La salud en España -y también en otros países- ha quedado reducida al ámbito de quienes se contagian del coronavirus. Todo el que queda por fuera, o puede o debe esperar, o se puede morir.
Es absolutamente comprensible la primacía de la pandemia para haber requerido la atención de los ejemplares sanitarios españoles, a los que nadie en su sano juicio discutiría como héroes que se han jugado -y hasta entregado en casos con nombres y apellidos- sus propias vidas. No había ni sitio en los hospitales, extendidos a la medicalización de edificios de otra naturaleza. Ifema ha sido la más notable muestra. Pero reconquistado el espacio sanitario a una admirable normalidad, el menoscabo de la salud abarca mucho más que la pérdida de la misma sufrida por miles de personas en la pandemia. Por supuesto sin olvidar a quienes no podrán contarse entre los supervivientes.
Las líneas divisorias para evaluar y escoger lo que ahora mismo es más importante, casi necesitarían de un microscopio para averiguar con claridad su trazo. De ahí la dura confrontación que se ha producido entre lo sanitario y lo económico. Pero no puede perderse de vista que lo económico repercute en lo sanitario. Esto es más viejo que andar palante. Los disgustos se somatizan, lo sabe cualquiera. Hay gente que se ha muerto de pena. Los médicos podrían decir que no hay relaciones clínicas de causalidad, pero ¿quién no ha conocido casos de ruinas económicas que han terminado en un cáncer?
Tener cerrado un negocio a cal y canto, no poderlo abrir porque te obligue el Gobierno a la posibilidad de hacerlo de manera equivalente a que no hubieras tenido éxito en circunstancias normales (decretos para que haya cuatro gatos, la fórmula más decisiva del fracaso), que no te entrara suficiente clientela, que los veladores estuvieran vacíos, que vendieras poco y nada compensable con lo que cuesta cada día levantar el telón (alquiler, luz, agua, proveedores, empleados, IBI, impuestos en general, etc.), todo eso es un camino adecuado y previsto potencialmente para acabar enfermo: estrés, angustia, insomnio, depresión, taquicardias, infarto, por decir algo siendo mucho. Padres y madres sin ingresos al límite de la desesperación o incuso ya desesperados, porque uno puede que pueda con su propia hambre, pero ya el hambre de los hijos…
Si como suele decirse la salud es lo primero, entonces sale la ecuación de que la crisis sanitaria causada por una pandemia debe equilibrarse en peso con la otra parte de la balanza donde está en la economía, porque allí también está colocada una carga bien importante de la salud de todos.





