
Carteles, muchos carteles, carteles a troche y moche. Con ellos nos encontramos al comenzar el año, con el de la Real Maestranza de Caballería, tras él se presenta, a bombo y platillo, el que encarga el Consejo de Hermandades y Cofradías para anunciar la Semana Santa, después y a renglón seguido llega el de las Fiestas Primaverales, Semana Santa y la Feria – que un día fuera Feria de Abril y hoy es de abril, de mayo o de lo que se tercie – encargado por el Ayuntamiento hispalense. Estos tres carteles son los más importantes y dan paso a un sinfín más de barrios y asociaciones de más o menos fuste ciudadano.
Ni que decir tiene que quienes encargan estos carteles dejan bien sentado que se los encargan a artistas de «reconocido prestigio». Lo del «reconocido prestigio» de los autores de los festivos carteles no puede faltar en las crónicas, es el antídoto contra las justas críticas que estas obras publicitarias reciben.
Este año, tras ver el cartel encargado por los maestrantes, a artista de vanguardia mejicano, cartel que solo se ha quedado en feo y tristón, nos dejó sobresaltados el cartel del Consejo de Hermandades, realizado por un pintor de Villaverde del Río, pintor al que nadie conocía, ni en España, ni en Sevilla y que ha sido subido, de golpe y porrazo, a los altares de la internacionalidad por un Resucitado woke con fondo rojo de cadmio, muy propio para colgar de las paredes de un bar de ambiente. El cartel del Resucitado woke ha sido el cachondeo padre por redes y mostradores.
Cuando todavía no nos habíamos repuesto del cartel del Resucitado woke, aparece el de las Fiestas Primaverales, encargado por el Ayuntamiento a un pintor nacido en Cádiz y criado en Sevilla que ha perpetrado un cartel, cateto y feo, que es la demostración del horror vacui, en honor no a las fiestas sevillanas sino a su amigo el torero gaditano, David Galván, al que ha retratado como si fuera una figura de cartón piedra, con la Giralda metida por los genitales y la Esperanza de Triana mirándole el «paquete» mientras da la vuelta al ruedo, todo ello sobre un fondo de palios trianeros y coronado en su lado superior izquierdo por una muñeca flamenca de la chiclanera Fábrica de Muñecas Marín, con la leyenda «Carmen». Carmen, la de Mérimée, ya saben la de la faca en la liga. A estas alturas del cartel, la Feria de Sevilla no se ve por ningún lado, salvo por dos trocitos de franjas rojas y otro dos de franjas verdes, como alegoría de las casetas.
Lo mejor del cartel son las letras copiadas con calco de los carteles de los años veinte y treinta, aunque a diferencia de aquellos carteles de hace cien años, las letras no se ven al tener el mismo color que el fondo sobre el que están, y como ni se ve la Semana Santa – la estampita pegada de la Trianera lo mismo sirve para un vía crucis que para un besamanos – ni la Feria, ni se leen bien las letras, pues el cartel no es un cartel de lo que dice anunciar, es un mal retrato de un torero al que la Giralda se le mete por el trasportín. Resumiendo, una gilipollez de cartel.
A todos estos pintores de «reconocido prestigio» hay que decirles que antes de llevar a efecto el encargo de un cartel anunciador deberían estudiar un poco, solo un poco, la cartelería del S. XX español y sevillano, y darle un repaso a las obras de Gonzalo Bilbao, José García Ramos Salvador Bartolozzi, Baldrich, Gustavo Bacarisas Podestá, Francisco Hohenleiter y algunos artistas más de los que realizaron los carteles de Semana Santa y Feria, como José Álvarez Gámez y Joaquín Sáenz. De camino también podían estudiar la pintura de Cabral Bejarano y de todos los pintores del romanticismo que pintaron la Feria de Sevilla, aunque intuyo que no les interesa mucho esto de estudiar de qué va la cosa de hacer carteles de Semana Santa y Feria por la sencilla razón de que ellos quieren una Semana Santa laica y una Feria convertida en botellón woke, sin mujeres, sin coches de caballos y señoritos de postín.
En fin, que estos «artistas» van contra el costumbrismo, ellos son muy modernos, les va más el feísmo cateto de esa vanguardia impostada tras la que esconden su incultura y su falta de estilo. Si repasan toda la cartelaría publicitaria, ya sea anunciadora de fiestas populares o de polvos de talco y jabones, entenderán lo que digo.
Por cierto que buen cartel para la Feria de Abril sería una imagen de la bailarina sevillana «Tórtola Valencia», con una calle del real como fondo. Lo dicho, a ver si para el año que viene estudian y dejan de darnos sobresaltos y si no, lo mejor es que el Ayuntamiento de Sevilla reedite alguno de los carteles de los años veinte, por ejemplo el de 1922, una joya de cartel de Salvador Bartolozzi o el que hizo para 1917, Gustavo Bacarisas. Ahora, a esperar a ver con qué nos asustan para el Corpus y la Velá de Santa Ana.
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