propia.
Asimismo hay que reconocer la integridad incorruptible que caracteriza a los altísimos directivos y autoridades internacionales del fútbol, cuyo purísimo espíritu deportivo fue capaz de sobreponerse a las cicateras voces que alertaban sobre lo inapropiado del mes y país elegido para su celebración, alegando excusas tan espurias como las graves carencias en el respeto a los derechos humanos en un país islámico. Pero esto en realidad no pareció importarle a casi nadie, si exceptuamos al influyente colectivo LGTBQI, capaz de eclipsar cualquier otra vulneración de derechos por muy grave que sea. Curiosamente, mientras que la inferior situación jurídica de la mujer o el alto número de víctimas mortales causadas por las durísimas condiciones laborales de los trabajadores inmigrantes en la construcción de las instalaciones, no generaron ningún signo especial de denuncia, lo único que nos recordaban a todas horas en casi todos los medios eran las peripecias de algunos equipos con el brazalete arcoíris, y que en Qatar no estuviera legalizado el matrimonio entre personas del mismo sexo (un tipo de unión que ni siquiera en Europa está reconocida como de obligada aceptación para los Estados).
Sorprendentemente, la alarmante noticia que saltaba en los últimos días del Mundial, sobre un futbolista profesional que se enfrentaba en Irán a una posible ejecución, por haber participado en las protestas a favor de los derechos de las mujeres, no produjo ningún comunicado ni gesto de protesta ni brazalete de color alguno. Y es que al parecer, se trata de un futbolista heterosexual. El fúrgol es asín.





