El desfile procesional por el corazón de Sevilla fue seguido por decenas de miles de personas, en perfecta armonía pese a circular en un centro abarrotado. Historia, emoción y orgullo español se dieron la mano en un marco incomparable. Incluimos galería de imágenes de Gerardo Lucio de la Iglesia.
El Tercio de Olivares cometía su V celebración de la festividad de la inmaculada recreando el Milagro de Empel del cuadro icónico de Augusto Ferrer-Dalmau. La comitiva de recreación histórica y su ofrenda a la Virgen, no solo ha arraigado como una gran tradición de la ciudad, sino que cada año vuelve a convertirse en un acto popular, emocional y multitudinario de exaltación de la Historia de España y de los Tercios españoles.
Una vez formados, a la orden del Capitán y del Maestre de Campo, comenzaba el desfile del Tercio de Olivares en la céntrica Plaza del Pan.
El grupo de soldados uniformados, con espadas y picas, morriones, sombreros e indumentarias de época, acompañados de un puñado de “soldaderas”, que incluían a grandes damas de la nobleza, perfectamente ataviadas para la ocasión, despertaban una gran expectación entre los congregados en la plaza.
También emocionaba la figura de un religioso que los acompañaba que portaba la hermosa tabla pintada con una imagen de la Virgen de la Inmaculada recreando la historia del Milagro de Empel que iba siendo difundida no solo visualmente, sino a través de pasquines y de improvisados guías, espontáneos “historiadores” que lo relataban al público.
Decenas de millares de personas se fueron uniendo a la iniciativa y acompañaron al Tercio de Olivares durante todo el recorrido por las hermosas calles, estrechas y tortuosas del centro de Sevilla con el rítmico sonido de los tambores de fondo y unos pínfanos que construían una banda sonora de gran emotividad.
En las paradas por las plazas que iban atravesando, se iba recordando la gesta heroica y a aquellos ejércitos españoles de Flandes que estuvieron a punto de perecer y que se salvarían gracias a la intervención de la Virgen y que en muestra de agradecimiento, la harían patrona de los Tercios, de la Infantería y de la mismísima España. Las 500 octavillas con el cuadro de «El Milagro de Empel» y el resumen explicativo, volaban entre las manos de los que pudieron hacerse con ellas.
Una escasa fuerza de seguridad les acompañaba, dada la tranquilidad de la marcha, ni cordón les separaba del gentío, pero la marcha fue cadenciosa y fluída marcada por un discurso valiente y épico salpicado de vivas a la Virgen, a España y a los Tercios, que fueron coreados con gran efusión y emoción por los espectadores que a lo largo del desfile presenciaban la comitiva.
En esta quinta convocatoria sucedió algo excepcional, una parada sorprendente: la entrada a la Catedral para hacer una ofrenda al Rey Santo, Fernando III, con motivo de su efemérides.
El broche de oro del desfile fue la entrada nocturna en la regia plaza del Triunfo y su parada ante una Giralda, más dorada que nunca, que pareció sentirse como escenario natural del Tercio. No olvidemos que Sevilla fue la primera ciudad que postuló el dogma de la Inmaculada y que su Catedral fue el escenario de su reivindicación siglos antes que ningún otro templo del orbe cristiano. Y eso le daba privilegiada carta de naturaleza para formar parte de la procesión como uno más de la comitiva. La Giralda de una Sevilla cuyo sobrenombre es «la ciudad de María Santísima» parecía sincronizar el dorado de su iluminación con la pequeña tabla bendecida que asemejaba a aquella que salió del barro neerlandés.
Al fin, el Tercio iniciaba la ofrenda ante una de las efigies escultóricas de la Inmaculada más antiguas de la Cristiandad. Los faroles iluminaron a los soldados piqueros que izaron el ramo portado por una joven «soldadera» y lo elevaron a lo más alto de los pies de la Virgen para que estuviera » a salvo de herejes». En ese momento, se entonó una sentida Salve Regina dirigida por el capellán del Tercio que transportó a todos los presentes a otro tiempo, a otro lugar y a otros valores, hoy perdidos, pero que fueron la esencia de lo que hoy somos.
El homenaje del Tercio de Olivares volvía a lograr en Sevilla algo único: que un sencillo acto de celebración religiosa se convirtiese en una auténtica exaltación de recuperación de la Historia de España en la que subyacía el orgullo de ser español y de vivir en una ciudad maravillosa. Y la ratificación de que un sencillo grupo de recreación, movido por ilusión y valores, se convertía en un agente activo del patrimonio de Sevilla más potente que la más eficaz campaña publicitaria ya que en todo momento, miles de móviles brillaban en el aire recogiendo las escenas que transmitían el «milagro sevillano” a todos los confines del orbe.
….



































