Comparecer ante un tribunal en una vista oral y especialmente en materia penal, aunque solo fuere como testigo de quien asiste para decir una verdad que pueda perjudicarle, es una experiencia que a la inmensa mayoría de las personas no le provoca precisamente indiferencia, sino cierto nerviosismo, incomodidad y hasta temor que suele manifestarse en el tono de voz e incluso en una tendencia a la rigidez física, debido a diferentes circunstancias del lugar y ambiente, que imponen un respeto reverencial.
Por eso, resulta llamativo comprobar, por las imágenes y grabaciones que trascienden de algunos intervinientes en los procesos que se están ventilando respecto a la corrupción que afecta directa o indirectamente al Gobierno de Pedro Sánchez, el desahogo y desparpajo con que estos se desenvuelven ante los tribunales.
Una laxitud que sólo se explicaría si estuvieran acostumbrados a pisar moqueta judicial, ya fuera por ejercer profesiones habituadas a ello o bien por frecuentarlas como delincuentes. Como no consta que estemos ante unos ni otros (que se sepa), sólo cabría explicar esa soltura por tratarse de personas imperturbables o por considerarse por encima del bien y del mal o incluso por mera inconsciencia sobre la trascendencia de comparecer ante un tribunal.
En cualquiera de estos casos, no estaríamos ante individuos con reacciones normales en esas circunstancias. Chocante.






2 Comments
Es la postura de despreocupación de todo contracultural que por ideología desprecia la recta organización social. Resulta evidencia de «amoralidad personal reactiva» (¿se me fue la mano con la interpretación psicologista?) Por hoy es suficiente.
Felicito y saludo la opinión de Miguel Àngel Loma.
Gracias, Claudio. Saludos.