Se va extendiendo la idea de que, sin llegar a ser negacionistas del virus, los políticos parecen empeñarse en controlar bajo el miedo a los ciudadanos. Muchos comparten ya la creencia de que una estrategia socialcomunista va derivándolo todo hacia la disgregación social, la separación entre unos y otros, que incluso ha recomendado (también con la conformidad de partidos conservadores o centristas como el PP o Ciudadanos) que las reuniones familiares no sobrepasen los 6 miembros. Gran parte de la opinión pública sospecha que es la preparación adecuada de un Estado manifiestamente antireligioso, para bombardear ideológicamente la próxima Nochebuena. Sevilla, sin embargo, hace frente a los temores inculcados de la cohesión y se entrega a los placeres de vivir al aire libre, sin restricciones a su libertad constitucional de movimientos.
Se entrevista a la gente por la calle y las respuestas sobre las cautelas de los gobiernos a distintos niveles -central, autonómico y municipal- parecen traerle sin cuidado, descreída de los políticos: “Todos son iguales. Han perdido la vergüenza. Todos van a lo mismo, a trincar, a forrarse y a tener una paga vitalicia cuando dejen los escaños”, afirma una mujer que rondará los 50 años.
Se diría que el personal está más que quemado de los políticos, que pasan por un desprestigio social que los hace detestables: “No puedes creerte lo que dicen, todos los días te sirven una o varias mentiras, esconden la verdad de lo que realmente está pasando”, asegura un joven de 23 años.
El diario “The Economist” ha publicado esta semana que los políticos españoles son unos alarmistas que no siendo capaces de mejorar la crisis sanitaria y el aumento de los contagios, disimulan su ineptitud e incompetencia a base de confrontaciones partidistas que nada tienen que ver con acorralar a un virus ni servir a los intereses generales de la población.
Por otra parte, aumenta la sensación del naufragio nacional hundiéndose poco a poco en el comunismo: “La gente no despierta, España está dormida, anestesiada por los medios subvencionados; pero se siente la tormenta, la emboscada comunista está tendida y no se dan cuenta de la que nos espera”, declara un hombre maduro de unos 60 años.
Las calles de Sevilla se han vuelto palpitantes de transeúntes que van y vienen, entran y salen de las tiendas, ocupan veladores, o se distribuyen apoyados por el largo de las barras de los bares. Es una especie de “Carpe diem” a lo sevillano. A vivir que son dos días y mañana Dios dirá.
Se apura la vida en tragos, los que ahora se valoran mucho más que antes de la experiencia del confinamiento: “Y que no haya otro, que mira cómo están en Madrid”, advierte una jovencita ávida de diversión y con ganas de recuperar cuanto antes el tiempo perdido.
Se palpa una indisimulable conciencia de inestabilidad, confesada por la gente a la que interrogamos: “Esto está muy peligroso, han vuelto a dividir a los españoles como si otra vez fuera a empezar la guerra civil. Nadie estaba ya en Franco, estábamos en otra cosa desde hace muchos años, lo nuestro ya era la democracia. Pero había mucho odio guardado, un invencible espíritu de venganza que ya veremos si no nos hace repetir lo peor de nuestra historia”, cuenta un hombre de 72 años.
Viendo las calles sevillanas, cabría preguntarse qué son las concentraciones para los políticos y las autoridades sanitarias. Y por qué en Sevilla, viviendo tan liberadamente en movimientos y reuniones, no se producen los ingresos y los fallecimientos que cabría esperar de este renacido modus vivendi de la capital andaluza. “Nos están engañando con los datos, no se saben a ciencia cierta ni los vivos ni los muertos. Todo se maneja a conveniencia de los políticos, como lo que está pasando en Madrid, no es más que una lucha política de Sánchez, el pulso de un dictador comunista”.
El caudal humano de Sevilla, entre su ciudadanía y algunos incipientes y atrevidos turistas, va inundando los cauces secos que dejó el confinamiento. Y aunque los políticos también querrán apuntarse el tanto de esta normalidad, es la gente la que realmente está haciendo resurgir de sus cenizas tantas ruinas como los gobernantes han causado gestionando de pena una pandemia.
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